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Estados Unidos después de las elecciones midterms

A qué hora se conoce los resultados de las Elecciones 'midterm' en EE.UU.  el 3 de noviembre de 2026? | EL COMERCIO PERÚ

El resultado electoral modifica el equilibrio político de Washington y abre interrogantes sobre el futuro de la estrategia internacional de Donald Trump. Oriente Medio, América Latina, Europa y las grandes potencias tendrán que interpretar las consecuencias de una nueva realidad institucional estadounidense.

Las elecciones de medio término celebradas el 3 de noviembre de 2026 han introducido un cambio significativo en el escenario político de Estados Unidos. La recuperación del control del Senado y de la Cámara de Representantes por parte del Partido Demócrata constituye un revés para Donald Trump y modifica las condiciones en las que deberá desarrollar la segunda mitad de su mandato. Sin embargo, reducir estos resultados a una derrota republicana sería quedarse en la superficie de un acontecimiento cuyas consecuencias pueden extenderse mucho más allá de las fronteras estadounidenses.

Lo ocurrido no representa solamente un cambio en la correlación de fuerzas parlamentarias. Introduce una nueva variable en los cálculos de aliados, adversarios y potencias que compiten por ampliar su influencia internacional. Para comprender su dimensión es necesario examinar las transformaciones impulsadas por Trump, las limitaciones que ahora enfrenta y, especialmente, las decisiones que podría adoptar durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca.

El regreso de Trump a la presidencia estuvo acompañado de una promesa de transformación que trascendía la política interna. Su proyecto MAGA planteaba una concepción de las relaciones internacionales basada en la primacía de los intereses nacionales, la revisión de los compromisos económicos y militares y la utilización del poder comercial, diplomático y estratégico como instrumento de negociación. Desde su perspectiva, el sistema internacional había impuesto demasiadas obligaciones a Estados Unidos y concedido ventajas excesivas a otros países.

Esta visión introdujo incertidumbre entre los socios tradicionales de Washington. Europa tuvo que reconsiderar sus compromisos de defensa; Ucrania quedó expuesta a las oscilaciones del respaldo estadounidense; Israel mantuvo una relación privilegiada con la Casa Blanca, mientras que los países de Oriente Medio comenzaron a evaluar los riesgos de una política más exigente y transaccional. En América Latina, algunos gobiernos encontraron oportunidades de acercamiento mediante la afinidad ideológica, mientras otros enfrentaron presiones comerciales, migratorias y diplomáticas, en un contexto de intervenciones estadounidenses que reabrieron el debate sobre la soberanía regional.

Pero la fortaleza de una estrategia internacional no depende exclusivamente de la capacidad de presión de quien la dirige. También debe medirse por sus resultados, sus costos y la posibilidad de mantenerla en el tiempo. En ese escenario llegaron las elecciones de medio término.

Los resultados conocidos el 4 de noviembre confirman una victoria demócrata de considerable magnitud, con la recuperación de ambas cámaras del Congreso y avances en territorios tradicionalmente republicanos. El costo de la vida, la inflación, los aranceles, la guerra con Irán y las preocupaciones sobre la gestión gubernamental influyeron en el comportamiento de los electores. No debe interpretarse esta votación como una adhesión automática al programa demócrata, sino fundamentalmente como una expresión de descontento y una exigencia de mayor equilibrio institucional.

Trump conserva la presidencia, pero pierde el control legislativo. Esta diferencia resulta decisiva, aunque hay una cuestión todavía más importante: ¿cómo interpreta el presidente el tiempo político que le queda y qué pretende hacer con él?

Nos encontramos ante los dos últimos años de su mandato. Algunos de los programas impulsados por su Administración difícilmente encontrarán respaldo en un Congreso controlado por la oposición. La confrontación legislativa puede limitar nuevas iniciativas, condicionar presupuestos y dificultar la continuidad de determinados proyectos. Sin embargo, también podría estimular una aceleración de aquellas decisiones que Trump considere fundamentales para consolidar su legado.

Aquí aparece una distinción indispensable. En política interna, el Congreso dispone de instrumentos decisivos para condicionar la acción gubernamental. En política exterior, el presidente conserva facultades ejecutivas amplias para negociar, establecer prioridades diplomáticas y adoptar determinadas decisiones de seguridad. Aunque los presupuestos, la asistencia internacional y la supervisión parlamentaria siguen dependiendo del poder legislativo, sería un error interpretar la nueva mayoría demócrata como una garantía de moderación o paralización de la estrategia exterior estadounidense.

