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Chitty La Roche: Breves sobre la educación como el más deletéreo de los males del chavomadurismomilitarismocastrismoideologismo

Edgar Morin | PlanetadeLibros

EDGAR MORIN

«Vivir es aceptar que la vida es una aventura» —Edgar Morin

Ha muerto un inmortal, diría, pienso yo, Víctor Hugo a guisa de despedida a Edgar Morin, como lo hizo con Honoré de Balzac y George Sand. Pasan algunos, de un solo trazo, de la vida a la eternidad.

Vienen estos recuerdos a mi ánimo al conocer la muerte del creador del pensamiento complejo, centenario el maestro y quien deja un legado copioso y más que trascendente.

El francés devino en el más respetado pensador europeo sobre la educación del siglo XX y décadas iniciales del XXI y, especialmente, en el intento de asir en el conocimiento la fenomenología en su, precisamente, complejidad.

Por cierto, revisando notas y papeles sobre Edgar Morin, encontré un ensayo del profesor Andrews José Paiva Cabrera, profesor de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Maracay – Edo. Aragua, Venezuela), publicado en la Revista Ciencias de la Educación (Valencia, España). Una síntesis nutritiva sobre Morin y el pensamiento complejo que logra el coterráneo desplegar, cual educador en ejercicio, asegurando claridad y sustancia para hacerse comprender.

Transcribo del texto apenas unos párrafos, aunque me gustaría verterlo todo en este recipiente, donde se mezclan las citas y la glosa de las susodichas de Morin:

«La complejidad no es un fundamento, es el principio regulador que no pierde nunca de vista la realidad del tejido fenoménico en la cual estamos y que constituye nuestro mundo. Se ha hablado también de monstruos, y yo creo, efectivamente, que lo real es monstruoso. Es enorme, está fuera de toda norma, escapa, en última instancia, a nuestros conceptos reguladores, pero podemos tratar de gobernar al máximo a esa regulación (p. 146). Por lo tanto, pensar desde la complejidad es acercarnos al aparente mundo real, y descubrir lo invisible, algo que siempre ha estado allí pero que jamás fue esculcado por nuestra observación y pensamiento.

El hecho de investigar constantemente lo que nos rodea, conscientes de la incertidumbre, comprende al mismo tiempo estar alerta de una condition natural con la que nace el ser humano: la curiosidad. Los niños son curiosos por naturaleza, y constantemente indagan el mundo que los rodea, ya que dicha curiosidad «…que con demasiada frecuencia la instrucción apaga y que, por el contrario, habrá que estimular o despertar cuando se duerme…» (Morin, 1999, p. 24), es base esencial para desarrollar un pensamiento de la complejidad, y el docente (de cualquier nivel o modalidad) por ignorancia y/o apatía no lo propicia y desarrolla, para beneficio de sus alumnos, y por ende, del mundo en general, ya que en la forma de pensar de éstos está el futuro de la humanidad». (Sosteniblepedia y a ratos de la misma pluma de Morin, Buenos Aires)

El asunto viene a cuento cuando me permito reflexionar sobre cuál es la falencia más gravosa que nos deja la experiencia de estos fatales 27 años de la revolución de todos los fracasos, con que podemos resumir el gobierno del chavomadurismomilitarismocastrismoideologismo.

Y aunque podemos hacer una lista y será difícil decidirse porque el daño es múltiple y universal, escogí la educación como el peor de todos los dislates, la ofensa mayor, la herida más profunda, el desastre que más afectó y perjudicó a la sociedad venezolana, y ello tal vez por generaciones.

La ideologización de la educación se combina con la absoluta precarización de los docentes para demoler décadas de esfuerzo continuo y mejoramiento del sector educativo, que nadie puede negar fue el punto fuerte del puntofijismo. El desorden administrativo se unió a la malversación y la corrupción con un impacto especialmente pernicioso en el sector educativo.

Todavía cabe mencionar a la diáspora que nos priva de miles de profesionales que, marchándose al exterior por necesidad, dejan un vacío que ha traído como consecuencia la mediocrización del sector y una producción que apena en las universidades desde su arribo.

Tulio Ramírez, doctor en Educación y con amplísima experiencia, prestigio y autoridad, en varias ocasiones ha declarado o escrito sobre el cataclismo educativo, y se une al exrector de la UCAB, Luis María Ugalde Olalde, S.J., para denunciar la crisis y proponer que se asuma la educación como un proyecto nacional, con la más amplia participación y —yo agregaría— contribución en el diseño del sector industrial y económico. Allí debe centrarse el gran esfuerzo presupuestario y no en Defensa, que por cierto ya vimos a dónde nos llevó.

Una educación para el futuro comienza con una actualización. Llegó la digitalización y el internet cambió las perspectivas, y tampoco allí podemos serenarnos dado que tenemos una falla eléctrica endémica que afecta especialmente al interior del país, que la está pasando muy mal.

Así las cosas, notamos un entorno caótico que es lastre, pero quizás oportunidad para un pueblo que es inteligente como el nuestro, resiliente y obligado, pienso yo, a apurar su paso en el ambiente que es el suyo. La deserción escolar y universitaria es muy alta y ello se debe al aburrimiento y la decepción que cunde ante la escasísima movilidad social que proporciona la carrera universitaria.

El aprendizaje convencional no puede competir con la cosmovisión del celular en mano que, me temo, marca una tendencia peligrosa no obstante porque, como decía Bauman y lo parafraseo, construye más a un consumidor que a un ciudadano.

Por eso, el cambio educativo debe ser multidimensional, creativo y para suscitar un espíritu innovador. Hallé hace poco un artículo escrito por Julián Gabriel Babenco Maschke, un consultor de gestión para empresa y educación, quien glosa la tesis de un exitoso profesional llamado Dee Hock —por cierto, fundador de Visa—, quien me hacía también recordar a mi encandilante Morin. En efecto, la tesis del citado Hock se denomina del «espacio caórdico» y es un ensayo para encontrar equilibrio y estructura entre el caos y el orden. Reproduzco unos párrafos como resumen:

«Según Hock, los sistemas más innovadores no se caracterizan por un control absoluto ni por una completa desorganización, sino por operar en un punto intermedio donde la estructura convive con la adaptabilidad.

Llevado al ámbito educativo, el espacio caórdico permite comprender el aprendizaje como un proceso emergente que ocurre en contextos complejos. En lugar de concebir la educación únicamente como un proceso de transmisión de contenidos, esta perspectiva invita a verla como un sistema dinámico donde interactúan estudiantes, docentes, instituciones y contextos socioculturales.

En el aula, un espacio caórdico se caracteriza por mantener ciertos marcos estructurales —objetivos de aprendizaje, criterios de evaluación, orientaciones curriculares— mientras se abren espacios para la exploración, el diálogo y la construcción colectiva del conocimiento.

Este enfoque se relaciona con metodologías pedagógicas contemporáneas como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje basado en problemas, las comunidades de práctica y la investigación formativa, entre otros».

Finalmente, traigo a colación al muy admirado y querido doctor en Educación Freddy Millán Borges, para quien el llamado «daño antropológico» que se advierte en segmentos de nuestra población —visiblemente afectados por la persistente, casi inmanente crisis psicosocial y la penuria espiritual que resulta de estos años de ideologizada aniquilación material y espiritual— solo puede ser abordado y tratado desde la educación.

¡Urge, pues, revolucionar nuestra educación para salvar el porvenir!

Nelson Chitty La Roche

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