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El arte de la guerra en las campañas electorales

Aunque las analogías militares forman parte del lenguaje de las campañas electorales, hay elementos básicos de estrategia que no se han aplicado durante la contienda en curso en México.

El arte de la guerra en las campañas electorales

Aunque las analogías militares forman parte del lenguaje de las campañas electorales, hay elementos básicos de estrategia que no se han aplicado durante la contienda en curso en México.

En esta temporada, todos los días se publican sesudos y extensos análisis de las campañas electorales. Nuestros comentaristas políticos se llenan la boca con expresiones pomposas como war room, estrategia, liderazgo, narrativa y otras vaciladas. Los consultores, gente sin oficio político que por supuesto nunca ha sido candidata a nada, se llenan los bolsillos y amasan pequeñas fortunas asesorando mal a los candidatos e impresionándolos con palabras en inglés o posgrados en el extranjero. Es fascinante cómo tantos intelectuales hablan de las campañas, algo a lo que nunca se han acercado siquiera como observadores en una gira con candidatos reales, para hacer pronósticos categóricos: “va a ganar esta.”

En 1992, el director de la campaña presidencial de Bill Clinton, James Carville, dijo que la campaña requería un “punto focal, una estrategia y un mapa como los de las campañas militares.” Esto llevó a la entonces esposa del candidato, Hillary Clinton, a bautizar el salón de reuniones de los planificadores de la campaña como war room (cuarto de guerra). El símil bélico no es fortuito, pues tanto las campañas militares como las electorales se tratan de conquistar y mantener territorios, de una lucha cuerpo a cuerpo entre militantes por convencer a los habitantes de cada zona de sumarse a un campo o al otro.

A pesar del abuso cotidiano de las analogías militares, encuentro fascinante cómo ninguno de los consultores y analistas electorales mexicanos ha estudiado ni siquiera un poco de historia militar. Todos sacan de Google una que otra cita llamativa de Sun Tzu para presumir que saben de estrategia, pero hasta ahí. Si uno les pregunta sobre disposición de tropas en el terreno, grandes batallas, armas o estrategias bélicas, sonríen un poco avergonzados y evaden el tema. No tenemos ni tendremos un Raymond Aron entre nuestros académicos de las relaciones internacionales, porque ningún plan de estudios de la licenciatura en relaciones internacionales en todo el país incluye historia militar, una de las grandes pasiones de Aron. Tampoco los planes de estudio de ciencia política incluyen esta materia. Para pensar en serio el tema de la política nacional e internacional, es preciso conocer la guerra –como bien sabía Maquiavelo, quien también escribió un libro titulado Del arte de la guerra–, pero a nuestros politólogos les preocupa aprender a hacer regresiones estadísticas. Figuras de la talla de Voltaire, Karl Marx o Max Weber, eran, entre otras cosas, grandes conocedores de historia militar. En lo que sigue voy a proponer algunos conceptos de la historia militar para el análisis de las campañas electorales en México.

Sir John Keegan (1934-2012) fue uno de los padres de la historia militar contemporánea, profesor en la Real Academia Militar de Sandhurst, así como en las universidades de Cambridge, Harvard y Princeton. Él refiere en su libro Inteligencia militar. Conocer al enemigo, de Napoleón a Al Qaeda, que toda campaña militar se compone, en primer lugar, de tres elementos: logística, operaciones e inteligencia. No entiendo porqué no se aplican estos tres elementos a las campañas electorales mexicanas.

En primer lugar, la logística: si no se cubre adecuadamente este componente, los ejércitos no van bien aprovisionados a la batalla, tanto en términos de arsenal como de alimentos. Es preciso garantizar el buen funcionamiento de los inventarios, equipos, uniformes, el movimiento de recursos y un largo etcétera. Las campañas electorales de la oposición mexicana no disponen de un responsable de este aspecto elemental. En un evento el 12 de noviembre de 2023 en el Ángel de la Independencia, a Xóchitl Gálvez se le apagó el teleprompter en el que estaba leyendo su discurso y se vio forzada a improvisar. Lo asombroso no es la falla técnica que derivó en la falta de teleprompter; lo imperdonable es que nadie en todo el equipo de la candidata llevaba una copia impresa de su discurso para que ella pudiera leerlo ahí. Dentro de la logística, uno supondría que se designan responsables de la recaudación de fondos para la campaña, de modo que a mitad del camino no sea necesario pedir limosna a los empresarios ante los medios de comunicación. Este amateurismo político es muy costoso para la oposición y, en consecuencia, para el país.