La incógnita radica en determinar si Trump buscará acuerdos que permitan presentar resultados duraderos o si, por el contrario, intensificará sus iniciativas para alcanzar objetivos que considera irrenunciables, aun a costa de mayores enfrentamientos institucionales.

Oriente Medio ofrece uno de los primeros escenarios donde podría manifestarse esta disyuntiva. La relación entre Estados Unidos e Israel, tradicionalmente sustentada en un amplio consenso bipartidista, atraviesa un período de revisión. El anuncio de Trump de suspender a partir de 2027 la ayuda estadounidense anual a Israel, manteniendo las ventas de armamento, constituye una señal de considerable importancia política.

Esto no significa necesariamente una ruptura de la alianza. La cooperación militar, tecnológica y de inteligencia puede continuar, pero las condiciones financieras y estratégicas de esa relación comienzan a ser objeto de un debate que trasciende la afinidad personal entre Trump y Netanyahu. Además, el acuerdo vigente de asistencia militar contempla compromisos hasta 2028, por lo que cualquier modificación sustancial requerirá decisiones políticas y presupuestarias que no dependen exclusivamente de la voluntad presidencial.

Irán representa otra incógnita de mayor complejidad. La guerra ha demostrado que los conflictos regionales pueden afectar directamente la economía estadounidense, los mercados energéticos y la estabilidad internacional. El estrecho de Ormuz, el suministro petrolero y la seguridad del Golfo forman parte de una ecuación cuyas consecuencias se extienden mucho más allá de los países involucrados.

El nuevo Congreso podría aumentar la presión para favorecer una salida diplomática, aunque carece de capacidad para detener automáticamente todas las decisiones militares presidenciales. Trump, por su parte, podría considerar que una negociación con Teherán ofrece mejores resultados estratégicos que prolongar la confrontación, pero tampoco puede descartarse que intente intensificar determinadas acciones antes de finalizar su mandato.

En este escenario, Arabia Saudita adquiere una importancia particular. Riad necesita estabilidad para proteger sus infraestructuras energéticas, sus proyectos económicos y su posición internacional. Su búsqueda de mayor autonomía estratégica encontró una expresión concreta en el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado en agosto de 2026 con Turquía y Pakistán. El compromiso de considerar una agresión armada contra cualquiera de los tres Estados como un ataque contra todos no constituye una nueva OTAN ni implica una ruptura con Washington. Sin embargo, demuestra la voluntad de desarrollar mecanismos propios de cooperación y diversificar las garantías de seguridad.

La importancia de este acuerdo no reside solamente en sus disposiciones militares, sino en lo que revela sobre la transformación del escenario regional. Los Estados comienzan a construir alternativas ante la incertidumbre sobre la continuidad y las condiciones del respaldo estadounidense. No obstante, ninguna arquitectura de seguridad podrá ignorar indefinidamente a Irán. Su posición geográfica, sus recursos y sus capacidades estratégicas hacen difícil imaginar una estabilidad duradera sin alguna fórmula de interlocución que permita administrar las diferencias y reducir los riesgos de confrontación.

América Latina presenta otra dimensión del problema. Durante los primeros años de su regreso a la presidencia, Trump fortaleció relaciones con dirigentes ideológicamente próximos a su movimiento. Para algunos, la afinidad con la Casa Blanca representaba una oportunidad de obtener respaldo político, cooperación económica y acceso privilegiado a Washington.

Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador constituyen ejemplos de esa aproximación, aunque sus circunstancias nacionales sean diferentes. José Antonio Kast en Chile y otros dirigentes también han expresado simpatías por el proyecto político de Trump. En algunos casos, esa cercanía trascendió la diplomacia tradicional y comenzó a adquirir características de articulación política regional.

La victoria demócrata introduce ahora un elemento de incertidumbre. Trump seguirá siendo presidente y conservará importantes facultades en materia comercial, diplomática y de seguridad, pero sus aliados tendrán que desenvolverse ante una realidad institucional distinta. Aquellos que apostaron principalmente por una relación personal con el mandatario deberán considerar las consecuencias de depender de un liderazgo cuyo margen de acción puede verse condicionado por la oposición parlamentaria.

El problema trasciende las simpatías ideológicas. América Latina no constituye un espacio homogéneo ni puede organizar sus relaciones internacionales exclusivamente alrededor de las prioridades estadounidenses. Brasil, México y otros países mantienen intereses económicos y estratégicos propios, mientras China ha consolidado una presencia comercial, financiera y tecnológica que resulta imposible ignorar.

