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El Bukele nuestro de cada día

Cuatro años, dos meses y veinticuatro días tiene Julián* para demostrarle al Estado colombiano que no volverá a fallarle a la sociedad.

A las 10:00 a. m. del 21 de marzo de 2023, después de cumplir con su actividad de redención en la cárcel El Pedregal (corregimiento de San Cristóbal, Medellín), pidió que le prestaran un celular en su patio, entró al portal de la Rama judicial para revisar su solicitud de descuento de pena y… ¡libertad condicional!

Dudó. Abandonó el navegador. Reingresó. Y corroboró: Julián es un hombre libre.

“¡Quería meterme en un charco, botar toda la ropa que tenía encima, ponerme una nueva, quitarme la sal!”. En las aguas heladas de una quebrada en Barbosa, norte del Valle de Aburrá, apagó el infierno que llevaba a cuestas, y vació sus pulmones del hedor ferroso y húmedo de las celdas. Sintió ser, todo él, viento de montaña.

Cuando su hermano lo recogió en el penal para sorprender a su familia, se bajó del carro antes de llegar a la casa: “Pasó una señora con un perro, le di permiso por urbanidad, y ella me miró. Lo percibí como si tuviera un sello grabado en la frente: ‘exconvicto’”. Julián teme el rechazo social, cruzar la calle, que un delincuente le “haga algo”. Lo asusta pedir transporte en una plataforma y otras “novedades” que poco conoce.

El primer sorbo de agua de la llave le supo distinto. Fue la epifanía inaugural de su nueva vida: tras las rejas todo es impotable.

Las fotos de prisioneros desnudos, con la cabeza gacha y los tatuajes como estigma, en una megaprisión en El Salvador, y la propuesta de humanización carcelaria en Colombia –liderada por el ministro de Justicia Néstor Osuna–, sacaron de sus altares a los bukeles nuestros de cada día: los mandamases de las cárceles, los políticos que se nutren del populismo punitivo, y los ciudadanos para quienes la única redención posible proviene de la corte celestial.

El enfoque punitivo de las leyes colombianas, patriarcal y desproporcionado (con los vulnerables), permea nuestra manera de pensar. Una sociedad que comulga con la captura de inocentes para no arriesgarse a dejar culpables en libertad, y que cada cierto tiempo clama por cadena perpetua y pena de muerte para criminales, evidencia una ética ciudadana cimentada en la desconfianza, en la sospecha en la maldad del otro. Con una suerte de perfeccionismo moral, reservado para “los buenos”.

Conocí a Julián en la cárcel. Con la poeta Piedad Bonnett, lo visitamos en el único espacio de libertad del penal, donde el otrora estudiante de Historia de la Universidad de Antioquia cumplía su compromiso de redención: la biblioteca.

Julián fue capturado en 2017. En un operativo de película, a la salida de su residencia, lo interceptaron dos camionetas y dos motos. La Fiscalía lo calificó como “hombre de confianza”: “Yo era una especie de razonero del narcotráfico. En una empresa fachada, colaboraba en labores de oficina porque sé redactar, poner un punto donde va, algo de ortografía”. Fue condenado a once años y dos meses de cárcel por los cargos de “concierto para delinquir agravado” y “tráfico de estupefacientes agravado”.

“La lucha contra el aparato estatal representado por la Fiscalía no es leal: yo acepto la culpa en lo que participé, pero a mí me metieron en un evento en el que no participé y lo tuve que aceptar”, dice.

Otras cinco personas cayeron por el mismo caso.

Por fortuna, fue llevado al Batallón Bomboná; se salvó del búnker de la Fiscalía y otros centros de detención transitoria, con condiciones deplorables de hacinamientos y otras violaciones de los derechos humanos.

Veinte días después ingresó al patio R2 (Recepción 2) de El Pedregal: “Si mostraba miedo, me comían vivo; pero tampoco podía estar muy sobrador porque era retar a los cuadros de mando”. La primera noche no durmió, intimidado por el consumo de droga y la ronda, con cuchillos y machetes, de los muchachos del cacique.

