Venezuela necesita al mundo, pero también necesita volver a ser nación
Hay tragedias que no comienzan el día en que ocurre el desastre. Comienzan mucho antes, cuando un país se va quedando sin instituciones capaces de proteger a su gente, sin servicios públicos confiables, sin hospitales preparados, sin infraestructura resistente, sin información creíble y sin una política capaz de colocar la vida humana por encima del cálculo del poder.
Por eso, lo que hoy vive Venezuela no puede entenderse solamente como una emergencia provocada por la naturaleza. La tragedia conmueve por sus imágenes inmediatas: familias buscando noticias, comunidades golpeadas, hospitales sobrepasados, viviendas destruidas, personas heridas o desplazadas, y una diáspora angustiada que intenta comunicarse con sus seres queridos desde la distancia. Pero detrás de esa tragedia visible hay otra más larga: la de un país debilitado por años de deterioro institucional, confrontación política, corrupción, migración masiva, precariedad de servicios básicos y pérdida de confianza pública.
El desastre puede haber sido natural; la vulnerabilidad venezolana, en cambio, no lo es. Esa vulnerabilidad fue construida durante años de improvisación, abuso de poder, abandono, sectarismo y utilización política del Estado. Por eso, cuando se afirma que Venezuela necesita al mundo, se dice algo verdadero, urgente e indispensable, pero también insuficiente. Venezuela necesita ayuda internacional, asistencia humanitaria, cooperación técnica, medicinas, alimentos, equipos de rescate y apoyo financiero. Pero necesita, además, algo más difícil: necesita reencontrarse consigo misma.
La ayuda internacional es hoy una obligación moral. En una situación de emergencia, lo primero es salvar vidas, rescatar a quienes todavía puedan ser rescatados, atender a los heridos, proteger a los niños, acompañar a los ancianos, dar refugio a quienes lo perdieron todo y evitar que la tragedia se convierta en una nueva forma de abandono.
Venezuela necesita a Naciones Unidas, a la Cruz Roja, a los países vecinos, a Europa, a Estados Unidos, a los organismos financieros multilaterales y a todas las instituciones humanitarias que puedan contribuir con seriedad. Pero no necesita cualquier ayuda, necesita una ayuda transparente, coordinada y respetuosa; una ayuda que no sea utilizada como propaganda oficial, como instrumento de humillación externa, como mecanismo de control social ni como demostración de fuerza de una potencia extranjera.
El drama venezolano exige ir más allá de la respuesta inmediata. No basta con enviar ayuda, abrir corredores humanitarios o reconstruir lo que se cayó físicamente. La pregunta de fondo es otra: ¿qué país recibirá esa ayuda?, ¿qué instituciones la administrarán?, ¿qué sociedad participará en la reconstrucción?, ¿qué papel tendrá la diáspora?, ¿cómo evitar que la tragedia sea convertida en una nueva oportunidad de control, propaganda o dominación geopolítica?
Venezuela no llega a esta crisis como una nación institucionalmente sólida, llega como una sociedad agotada por años de emergencia permanente: falta de medicinas, apagones, salarios destruidos, hospitales deteriorados, escuelas debilitadas, inseguridad, miedo, censura, persecución, exilio y pérdida de futuro. La catástrofe actual no cae sobre una sociedad intacta sino como una sociedad cansada, golpeada y profundamente herida.
Durante años, millones de venezolanos aprendieron a sobrevivir donde antes aspiraban a progresar. Aprendieron a resolver lo cotidiano en medio de la escasez, a depender de remesas y a despedir hijos, padres, hermanos y amigos que salían del país buscando lo que Venezuela ya no podía ofrecerles. Aprendieron a vivir con la nostalgia de un país que parecía irse deshaciendo lentamente, no solo en sus estructuras físicas, sino también en sus vínculos sociales y en su idea de futuro.
Por eso, la reconstrucción no es solamente material. Será necesario levantar viviendas, reparar carreteras, reconstruir hospitales, recuperar servicios eléctricos, sistemas de agua y escuelas. Pero también será necesario reconstruir la relación entre el Estado y la sociedad, para que el Estado vuelva a servir al ciudadano y no a dominarlo.
