Gehard Cartay Ramírez: Bitácora venezolana (III): Otra tragedia más en Venezuela
Por si fueran pocos los sufrimientos que hemos sufrido los venezolanos en estas dos décadas pasadas, ahora se suma el aterrador terremoto que asoló el pasado miércoles 24 de junio a zonas de Caracas, La Guaira, Valencia, Maracay y otras regiones del centro del país.
Aun cuando todavía no hay cifras definitivas de víctimas mortales, heridos y desaparecidos, ni tampoco de gravísimos daños materiales, la magnitud de la tragedia presupone que estamos ante una gran desgracia nacional pocas veces vista en nuestro acontecer histórico. Centenares de personas quedaron atrapados entre las ruinas de las muchas estructuras colapsaron y de los numerosos edificios que se derrumbaron, algunas de los cuales -muy pocas, en verdad- han sido rescatadas con vida mientras no se sabe cuántas aún puedan permanecer con vida. Lamentablemente, la gran mayoría seguramente fallecieron desde el mismo instante del terremoto. Todo un cuadro de desolación y muerte. La desgracia, fatalmente, se ha cebado contra un país saqueado y arruinado.
Por desgracia, estas terribles circunstancias, en medio del luto nacional, ponen de manifiesto una verdad que no se puede ocultar: ahora mismo en Venezuela no hay Estado ni gobierno. No ha habido, por lo tanto, una respuesta oficial como la requiere la magnitud de la tragedia. No hay equipos humanos capaces de afrontarla, ni las maquinarias requeridas, ni especialistas en defensa civil.
Militares y policías -tan activos a la hora de reprimir a la ciudadanía- no han aparecido ahora por ningún lado para ayudar ante estas calamidades, ni siquiera para mantener el orden público en medio de innumerables saqueos y raterismos de todo tipo. La mayoría de las zonas afectadas tampoco han sido atendidas por el régimen, que ha hecho una imperdonable dejación de sus responsabilidades elementales en un momento tan crítico como el actual. No hay suficientes insumos en nuestros caóticos y colapsados hospitales y centros de emergencia, ni suficientes ambulancias y equipos médicos, y casi todos los afectados por el terremoto han sido abandonados a su suerte, lo que hace aún más patética esta terrible tragedia. Mientras tanto, cientos de miles de millones de petrodólares robados a los venezolanos siguen depositados en paraísos fiscales.
Y que no es que se quiera “politizar” este drama, como algunos dicen tratando de esconder sus responsabilidades. La verdad verdadera es que la eficacia, efectividad y eficiencia no han existido nunca para este régimen que padecemos desde hace 27 años. Hay que recordar cuál fue su comportamiento durante la tragedia del litoral guaireño en 1999, es decir, el mismo indolente, inhumano y cruel de ahora.
Porque -hablemos claro- no es “politizar” la tragedia que vive el país luego del terremoto. La realidad es que el régimen chavomadurista y del rodrigato carece de voluntad para atender con capacidad este cataclismo inmenso. Y lo peor es que esa misma ineptitud los llevó a abandonar las políticas públicas de protección civil y de atención de desastres humanitarios, al punto de que hoy el país carece del equipamiento mínimo para enfrentar una crisis de esta magnitud.
Pero los venezolanos somos, en general, un pueblo noble y solidario. A falta de la necesaria pero inexistente asistencia oficial, centenares de miles de compatriotas han constituido un ejército de voluntarios en todo el país para socorrer a las víctimas en las zonas de desastre, escarbando con las uñas -a falta de maquinarias pesadas- toneladas de escombros para salvar sobrevivientes, iluminando las ruinas apenas con sus celulares los intersticios por donde se oyen gritos desesperados de auxilio.