El segundo elemento se refiere a las operaciones. Así le llaman los especialistas militares a la aplicación de principios políticos, planeación, administración y organización de recursos en las actividades de las unidades militares. Aquí es donde la mayoría quieren estar, pues aporta mucho protagonismo y exige un involucramiento activo en el combate cotidiano entre tropas. En el caso de las campañas electorales, piense usted en los famosos voceros de las campañas (que cada día son más y ya los hay por tema), quienes aparecen un día sí y otro también declarando necedades en todos los medios de comunicación. El público termina alucinándolos. Considere también a los operadores territoriales, esos que hacen campaña puerta por puerta convenciendo a los vecinos durante la campaña. En el caso de Morena son los servidores de la nación (que, como es sabido, son empleados públicos dependientes de la Secretaría del Bienestar) y en el caso de la oposición… no existen.

En Estados Unidos y en Inglaterra esto se conoce como grassroots politics. En México los viejos políticos le llamaban simplemente política territorial. Y es algo que las nuevas generaciones de políticos de todos los partidos de oposición por desgracia no saben hacer. De ahí el arrasador éxito electoral de Morena y López Obrador. Las nuevas caras de la oposición le apuestan al spot, a las redes sociales, a los espectaculares, a “la narrativa” (esa forma arrogante de llamarle a los discursos), pero no se les ocurre caminar el terreno del distrito por el cual compiten.

La llamada marea rosa es demasiado remilgosa para que se dedique durante meses a recorrer colonias pidiendo el voto. Ellos conciben su trabajo como llenar el zócalo un domingo cada cierto número de meses y exigir candidaturas plurinominales. Para hacer campaña de tierra están los militantes de los partidos, y a esos la autodenominada “sociedad civil” los desprecia como “grillos.” Mientras exista ese divorcio, ninguna campaña será exitosa.

El tercer elemento es, según el leal saber y entender del profesor Keegan, el más importante de todos, aunque suponga el menor grado de protagonismo y visibilidad pública: la inteligencia. La inteligencia es el centro neurálgico de la campaña, y si ésta no funciona, los otros dos elementos no servirán de nada. La inteligencia militar (y la de campañas) empieza o debería empezar por un mapa, vale decir geografía electoral. ¿Cómo es el territorio por el cual se va a competir? ¿Cuántos habitantes tiene, qué clima, cuáles accidentes hidrográficos y orográficos hay que recorrer? ¿Cuáles son las preferencias políticas de la población de ese territorio en la actualidad (encuestas, grupos de enfoque) y cuáles fueron en el pasado (estadísticas electorales)? ¿Cuáles son las características, fortalezas y debilidades del candidato propio y de sus oponentes? Sin componentes de inteligencia bien construidos, será imposible diseñar una estrategia apropiada.

Es en esto en lo que han fracasado más estrepitosamente la mayor parte de las campañas opositoras este sexenio. “Las encuestas mienten” dicen los candidatos, para darse cuenta el día de la elección que sí decían la verdad. No faltan quienes contratan consultores que nunca han estado en su distrito para que les diseñen estrategias de territorios que jamás han pisado. Pero, sobre todo, la oposición mexicana es experta en subestimar al oponente: “nuestro candidato es el más formado académicamente, arrasará en los debates”; “nuestra candidata es más carismática, todos votarán por ella”; “la candidata del oficialismo es muy poco atractiva, no hay forma de que gane.” ¿Cuántas veces se han oído expresiones semejantes desde la oposición? Fallan los análisis de inteligencia respecto al contrincante, pero también la evaluación de las fortalezas propias. Si no se identifican bien estas cosas, las campañas están condenadas al fracaso y por eso, entre otras cosas, Morena ha conquistado ya 23 estados de la República. No es factible depender en exclusiva del fracaso del contrincante, los partidos de la oposición necesitan fortalecerse a sí mismos. Ya escribí extensamente de eso en otro artículo.

No obstante, lo primordial es tomarse en serio la recopilación de información de inteligencia antes de la campaña. Y una vez iniciada esta, garantizar el adecuado procesamiento de esa inteligencia. De nada sirve la mejor información sin gente capacitada para analizarla. Y en última instancia, desde luego que importan los candidatos. Son ellos los responsables finales de las decisiones trascendentales para su propia campaña. No se pueden escudar culpando a sus equipos y asesores. Si se dejan persuadir por consultores sin oficio político que ni siquiera viven en el mismo país, no es culpa de los consultores: es responsabilidad íntegra de los candidatos. ~

 

 

 

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