La reciente reelección de Lula en Brasil confirma que la región no avanza en una dirección política única. También evidencia los límites de cualquier intento de organizarla mediante afinidades ideológicas promovidas desde Washington. Brasil y Estados Unidos deberán administrar sus diferencias sin desconocer los intereses que los vinculan, mientras el conjunto latinoamericano enfrenta la necesidad de fortalecer su capacidad de negociación y preservar espacios de decisión autónoma.

La cuestión fundamental es que la cercanía con un presidente puede facilitar acuerdos y abrir oportunidades, pero no sustituye la construcción de relaciones institucionales duraderas. Los compromisos internacionales necesitan continuidad y credibilidad, dos condiciones que adquieren especial importancia cuando cambian los equilibrios políticos de una potencia.

Europa y Ucrania tampoco quedan al margen. Los gobiernos europeos deberán continuar evaluando hasta dónde pueden depender de Washington para garantizar su seguridad. La guerra en Ucrania y las tensiones relacionadas con Rusia seguirán poniendo a prueba tanto la cohesión europea como la capacidad estadounidense para sostener compromisos estratégicos. La incertidumbre no afecta únicamente a los recursos militares disponibles, sino también a la confianza sobre las decisiones futuras de un aliado cuya política exterior puede experimentar cambios importantes.

China observará esta situación desde otra perspectiva. La competencia entre Washington y Pekín cuenta con respaldo en ambos partidos estadounidenses, pero existen diferencias sobre los instrumentos, las prioridades y los costos de esa rivalidad. Las dificultades internas de Estados Unidos podrían abrir espacios diplomáticos y comerciales para China, aunque tampoco sería acertado suponer que una mayoría demócrata conducirá automáticamente a una reducción de las tensiones entre ambas potencias.

Todo ello nos lleva a la interrogante central: ¿hacia dónde vamos?

Mi impresión es que estamos entrando en una etapa de reajuste de la política estadounidense, pero no necesariamente de retirada internacional. La derrota republicana no anuncia por sí sola el final del proyecto de Trump ni el abandono de los compromisos exteriores de Estados Unidos. Lo que modifica es el entorno político en el cual deberán tomarse las decisiones.

Trump tendrá que establecer prioridades. No podrá desarrollar todos sus programas, administrar simultáneamente múltiples conflictos y sostener sus compromisos internacionales sin considerar restricciones presupuestarias, resistencias institucionales y las consecuencias económicas de sus decisiones. Pero esas limitaciones no excluyen una política exterior más activa. Incluso podrían estimular iniciativas destinadas a obtener resultados antes de enero de 2029.

En Oriente Medio, habrá que observar si busca una salida negociada con Irán y cómo redefine sus relaciones con Israel y Arabia Saudita. En América Latina, si mantiene una estrategia basada principalmente en afinidades políticas o comienza a privilegiar acuerdos sustentados en intereses económicos y estratégicos. En Europa y Asia, sus aliados y competidores evaluarán hasta qué punto Washington puede ofrecer continuidad y previsibilidad en sus compromisos.

No se trata de anticipar acontecimientos como si fueran inevitables. La política internacional está condicionada por decisiones de terceros, conflictos imprevistos y circunstancias capaces de modificar rápidamente cualquier cálculo estratégico. Sin embargo, las elecciones han introducido un factor que ningún gobierno podrá ignorar: el poder estadounidense sigue siendo considerable, pero su ejercicio vuelve a estar condicionado por una correlación institucional distinta.

Aquí reside una enseñanza que trasciende el resultado electoral. Las alianzas no pueden descansar exclusivamente sobre afinidades personales, los compromisos internacionales requieren respaldo institucional y la credibilidad de una potencia depende tanto de su capacidad para actuar como de la confianza que inspira su continuidad.

Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo transformar la posición de Estados Unidos en el mundo. Ahora deberá afrontar una realidad política que condicionará la manera de desarrollar ese proyecto. Sus aliados recalculan sus posiciones, sus adversarios examinan oportunidades y otras potencias evalúan los espacios que podrían abrirse.

Estados Unidos continúa siendo una potencia central, pero las condiciones políticas para ejercer su influencia han cambiado. Y cuando se transforma el equilibrio interno de una potencia de esa dimensión, las consecuencias difícilmente permanecen dentro de sus fronteras.

La pregunta, por tanto, no es solamente cuánto poder conserva Donald Trump, sino qué está dispuesto a hacer con él durante el tiempo que le queda. Porque de esa decisión puede depender no solo el legado de su presidencia, sino también una parte importante del orden internacional que emerja después de ella.

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