Otros centenares de miles de compatriotas se han organizado también para recaudar grandes cantidades de insumos indispensables para los sobrevivientes (comida, ropa, agua, etc.) del desastre, a pesar del saboteo de algunos funcionarios del régimen que han pretendido decomisarlos en algunas entidades del país. Pero el gesto humanitario de esos miles de voluntarios nos hace sentir orgullosos y constituye una lección para los inútiles que fungen (¡fingen!) de gobernantes. Mientras tanto, múltiples familias deambulan buscando un sitio donde guarecerse porque han perdido sus viviendas y otros tantos siguen durmiendo en la calle, desasistidos de la ayuda oficial.
No será fácil, por supuesto, recuperarnos de esta descomunal desgracia nacional, pero una nueva Venezuela surgirá de estos escombros y en memoria de los caídos debemos comprometernos todos para cumplir el desafío de trabajar por un país mejor, que deje atrás estos desgraciados años de tragedia y tristeza.
¡Cuidado!: los cambios no pueden retardarse más
Los cambios que requiere Venezuela -ofrecidos reiteradas veces por el gobierno de Estados Unidos en su carácter de tutor del Rodrigato- no pueden retardarse más. Cuidado.
Ya ha transcurrido un semestre desde el tres de enero pasado y muy poco ha cambiado la situación de los venezolanos. Se diría que más bien ha empeorado, especialmente en cuanto a sus ingresos y el valor de su poder adquisitivo, el acelerado costo de la vida, la inflación y los miserables bonos que terminaron sustituyendo los salarios de antes. Agréguese el tema de los presos políticos y los cambios institucionales que deben adelantarse para que se pueda hablar, en propiedad, de una auténtica transición.
Cuidado, pues, si aquél (el gobierno de Trump) y sus mandaderos de aquí creen que pueden seguir jugando con la paciencia de los venezolanos. Aquél, porque, al final de cuentas, considera que lo suyo (el petróleo) es lo primero, y los de aquí porque piensan que pueden estirar aún más la débil cuerda que los sostiene para permanecer un tiempo más en el poder sin que nadie los haya electo y en medio del repudio generalizado del país.
La verdad verdadera es que los venezolanos reclaman urgentemente un cambio. No se necesita ser muy zahorí para constatarlo. Lo dicen las encuestas y sondeos de opinión, se siente en las calles y se escucha en cualquier conversación a lo largo y ancho del país.
Quienes están en el poder desde hace 27 años no pueden seguir ejerciéndolo porque ya ni siquiera gobiernan, están agotados en todo sentido, su tiempo se les acabó y el país los rechaza abrumadoramente, como quedó fielmente demostrado el 28 de julio de 2024 cuando fueron derrotados de manera aplastante. La interina y su grupito sólo están ocupados en maniobrar para quedarse un tiempo más. Los demás funcionarios siguen “raspando la olla” y gobernadores y alcaldes carecen de ideas y de ganas de trabajar por la gente, sin disposición ni ánimo para servirle a sus regiones.
¿Qué pueden ofrecer ahora y qué pueden hacer luego de este gigantesco fracaso creado por ellos mismos? Nada, desde luego. Se han hecho indignos de seguir en el poder por su corrupción infinita y su incapacidad monumental. Arruinaron y saquearon uno de los países más ricos del mundo y lo han africanizado, convertido en un océano de dificultades, empobrecido a la gran mayoría de sus habitantes y retrocedido al menos cien años desde el punto de vista de su desarrollo político, social y económico, mientras su cúpula podrida se ha enriquecido como nunca antes lo pudo haber hecho alguna en la historia universal. Esta es la desgraciada verdad que casi todos lamentamos hoy y que los hace indignos de continuar en el poder.
Venezuela no puede esperar más. Cada día que pasa, empeora nuestra situación política, económica y social y la presión aumenta a todos los niveles, aunque el régimen se desentienda de los reclamos y exigencias populares y crea que todo está bien. Pero hay que ir al mercado para darse cuenta de que el costo de la cesta básica sigue en aumento creciente e insostenible, los servicios públicos son un calvario, especialmente el suministro y costo de la energía eléctrica, cada día peor y racionada de forma tal que en las comunidades su suministro es casi inexistente, así como la crisis en hospitales y centros asistenciales, absolutamente pavorosa. Y ello para no referirnos a la tragedia de nuestra educación y el maltrato a nuestros educadores, lo cual conforma un problema antropológico que apenas comienza y que el país sufrirá en los próximos años, si esto continúa igual.