Aquí aparece una pregunta inevitable: ¿será capaz la dirigencia venezolana de estar a la altura del dolor de su gente? Esa pregunta no va dirigida únicamente al gobierno. También interpela a la oposición, a los partidos, a los empresarios, a las iglesias, a las universidades, a los gremios y a la sociedad civil. La tragedia exige abandonar, aunque sea por un momento, la lógica según la cual cada sufrimiento debe convertirse en argumento contra el adversario.
Eso no significa olvidar responsabilidades ni suspender la exigencia democrática. Al contrario, en una emergencia, la democracia se vuelve más necesaria, no menos. La transparencia, la información pública, la libertad de prensa, la protección de los derechos humanos y la participación ciudadana son condiciones indispensables para que la ayuda no sea manipulada. El desastre no puede convertirse en excusa para congelar cambios, postergar compromisos democráticos o fortalecer mecanismos de control.
La sociedad venezolana que permanece dentro del país tiene un papel esencial. Esa sociedad ha soportado demasiado. Ha visto deteriorarse sus servicios, partir a sus profesionales, empobrecerse su vida cotidiana y reducirse sus posibilidades. Sin embargo, sigue allí: dando clases, atendiendo pacientes, cuidando ancianos, organizando comunidades, sosteniendo familias y defendiendo, aunque sea en silencio, la idea de que Venezuela todavía puede levantarse.
Junto a esa sociedad que quedó dentro está la otra Venezuela: la que está afuera. La emigración venezolana no es un apéndice del país. Es parte de la nación. Es una nación extendida, dispersa en muchas ciudades del mundo. Es una Venezuela que trabaja, que envía dinero, que llama por teléfono, que llora a distancia y que vive con angustia por no poder estar. Esa diáspora puede tener un papel fundamental y no se le puede pedir solamente dinero, remesas o presión política. Hay que devolverle un lugar en la nación.
En este punto aparece la dimensión geopolítica. Venezuela no es un país aislado de la lucha de poder internacional. Su petróleo, su ubicación geográfica y su relación con Estados Unidos, América Latina, el Caribe, Asia y Europa la han convertido durante años en pieza de un tablero mayor. Por eso, cualquier emergencia venezolana corre el riesgo de ser interpretada o administrada según intereses que no siempre coinciden con las necesidades reales de la población.
La ayuda logística, financiera, militar y humanitaria no puede convertirse en una forma de apropiación política del destino venezolano. Venezuela necesita apoyo, pero no subordinación. Necesita solidaridad, pero no una nueva forma de dependencia disfrazada de rescate.
Sería ingenuo pensar que la ayuda internacional llega siempre sin intereses. Pero también sería irresponsable rechazarla cuando hay vidas en peligro. La clave está en recibir la ayuda que el país necesita sin entregar la conducción moral de la reconstrucción. Venezuela debe abrirse al mundo, pero no convertirse en propiedad del mundo. Debe aceptar cooperación sin renunciar a su dignidad. Debe recibir apoyo sin permitir que su tragedia sea utilizada para redibujar mapas de influencia, controlar recursos estratégicos o fortalecer discursos de poder externo.
Unos gobiernos pueden ver en Venezuela una oportunidad de reposicionamiento hemisférico; otros, una oportunidad diplomática. Algunos grupos internos pueden ver una oportunidad de legitimación política. Pero para los venezolanos esto no puede ser una oportunidad de poder. Tiene que ser una oportunidad de país.
Venezuela no puede ser tratada como botín petrolero, campo de presión electoral, laboratorio ideológico ni escenario para doctrinas de influencia regional. El mundo debe ayudar, pero debe hacerlo con respeto. La solidaridad internacional debe acompañar, financiar, rescatar, asesorar y exigir transparencia, pero no puede sustituir la responsabilidad nacional.
Y la reconstrucción comienza por comprender que el país ya pagó demasiado caro la ausencia de acuerdos nacionales. Durante muchos años, Venezuela fue atrapada por una lógica de vencedores y vencidos. La revolución convirtió la política en una forma de posesión del Estado. La oposición, fragmentada y golpeada, muchas veces quedó encerrada entre la resistencia, la expectativa externa y la dificultad de construir una alternativa institucional amplia. El ciudadano común terminó en medio de esa disputa, pagando el precio más alto: pobreza, miedo, exilio y pérdida de futuro.
