La verdad y la tragedia del tuerto
El relato de H. G. Wells muestra que convencer no es imponer evidencia, sino compartir un lenguaje común sin el cual incluso la verdad queda condenada a la soledad.
Imagina que llegas a un valle de ciegos, donde todos creen que el cielo es de piedra, y tú eres el único que puedes ver las estrellas. ¿Escucharían los ciegos tus descripciones sobre los cielos o, por el contrario, los ciegos querrían extirparte los ojos para que no digas locuras? A la luz de esa escena, podemos desmontar una de las mentiras más consoladoras sobre la verdad: que basta mostrarla para que persuada.
El escenario anterior fue tomado del cuento En el país de los ciegos, de 1904, del escritor de ciencia ficción H. G. Wells, quien nos ha deleitado con La guerra de los mundos y La máquina del tiempo. El título del relato breve está tomado de un refrán antiguo que asegura la realeza de los tuertos en el reino de los invidentes. Lo repetimos aspirando a una sabiduría ancestral, pero puede que solamente sea un consuelo para cuando creemos ver algo que los demás no ven.
Cuando Núñez intenta hablarles de montañas, estrellas y amaneceres, no lo toman por mentiroso, lo toman por idiota. El médico del valle diagnostica, con serena autoridad científica, que “esas cosas raras llamadas ojos, que existen para formar una depresión suave y agradable en la cara” le irritan el cerebro y le impiden razonar. La cura es sencilla: hay que extirparlos. Es una amorosa oferta quirúrgica porque Medina-saroté, la muchacha es su interés amoroso, no puede casarse con un hombre tan evidentemente enfermo.
Wells es uno de los escritores que usaba la ciencia ficción como laboratorio moral. En las veinte páginas, del cuento que mencionamos, concentra más reflexiones sobre la filosofía de la persuasión que algunos tratados sobre el tema.
La historia es sencilla. Núñez, un guía de montaña ecuatoriano, contratado por una expedición inglesa en los Andes, resbala una noche y cae por un precipicio. Sobrevive y aterriza en un valle olvidado por el mundo, aislado siglos atrás por un desprendimiento. Allí una extraña enfermedad dejó ciegos, primero, a los niños y, después, a toda la población. Han pasado catorce generaciones. Nadie en el valle ha visto nunca. Núñez, recordando el proverbio, entra convencido de que será rey. Sale, semanas después, huyendo por las rocas para que no le extirpen los ojos.
Los ciegos competentes
Wells, como buen escritor, no caricaturiza a los ciegos. Al contrario, los muestra con respeto. Ellos son muy competentes. Han logrado rediseñar el mundo a la medida de lo que pueden percibir. Sus caminos tienen bordes que se leen con los pies, su agricultura prospera, sus filósofos pueden explicar con elegancia que el universo es una cacerola de roca lisa y que lo demás es pura fantasía. Duermen de día y trabajan de noche, porque para ellos el frío y el calor son lo que para nosotros la luz y la sombra. Todo funciona.
Cuando Núñez intenta hablarles de montañas, estrellas y amaneceres, no lo toman por mentiroso, lo toman por idiota. El médico del valle diagnostica, con serena autoridad científica, que “esas cosas raras llamadas ojos, que existen para formar una depresión suave y agradable en la cara” le irritan el cerebro y le impiden razonar. La cura es sencilla: hay que extirparlos. Es una amorosa oferta quirúrgica porque Medina-saroté, la muchacha es su interés amoroso, no puede casarse con un hombre tan evidentemente enfermo.
En segundo lugar, fracasa la demostración práctica: anuncia que Pedro viene por el camino Diecisiete, y Pedro, contrariado, gira en otra dirección y lo deja como un mentiroso delante de todos.
Esa escena es el corazón del cuento. No hay crueldad en ella. Hay ciencia, cuidado y una sincera voluntad de integrar al extraño. Lo que se le propone es arrancarle precisamente aquello por lo cual dice lo que cree que es la verdad.