No es verdad entonces lo que dice el inefable presidente Trump: que aquí después del tres de enero “todos estamos bailando en las calles y ganando mucho dinero”. Se trata, sin duda, de una burla intolerable frente a la penosa situación de la gran mayoría de los venezolanos o de una ignorancia inaudita del líder del país mejor informado del planeta. Vaya usted a saber.
Por supuesto que tampoco ha variado la situación de los presos políticos y los atropellos, así como las violaciones de los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad que aún subsisten como mecanismos de advertencia de que el poder continúa en manos de quienes lo detentan desde hace 27 años.
En medio de este infierno creado por el chavomadurismo y el rodrigato, lo lógico es que se vayan y dejen el camino abierto para que otros, con ganas y proyectos, ocupen sus cargos e inicien la reconstrucción de Venezuela en todo sentido. Pero no sólo sería lo lógico, sino lo que manda la Constitución y a lo que están obligados. Como se sabe, quien ocupaba la presidencia de la República está siendo juzgado en Estados Unidos y, por lo tanto, su ausencia es absoluta en todo sentido. Quien lo suple lo hace con carácter interino y provisional por 180 días que terminan el próximo dos de julio.
Ante esta circunstancia indudable y conocida por todos, los artículos 233 y 234 obligan a la Asamblea Nacional a declarar su ausencia absoluta de Maduro y convocar elecciones presidenciales en 30 días, en virtud de que su falta se produjo en los primeros cuatro años del actual período presidencial, iniciado en 2025, sin entrar a considerar siquiera las circunstancias fraudulentas que ocasionaron su llegada al cargo.
Será la única manera constitucional y democrática de iniciar la transición pendiente y lograr el cambio urgente que reclamamos en esta hora los venezolanos.
La difícil misión de Dinorah Figuera:
¿Un nuevo CNE, imparcial y eficiente?
A mediados de junio, y tal vez a causa de la indisimulada presión generalizada frente a la tardanza de los cambios que venimos comentando, el Departamento de Estado estadounidense, a cargo de Marcos Rubio, hizo un gesto de cierta relevancia al enviar a la diputada Dinoran Figuera, exiliada presidente de la Asamblea Nacional electa en 2015, para iniciar las negociaciones con el régimen al parecer sobre un punto específico: la designación de un nuevo Consejo Supremo Electoral.
No faltaron, desde luego, las especulaciones de rigor. El anuncio fue ciertamente sorpresivo e inesperado, aún para los personeros de la oposición democrática. Después de la foto de rigor del encuentro de la enviada con Jorge Rodríguez y de las declaraciones de la diputada Figuera, algo lacónicas, y del total silencio del Rodrigato al respecto, vinieron las especulaciones políticas y periodísticas de rigor.
No podía ser de otra manera: la diputada Figuera dijo que había sido enviada por el gobierno de Trump e hizo mutis cuando se le preguntó por el acuerdo de Panamá, anunciado por María Corina Machado hacía pocos días, todo lo cual se prestó para que surgieran inmediatamente las más diversas teorías al respecto. Por si fuera poco, Figuera regresó inmediatamente a Estados Unidos, luego de anunciar que se constituiría una comisión paritaria para las negociaciones con el régimen.
Se supone que esa misión encomendada por Rubio debió ser concertada con María Corina Machado o, al menos, informada a la líder de la oposición democrática venezolana. Se supone, insisto. Sería lo lógico, si los factores concernidos para sacar a Venezuela de este precipicio cuanto antes mantienen canales de información entre ellos.