La emergencia debería obligar a cambiar esa lógica. No para borrar responsabilidades, fingir reconciliaciones vacías o pedir silencio ante los abusos, sino para entender que ningún país puede reconstruirse si cada actor sigue actuando como si la destrucción del adversario fuera más importante que la salvación de la nación.
Venezuela necesita un acuerdo mínimo de humanidad. Antes incluso de un acuerdo político, necesita un acuerdo moral: los heridos primero, los desaparecidos primero, los niños primero, los hospitales primero, las familias sin techo primero, la verdad primero. Ese acuerdo no resuelve por sí solo la crisis democrática, pero puede abrir un camino distinto. Puede demostrar que todavía existe una nación por encima de los aparatos de poder.
Pero más difícil todavía será la reconstrucción política y moral. ¿Cómo reconstruir la confianza después de tantos años de abuso? ¿Cómo pedirle a la sociedad que crea en instituciones que tantas veces la abandonaron? ¿Cómo convencer a los jóvenes de que vale la pena quedarse o volver? ¿Cómo transformar la ayuda internacional en recuperación nacional y no en dependencia? Esas preguntas deben formularse desde ahora, porque las emergencias suelen producir dos caminos: uno conduce a la solidaridad, la apertura y la renovación; el otro, al control, la propaganda y la consolidación de poderes. Venezuela no puede permitirse el segundo camino.
También América Latina debe mirarse en el espejo venezolano. Cuando los Estados se debilitan, cuando la política se convierte en guerra permanente, cuando las instituciones son capturadas, cuando la infraestructura se abandona y cuando la sociedad pierde confianza, cualquier desastre natural se transforma en una catástrofe mayor. La naturaleza golpea, pero la mala política multiplica el daño.
Venezuela muestra lo que ocurre cuando un país pierde demasiadas defensas al mismo tiempo: defensas institucionales, técnicas, económicas, sociales y morales. Por eso, su reconstrucción debería ser también una lección latinoamericana. Ninguna nación puede vivir indefinidamente de discursos, ideologías o liderazgos mesiánicos. Los países necesitan instituciones, servicios, mantenimiento, planificación, transparencia y acuerdos básicos. Necesitan Estados que funcionen antes de la emergencia, no solamente discursos después del desastre.
En medio de tanto dolor, quizá haya todavía una posibilidad. No una posibilidad ingenua ni romántica, sino una posibilidad dura: que esta tragedia obligue a mirar a Venezuela de otra manera; que obligue al mundo a ayudar sin imponer; que obligue al poder a entender que la opacidad y el control no sirven para salvar vidas; que obligue a la oposición a combinar firmeza democrática con solidaridad concreta; que obligue a la diáspora a organizarse como fuerza nacional; que obligue a la sociedad venezolana a reconocerse más allá de sus heridas.
Venezuela necesita a sus vecinos, a Europa, a Estados Unidos, a Naciones Unidas, a las organizaciones humanitarias y a los organismos financieros. Pero necesita también a sus hijos dispersos por el mundo, a los que se quedaron resistiendo dentro del país, a sus médicos, maestros, ingenieros, estudiantes, empresarios, iglesias, universidades y comunidades. Necesita una reconstrucción que no sea propiedad de un partido, de un gobierno, de una élite ni de una potencia extranjera.
Porque Venezuela no será reconstruida solo con ayuda internacional. Será reconstruida si esa ayuda logra encontrarse con una sociedad capaz de volver a creer en sí misma. Será reconstruida si la diáspora deja de ser únicamente la consecuencia dolorosa de la crisis y se convierte en parte activa de la solución. Será reconstruida si la política entiende, por fin, que ninguna victoria partidista vale más que la recuperación de una nación.
El desastre ha roto edificios, calles, hogares y vidas, pero Venezuela ya venía rota desde antes. La tarea ahora no es solamente levantar lo caído. Es reconstruir lo que durante años fue abandonado: la confianza, la dignidad, la convivencia, la institucionalidad y la esperanza.
Venezuela necesita al mundo. Pero, sobre todo, necesita volver a ser Venezuela.