Pasó por los procesos de identificación ante el cacique y las tarifas: “Se paga por dormir en el piso porque, si no, va para los baños […] Hay que pagar hasta por la comida; lo maneja un grupo delincuencial que le quita la comida al preso: el arroz lo vuelven masa; la papa, guiso; y la carne (o “burro”) la desmechan y la venden para papa rellena, empanada o pastel. El preso, muerto de hambre, compra”, relata. A los dueños de patio se les paga semanalmente por los celulares y, a los guardias, para que no los decomisen (las famosas “mordidas”). Tienen precio los servicios de salud, los condimentos, el ingreso de droga y los celulares: “Los guardias los entran, eso se llama ‘tener una línea’ […] pasan derechito con la mercancía: marihuana, cocaína, celulares, lo que sea. Lo que entra se llama ‘barco’. Nunca entran uno o dos celulares, entran sesenta…”.

Julián estuvo en la UTE (Unidad de Tratamiento Especial) y en el patio de enfoque diferencial para la comunidad LGTBIQ+, funcionarios, criminales contra menores de edad y “delitos muy mediáticos”. En la “Casa de muñecas” la convivencia fue tranquila. Según Julián, en 2019 ese patio fue “vendido” a una estructura delincuencial.

Durante la mayor parte de su reclusión compartió el espacio con otros cuatro condenados. Allí conoció a Javier, su mejor amigo, quien fue asesinado tan pronto recuperó la libertad en 2021. A otro compañero de celda también lo mataron al salir.

En la cárcel solo se habla de violencia y cómo reproducirla. Julián considera que, en las condiciones actuales del sistema carcelario, la resocialización es impensable. Su primera actividad de redención fue ser bibliotecario. En dos oportunidades mereció el premio de la mejor biblioteca carcelaria del país, y trabajó con el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín.

Pero “el que piense o proteste en una cárcel es mal visto, y no por los internos, especialmente por la guardia”. Hasta una labor tan noble como la de bibliotecario le fue entorpecida, se la arrebataron. Desecharon sus propuestas, “una nueva coordinadora educativa me hizo el cajón” y lo retornó a inducción, por lo cual perdió lo ganado en el tratamiento penitenciario, que es progresivo. Ingresó a Promoción y prevención: “Un nombre bonito, pero no se hace absolutamente nada”.

La familia es el ancla de quienes pierden la libertad. Las medidas penitenciarias adoptadas durante la pandemia destrozaron la esperanza, la escasa salud mental que mantiene en pie a los internos: “Quitaron las visitas durante casi dos años. La tensión que se vive en una cárcel se multiplicó por el miedo a una infección que, finalmente, nos alcanzó a casi todos”.

Julián pasó sus últimos meses en el patio 1 (de fase de mínima o mediana confianza). A sus amigos les dejó lo que guardaba debajo del camarote: poca ropa, algunos medicamentos e implementos de aseo personal, un bloqueador solar y unas máquinas de afeitar. Las tareas de redención exigen estar afeitado a ras.

A nadie le confesó que había solicitado la libertad condicional. Su propósito es cambiar los seis dígitos del NUI (Número Único de Identificación) por los de un carnet universitario. Aspira a reingresar al Alma Máter y estudiar Derecho. Ya cuenta con 156 créditos (de 160) que aprobó en Historia. En el Liceo obtuvo mención de honor, y en la Universidad de Antioquia un promedio sobresaliente.

Documento

Es muy compleja la cohesión social cuando se ha instalado un determinismo moral y jurídico que parece negar las segundas oportunidades. Siempre resulta más cómodo culpar “al sistema”. En 2022, Julián escribió una carta dirigida a los estudiantes de la materia Derecho Penal 1, de la Universidad EAFIT: “Recuperen la credibilidad del Derecho, no caigan en la extorsión moral de las mayorías que ven la cárcel y el castigo como la única solución a los problemas que tiene la sociedad. Entiendan que, si avalamos ese mensaje, estamos apoyando la administración y capitalización política del miedo como forma de gobierno”.

Julián anhela el silencio. Un retiro temporal donde no sea vigilado (“¡Viví el panóptico de [Jeremy] Bentham!”, señala). Un espacio que le permita recuperar su intimidad. Y la noche callada.

La serenidad de la bóveda celeste es, por ahora, su redención.

*Nombre cambiado por protección de la fuente

 

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