César Pérez Vivas: La película repetida

NEGOCIACIÓN EN BARBADOS
La nación venezolana vive horas de angustia, de expectativa y, en muchos casos, ya de desesperanza.
La decisión de la cúpula usurpadora del poder, a través del triunvirato en funciones de gobierno, de desconocer el orden constitucional y evadir el mandato expreso del artículo 233 de la Constitución, que establece la obligación de convocar elecciones presidenciales en un lapso de 30 días siguientes a la consumación de la vacante absoluta de la primera magistratura de la República, constituye una afrenta a la conciencia política, democrática y jurídica de nuestro país.
La junta de gobierno en funciones, integrada por Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez, solo se sostiene por detentar el control de las armas de la República y por el plácet que le ha concedido el Gobierno de los Estados Unidos de América. Esa junta de gobierno carece de toda legalidad y legitimidad. Su causahabiente, el dictador Nicolás Maduro, con la cooperación de ellos y de otros agentes del poder, dio el golpe de Estado a la soberanía popular el 28 de julio de 2024.
De modo que, más allá de la ilegitimidad de origen, está la ilegalidad de su desempeño. Nadie los ha elegido para gobernar la República. Por lo tanto, el deber ser no es otro que su salida inmediata de Miraflores, para proceder a legitimar con el voto ciudadano el Gobierno nacional mediante la elección inmediata de la Presidencia de la República.
Ciertamente, las demás ramas y niveles del poder público están viciados de ilegitimidad e ilegalidad. Pero la que está siendo ejercida de la forma más escandalosamente ilegítima es la Presidencia de la República.
Mientras los ciudadanos se consumen en un mar de angustias, incertidumbres e interrogantes, los aventajados alumnos de la escuela cubana de los Castro hacen gala de sus habilidades y destrezas para ganar tiempo, para alargar la espera con la esperanza de que alguna circunstancia de la geopolítica, de la economía norteamericana o europea hagan el milagro de reducir hasta sus niveles más inofensivos la presión que Estados Unidos instaló en la vida venezolana luego de la captura del dictador usurpador del poder.
En esas circunstancias, el inefable Jorge Rodríguez siente que puede, una vez más, armar un teatro electoral en el cual repetir la “heroica” jornada del 28 de julio de 2024.
En estos días asistimos a una nueva versión de los consabidos diálogos y mesas de negociación. Ya vamos por 17 versiones de esta táctica, que forma parte de la estrategia clásica del castrismo-chavismo: perpetuarse en el poder. Ojalá la facilitación de los Estados Unidos de América marque la diferencia con las versiones anteriores de las mesas de negociación o de diálogo y fuerce un resultado favorable a la democracia.
Por de pronto, casi se repiten los mismos actores. Del lado del Gobierno solo están ausentes los ya fallecidos: José Vicente Rangel y Tibisay Lucena. Sigue actuando y manipulándolo todo Jorge Rodríguez. Del lado opositor se repiten los mismos grupos, aunque cambien algunos de sus operadores. Con algunas ausencias, de forma directa o indirecta, casi que estamos con los mismos actores de la mesa de Barbados, la última que el madurismo firmó y no cumplió.
Si bien la presencia de Estados Unidos nos da una ventana de oportunidad, lo que estamos presenciando, hasta esta hora, es una película que ya hemos visto 17 veces.
De ahí nuestras aprehensiones, nuestra desconfianza. Estados Unidos debe asumir claramente su papel de tutor y pasar de una vez, sin teatro bufo, a exigirles a los usurpadores el cumplimiento del mandato de nuestra Constitución: hay vacante absoluta de la Presidencia de la República y deben convocarse de inmediato las elecciones.
Por supuesto que, para ejecutar ese objetivo, debe procederse a designar ya un nuevo CNE, liberar a los presos políticos y restituir los derechos civiles y políticos conculcados por la dictadura.
Para lograr esos objetivos no se necesitan cinco meses. En máximo un mes eso se puede lograr si hay voluntad política. Si la presión es suficiente y los factores de la oposición se enserian a jugarle limpio al país, podríamos lograrlo.
Montar una mesa de negociación o de diálogo por unos cuantos días para producir unos comunicados genéricos, levantarla y enviar de nuevo al exterior a un sector de los interlocutores, en un país agobiado y desesperado, no es una decisión inteligente ni mucho menos sensata.
La tragedia que vivimos reclama una dedicación absoluta a resolver la hoja de ruta que permita a los ciudadanos decidir el destino de nuestra Venezuela.
No estamos para seguir viendo la misma película. Estamos urgidos de una respuesta. Hasta ahora, lo que vemos es más de lo mismo: sesiones breves, anuncios genéricos, alargamiento de los tiempos. Es decir, vemos al madurismo, operado por Jorge Rodríguez, repetir la historia.
¿Por qué esperar hasta diciembre para designar a un nuevo CNE o para producir los cambios necesarios en el TSJ? ¿Por qué esperar dos meses para restituir los derechos civiles y políticos confiscados, cuando en dos o tres días se pueden liberar todos los presos políticos, derogar el decreto de estado de excepción, eliminar las inhabilitaciones y ordenar a CONATEL desbloquear medios de comunicación y redes sociales, y devolver la operatividad de los medios confiscados, cerrados y bloqueados?
El tiempo de los venezolanos está sobregirado. La paciencia, agotada. La indignación, exacerbada. ¿Será muy difícil que los dialogantes lo entiendan?
Varios amigos me recomiendan que esperemos. Que nos callemos por estos meses. Que esta vez es diferente.
Sé que algunos de ellos lo hacen de buena fe porque creen ciertamente que, aunque tarde, llegará la hora de permitir que la soberanía popular se exprese. Otros lo hacen porque han diseñado un plan para reducir nuestra capacidad crítica, para seguir dándole tiempo al interinato o para tratar de debilitar la confianza de la ciudadanía en María Corina Machado.
Los venezolanos, en esta hora, debemos levantar nuestra voz para que nos oigan todos, dentro y fuera del país. Para que sepan que estamos hartos de la camarilla roja, esa que Estados Unidos calificó como Cartel de los Soles, esa que dio el golpe de Estado a la soberanía popular, la misma que saqueó nuestras riquezas.
Que se sepa que ya hemos pagado un precio muy alto. Que cada día del madurismo en el poder representa más muerte, miseria y migración.
No nos anima ofender a ningún actor político. Pero es nuestro deber exigirles un juego limpio y transparente. Estamos en una hora de la vida venezolana en la que debe privar el bien común, no los proyectos personales o grupales.
Ojalá esta película repetida que estamos viendo tenga otro desenlace.