Los cuatro fracasos de la persuasión
Primero, Platón y, luego, Whitehead, nos han enseñado que la civilización depende del principio de que la persuasión venza a la fuerza. La tradición clásica de la filosofía pone su acento en la capacidad de convencer y ser convencido.
El cuadro que nos pinta Wells en pesimista. Núñez intenta convencerlos, y fracasa sistemáticamente, casi como quien redacta un tratado por negación.
En primer lugar, fracasa el testimonio: cuando Núñez dice “vengo de donde se ve”, la palabra ver no tiene donde alojarse, los ciegos la escuchan como el balbuceo de un recién nacido.
En segundo lugar, fracasa la demostración práctica: anuncia que Pedro viene por el camino Diecisiete, y Pedro, contrariado, gira en otra dirección y lo deja como un mentiroso delante de todos.
En tercer lugar, fracasa la fuerza: Núñez empuña una pala dispuesto a imponerse, pero descubre que no puede golpear a un ciego a sangre fría, y termina huyendo.
Por último, fracasa, el amor, que estuvo a punto de ser la persuasión inversa: cuando Medina-saroté le pide con ternura que acepte la operación, y él casi dice acepta.
Cuatro modos clásicos de hacer pasar la verdad de una mente a otra. Ninguno funciona. ¿Por qué?
La necesaria morada de la verdad
Porque persuadir no es transferir contenidos. Es negociar entre mundos que comparten una base suficiente para que un argumento signifique lo mismo de los dos lados. Los ciegos y Núñez no discrepan: habitan gramáticas distintas, inconmensurables. La palabra “estrella” no es falsa para ellos, es vacía. En consecuencia, una palabra vacía no se refuta, se ignora, o se diagnostica como un síntoma.
Franz Kafka afirmaba: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros». Esta sentencia expresa que la literatura auténtica debe despertar, conmover y transformar profundamente al lector, no ser un simple entretenimiento, sino un impacto transformador.
Wells adelantó en 1904 algo que el siglo XX redescubriría con trabajo: hay desacuerdos que no se resuelven hablando más fuerte, ni aportando más pruebas, ni siendo más sinceros. Si llegan a resolverse, lo hacen construyendo esa base común que faltaba. La dura lección es que, a veces, no se puede construir.
Cuando el tuerto no es rey
Núñez elige la soledad. La mañana de la operación huye trepando por las rocas, y Wells lo deja al final del cuento tumbado bajo las estrellas, ensangrentado y sonriendo. No ha convencido a nadie. No es el rey de nada. Los ciegos, abajo, siguen tranquilamente durmiendo su día, y seguirán ciegos y felices después de él.
Franz Kafka afirmaba: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros». Esta sentencia expresa que la literatura auténtica debe despertar, conmover y transformar profundamente al lector, no ser un simple entretenimiento, sino un impacto transformador.
En ese sentido debemos comprender la dureza de Wells. Por tanto, conviene no suavizarla. El que ve no gana. No enseña. No funda nada. En el mejor de los casos, escapa con los ojos intactos y la certeza amarga de que la vista, sin un mundo que la reciba, no es un trono sino un peso que se carga a solas. En el país de los ciegos, el tuerto no reina. Sobrevive, si tiene suerte, fuera de las murallas.
Tal vez, podamos sacar una lección positiva. G.K. Chesterton sostenía que el diálogo verdadero y la persuasión requieren escuchar con atención y comprender profundamente las razones del otro antes de intentar cambiarlas, destacando que el objetivo no es ganar una discusión, sino alcanzar la verdad compartida. Chesterton creía que el diálogo moderno a menudo falla por la falta de escucha auténtica.
Así que podemos conjeturar otro final del cuento de Wells. Un final donde Núñez se dedica a la escucha auténtica. Así comprende el mundo de los ciegos, aunque no se rinde ante él, para poder invitarlos a cambiar, poco a poco, su limitado paradigma. Además, el mismo Núñez puede aprender mucho de la perspectiva del otro. Decía Isaac Asimov: “Si cada año estuviéramos ciegos por un día, gozaríamos en los restantes trescientos sesenta y cuatro.»
ENLACE A LA NOTA EN «EL CÉSPED ES VERDE»:
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