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Carmen Posadas: ‘La familia grande’

Beatriz –pongamos que se llamaba así– y yo nos conocimos a los doce o trece años y nos hicimos inseparables. Con dieciocho o diecinueve sufrió una depresión y estuvo internada; luego volvimos a vernos, pero ya no era la misma. Jamás hablamos de qué la llevó a esa situación y así fue pasando el tiempo. No fue hasta treinta o cuarenta años más tarde cuando me enteré del secreto que guardaba desde niña. «¿Cómo, nunca te dijo nada, pero si erais íntimas amigas?». Así reaccionó su hermana, pongamos que se llamaba Laura, con la que coincidí en un viaje de tren que nos permitió charlar largo rato. «No me digas que nunca te contó lo de papá». Laura me explicó a continuación que su padre se colaba por las noches en la habitación que las dos niñas compartían y se metía en su cama. «’Por favor, por favor –le suplicaba a mi hermana– cuando venga papá, di que estás despierta, solo te pido eso, así él se irá’. Pero ella nunca lo hizo y las visitas continuaron durante al menos dos años. Al cabo de ese tiempo, decidí contárselo a mi madre, ¿y sabes lo que pasó? Que no me creyó. Gritó que era una mentirosa, que papá nunca haría eso. También entonces calló Beatriz, y el resto ya lo sabes, años más tarde tuvieron que internarla, nunca pudo superar la culpa. Yo, en cambio –continuó Laura–, opté por borrarlo todo de mi cabeza, hacer como que nunca había pasado, es la única manera de sobrevivir…». Una reciente lectura me ha hecho revivir la historia de mis dos amigas de infancia. Se trata de la novela que ha publicado Camille Kouchner, hija de Bernard Kouchner, ministro galo y fundador de Médicos sin Fronteras. En La familia grande, Camille narra un episodio muy similar al de Laura y Beatriz. En este caso, el abusado era su hermano gemelo, al que en la novela llama Víctor; y el estuprador, su padrastro, un respetadísimo profesor, todo un referente en los círculos intelectuales franceses (Olivier Duhamel). La madre de los gemelos, por su parte, era un icono de la izquierda, escritora, politóloga y conferenciante, amante de Fidel Castro, por más señas. La novela ha causado conmoción en Francia. Los dos días siguientes a su publicación, y en cerca de 80.000 tuits, otras tantas personas confesaron haber sido víctimas de una situación similar durante su infancia. De pronto, y gracias a La familia grande, un secreto a voces se ha convertido en clamor, propiciado sin duda por las circunstancias tan particulares que coinciden en el caso de Camille y familia. Suele pensarse que algo tan brutal como el incesto se da solo en ambientes marginales. Por el contrario, el estrato social al que pertenecen la madre y el padrastro de Camille es sofisticado y abierto; en el libro se da a entender que ambos podían acostarse con quien quisieran. Hasta tal punto era libérrima su relación que Camille, a sus escasos catorce años, llega a preguntarse: «¿También lo de mi hermano estará permitido?». Otro dato que se recoge en la novela es que, al igual que mi amiga Beatriz, Camille fue testigo de todo, y nada dijo. Eligió tragarse la culpa hasta que, lo mismo que mi amiga, su salud mental sufrió las consecuencias. Aún hay más similitudes. Las dos víctimas –el hermano de Camille y Laura por su parte– prefirieron el olvido, esgrimiendo la misma razón: «Porque es el único modo de seguir viviendo». Pero la similitud más terrible, sin duda, es la de las madres; tanto la de Camille como la de mis amigas optaron por tachar a sus hijos de mentirosos antes que enfrentarse a una verdad que habría desmoronado sus vidas. Cuenta Kouchner en su libro otra particularidad sociológica que también es significativa. La novela se llama La familia grande en alusión a los amigos, los parientes, los allegados. También ellos, en el caso Kouchner, acogieron en un principio con incredulidad y desdén el rumor de que ese gran hombre y referente intelectual podía ser un estuprador, un pederasta, un violador. Solo cuando la verdad se convirtió en clamor, comenzaron a mesarse sus sofisticadísimas e intelectuales barbas y renegaron del caído. Así ocurre siempre con las más inquietantes trasgresiones. Primero la familia grande, es decir  la sociedad, elige la ignorancia para después, y sin solución de continuidad, rasgarse las vestiduras mientras que  salmodian a lo Joseph Conrad: «El horror, el horror».

 

 

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