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Marcos Villasmil: Aquelarre de canallas

La Moncloa. Pedro Sánchez: "Es el momento de hacer frente al miedo con más democracia, y a la desigualdad, con más justicia" | 18/04/2026 [Presidente/Actividad]

     IV Reunión en Defensa de la Democracia en Barcelona. | Europa Press

 

“Primera Bruja: ¿Cuándo volveremos a encontrarnos las tres? ¿Entre truenos, relámpagos o lluvia?

Segunda Bruja: Cuando termine el estruendo, cuando la batalla esté perdida y ganada.

Tercera Bruja: Eso será antes de que se ponga el sol.”

William Shakespeare, Macbeth.

 

Si algo caracteriza a la izquierda actual, sobre todo la Hispanoamericana, es su contorsionismo moral. Intoxicados ideológicamente, perdidos en su desierto de carencias éticas y morales, hinchados de corrupción hasta casi flotar en el espacio sideral, sin modelo económico propio (el muro berlinés derrumbó las últimas esperanzas en ese sentido, junto con la planificación soviética y la propiedad exclusiva de casi todo lo económico por parte del Estado socialista, con los cubanos y venezolanos como víctimas más recientes).

Ninguno se ha salvado del cataclismo político. Comparemos la Europa política de hace algunas décadas, con un socialismo democrático que no solo tenía votos y poder, sino liderazgos reconocidos -mencionemos tan solo a Willy Brandt, Francois Mitterrand, Felipe González, Tony Blair- y el actual erial despoblado de votos que deja solo como representantes de la firma de la rosa roja a Keir Starmer en el Reino Unido, y a Pedro Sánchez, con lo que queda de su Gobierno, en España.

En 2025 la izquierda perdió la mayoría de las elecciones en las que compitió, en varios casos derrotada por la versión más extrema de la derecha. Es decir, la izquierda democrática vivió un verdadero “annus horribilis”.

Así estará de mal la franquicia que Pedro Sánchez es el presidente de la Internacional Socialista.

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Uno oye hablar a algunos de sus líderes de hoy y tratan de justificar sus políticas, o la carencia de ellas, con una suerte de pensamiento mágico-religioso, rodeado de un muro que según ellos protege a sus sociedades del virus fascista, representado sencillamente por todo aquel que se oponga a sus posturas.

En realidad, la izquierda radical hispanoamericana la tiene fácil a la hora de ver a un fascista. Para hacerlo, solo necesitan sus miembros mirarse al espejo.

No sé si en la reciente reunión de Barcelona lo hicieron, pero dicho aquelarre, que se vendía como una reunión de la “progresía hispanoamericana” en realidad solo fue, en palabras shakesperianas, “mucho ruido y pocas nueces”, simulaciones de supuesto contenido ético, fuegos fatuos, silbidos en la noche para darse ánimo cuando lo que se tiene ya no es un currículo de vida política, intelectual o profesional, sino una especie de prontuario policial.

¿Exagero? Simplemente mírese el lineup de fundadores de ese artefacto llamado “Grupo de Puebla”, y trate de conseguir alguno de sus brujas y brujos machbetianos  que lo conforman que no haya estado envuelto en escándalos de corrupción: Alberto Fernández y Cristina Kirchner (Argentina), Ernesto Samper (Colombia), Lula da Silva (Brasil), Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia) y José Luis Rodríguez Zapatero, el Desalmado Fundamental, corruptor transnacional, comenzando con su Gobierno, para  que luego por desgracia reptara hacia las costas venezolanas, y hoy esté vendiendo sus potajes en China.

Su discípulo más fiel, Pedro Sánchez, está cubierto de escándalos de corrupción que no salvan ni a su hermano, su esposa, o sus dos hombres de confianza en el partido y en el Gobierno, hoy enfrentando juicios de todo tipo: José Luis Ábalos y Santos Cerdán.

La reunión de Barcelona no ofreció imagen de poder real, o una visión política alternativa bien estructurada. Para Pedro Sánchez representaba un mecanismo distractor, una pantalla protectora, otra manipulación de política exterior (como sus discrepancias con el presidente norteamericano por el lío de Irán).  Sánchez está desesperado por salvarse como sea de su particular Auto de Fe político, salirse del actual cerco judicial, tapar las corruptelas y escándalos -con muchas compañeras de su partido como principales agraviadas- ver cómo sobrevive sin poder presentar presupuestos, y perdiendo votaciones en el Congreso de acuerdo al humor de sus “socios”, hoy meros controladores del presidente de Gobierno, a quien tienen postrado a su servicio.

Este año 2026 es clave para saber si el progresismo actualmente tribalista, colectivista y atávico logra mantener varios gobiernos en América Latina. El 31 de mayo tendrá lugar la primera vuelta presidencial en Colombia, donde el izquierdista Iván Cepeda se mantiene primero en las encuestas. Y el 4 de octubre se disputará la primera vuelta presidencial de Brasil. Ahí Lula Da Silva está en un empate técnico con el hijo del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro. Colombia y Brasil suman 256 millones de habitantes, más población que el resto de los países sudamericanos unidos.

 

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Se reunieron las brujas socialistas hispanoamericanas en Barcelona, en momentos en que sus dos regímenes más queridos, apoyados y anhelados, los de Venezuela y Cuba, están dando sus últimos estertores -a pesar de la ya clásica resiliencia de sus cabecillas-.

Cuba enfrenta, en el mejor de los casos, una “entropía cultural, social y económica”. Un derrumbe generalizado y cada vez más acelerado en todos los órdenes de las instituciones encargadas de regular la vida diaria de la sociedad, de la ciudadanía.

Cuba pasó de una utopía “marxista-leninista”, a una “distopía” que recuerda la célebre novela sobre el totalitarismo más extremo del escritor inglés GEORGE ORWELL, “1984”, convertida en un libro de perenne venta, consulta, y recuerdo, porque en sus páginas, escritas en 1948, se asomaban los males de los regímenes autoritarios que habían aparecido en las décadas de los años 20 y 30, el fascismo, el nazismo y el comunismo.

En reciente artículo publicado en el Washington Post, el analista conservador George F. Will nos retrata muy bien la tragedia cubana: Nos dice Will:

“El Museo del Socialismo, también conocido como Cuba, está cayendo en picado en un espiral cada vez más estrecho. El régimen comunista, que lleva 67 años en pie y ha sobrevivido a 14 presidencias estadounidenses (contando dos veces a Donald Trump), podría no sobrevivir a la decimoquinta”.

Dios te oiga, George. Y, de paso, pídele una ayudita para resolver de una buena vez la situación venezolana, atravesando una transición que cada vez recuerda más la gatopardiana frase de supuestamente “cambiar, para que todo siga igual”.

 

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