Hay que recuperar el arte del insulto
El problema en las Cortes es que se confunden los improperios con la calumnia, que no es lo mismo

KARINA SAINZ BORGO
Discutimos en la sobremesa sobre si el insulto que le ha dedicado la escritora venezolana Karina Sainz Borgo al ministro Albares (Ver nota , «lustrador de candelabros», debería estar en la antología del improperio o, por el contrario, es demasiado rebuscado en su connotación sexual. Hay división de opiniones. Los que niegan que exista tal connotación y lo dejan en simple desprecio al correveidile, entre los que me encuentro; los que, definitivamente, no han entendido nada y, por fin, los que porfían en que la supuesta connotación es lo que le hace digno de entrar en la antología.
En cualquier caso, frente a lo que se escucha en el Congreso, o al último «basura fascista» del ministro Óscar López dedicado a Vito Quiles, un propagandista de sí mismo que ha sido atacado, al parecer, por un «charo comando» vinculado a La Moncloa, lo de Karina tiene más altura.
Uno no aspira a que los insultadores alcancen cotas como la de Calvo Sotelo y aquel «la esposa de su señoría es muy indiscreta» dedicado a un diputado que le había despreciado por usar calzoncillos de seda; ni mucho menos al quevediano «yo te untaré mis versos con tocino/ porque no me los muerdas, Gongorilla», insinuando que el poeta y sacerdote tenía raíces judías, y ni siquiera al «mezcla de serrín y estiércol que es lo único que es usted capaz de producir», que le soltó Josep Borrell a Gabriel Rufián en una de sus broncos enfrentamientos, donde al segundo no se le caía de la boca la palabra fascista. Bastaría con un poco de ingenio, como con el «galgo de Paiporta» que Isabel Díaz Ayuso acuñó para Pedro Sánchez; o el «mitad tetas y mitad tonta», descripción que hizo la periodista Rosa Belmonte de la tertuliana Sarah Santaolalla, que acababa de tachar a Felipe González de traidor por disentir de los pactos con los separatistas.
Pero, sobre todo, conviene no confundir el insulto con la calumnia, mucho más frecuente en nuestros políticos de lo que cabría esperar, comenzando por el presidente del Gobierno en sus ataques a Alberto Núñez Feijóo, pero, especialmente, a su odiada Ayuso. Y eso que nuestro señorito no se corta un pelo. De hecho, Abascal tenía escrita la lista de improperios que le había venido dedicando. Era larga: «Fascistas, homófobos, xenófobos, odiadores del pobre, nazis a cara descubierta, brazo político del terrorismo machista y racistas».
Aunque, creo yo, molestaba más cuando desde la Tribuna del Congreso llamaba narcotraficante a Feijóo y corruptos a Díaz Ayuso y a todo su entorno familiar. Ciertamente, detrás de un buen insulto siempre hay muchas lecturas, capacidad de observación y un cierto desprecio por esos tipos solemnes y agrios que algunos dan en llamar ahora «los ofendiditos».
Recuerdo a un compañero que describió a un subdirector del periódico como «uno de esos jefes capaces de desincentivar a un legionario en un burdel de Larache», lo que, por supuesto, indicaba una cultura amplia, al menos, sobre la España de los años 30 del pasado siglo, y una mala leche contenida. No doy los nombres porque ambos siguen de curro.
En fin, por resumir, que, en estos tiempos tan cutres, gentes como la Sainz Borgo, la Belmonte o la Ayuso suponen un soplo de aire fresco. Porque siguen floreciendo en nuestro país esos «tontos con balcones a la calle y galería», que decía mi añorado compañero Sentís, pero, ahora, llenos de sombra negra.
