Villasmil – La encrucijada venezolana: negociación, liberación de presos políticos y la urgencia de la ruta electoral

En Venezuela, tras décadas de erosión institucional, violencias de todo tipo, colapso socioeconómico y una crisis política persistente, el debate sobre el futuro del país se encuentra atrapado entre la inercia de un régimen atroz que solo busca ganar tiempo para consolidarse y la creciente exigencia democrática de superar esta cada vez más inexplicable e injustificable transitoriedad, ante la necesidad imperiosa de una transformación democrática efectiva.
En este escenario de incertidumbre, la vía hacia una solución duradera exige articular una propuesta política coherente basada en dos pilares irrenunciables: la liberación incondicional y prioritaria de todos los presos políticos, y la exigencia tajante de elecciones libres convocadas en el menor tiempo posible tras la reestructuración del árbitro electoral.
Hoy se está impulsando un nuevo marco de diálogo; los venezolanos, plenos con razón de escepticismo, estamos a la espera de resultados concretos. Lo visto y leído hasta ahora no conduce a esperanzas logradas.
Para que este proceso no naufrague nuevamente en aguas estancadas la negociación debe dejar de ser un espectáculo de concesiones cosméticas y convertirse en un mecanismo vinculante con mediación internacional firme. La parálisis actual sólo beneficia a quienes apuestan por la perpetuación del statu quo a costa del sufrimiento de millones de venezolanos.
Al respecto, destaquemos recientes afirmaciones de los cardenales Porras y Padrón, y del Monseñor Ovidio Pérez Morales; en resumen:
“Saludamos, con beneplácito y esperanza, el comienzo de las conversaciones entre el gobierno interino y representantes de parte de la oposición integrada por miembros de la Asamblea Nacional de 2015, actuando bajo tutoría del Gobierno de los EEUU” (…) “Dichas conversaciones, bajo el esquema formal de Diálogo entre pares, tienen lugar en condiciones muy peculiares (…). Entre otras: iniciativa promovida y tutelada desde el extranjero; ausencia de la representación política opositora legitimada más importante; inexistencia de una instancia técnica reconocida como facilitadora; desconocimiento u opacidad con relación a detalles institucionales y logísticos (…) Sólo una visión amplia con decidida orientación hacia el Bien Común puede garantizar el éxito de la Mesa Técnico-política paritaria hacia una transición política de institucionalidad democrática, meta y aspiración de todos los venezolanos”.
También merecen destacarse las declaraciones de Carrie Filipetti, exsubsecretaria de Estado adjunta de EE. UU. para Venezuela y Cuba (durante el primer gobierno de Donald Trump) y actualmente miembro distinguido del Wilson Center, que se centran en la necesidad de presionar por una transición democrática real.
En dichas declaraciones del pasado mayo que pueden verse en este enlace a La Gran Aldea, Filipetti advirtió sobre los riesgos de no mantener una postura firme ante el Palacio de Miraflores; asimismo afirmó que «si el presidente Trump no exige un impulso hacia la democracia en Venezuela, el pueblo lo hará«. Sostuvo que la prioridad internacional debe ser un proceso de transición, argumentando que una vez se alcance ese elemento, «la estabilización y la recuperación le seguirán inmediatamente».
Para Filipetti la crisis venezolana no responde a una dinámica de «guerra fría» o debate meramente ideológico, sino que se trata de una lucha real enfocada en que los ciudadanos recuperen el acceso a servicios básicos y a la libertad de elegir de forma legítima a sus líderes.
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La liberación incondicional de los presos políticos es una prioridad ética y política. En todo proceso sincero de democratización, la dimensión humanitaria y la justicia de derechos humanos constituyen el termómetro de la buena fe. En Venezuela, la existencia de prisioneros por motivos políticos —dirigentes, militares, activistas de derechos humanos, estudiantes y ciudadanos comunes— representa la prueba más flagrante del uso del aparato penal como herramienta de persecución y control social.
Es indispensable dejar claro que la liberación plena e incondicional de los presos políticos no puede ser tratada como un ítem secundario ni como una «ficha de canje» negociable en cuentagotas. Se trata de una prioridad ética absoluta y de una condición sine qua non para cualquier proceso que aspire a restablecer una mínima confianza institucional.
Otro eje fundamental sobre el que debe erigirse la estrategia opositora es la exigencia de celebrar elecciones presidenciales verdaderamente libres, transparentes y competitivas en el plazo más breve posible. La democracia no se agota en el voto, pero sin el voto libre y soberano no existe posibilidad de legitimación política.
Frente a las tácticas del oficialismo para dilatar los plazos o fijar calendarios convenientes que extiendan la agonía institucional, la oposición democrática debe mantener un discurso firme y ensayar una posición unificada: las elecciones no pueden posponerse indefinidamente ni estar sujetas a agendas difusas.
La convocatoria electoral debe ir acompañada de la exigencia innegociable de condiciones técnicas e institucionales mínimas, encabezadas por la conformación de un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE), sustituyendo el árbitro cooptado por una directiva equilibrada, realmente independiente; la actualización integral del Registro Electoral: Apertura masiva e irrestricta del padrón tanto dentro del país como para la diáspora venezolana en el exterior; observación internacional calificada, y habilitación de actores y partidos políticos: Cese total de la judicialización de los partidos de oposición y levantamiento de inhabilitaciones administrativas arbitrarias.
Con estas garantías sobre la mesa, la exigencia debe ser clara: fijar la fecha más cercana para los comicios.
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Necesitamos políticos opositores que den ejemplos de patriotismo. la ejemplaridad en política no consiste en «no hacer nada malo»; exige ir mucho más allá.
La ejemplaridad en política para la dirigencia opositora venezolana hoy exige trascender la mera retórica de resistencia para encarnar los valores éticos, democráticos y republicanos que se pretenden restaurar. En el contexto de la crisis venezolana, la ejemplaridad no es un adorno moral, sino una condición estratégica imprescindible para mantener la legitimidad social y la confianza ciudadana.
Para ello, cualquier voz opositora debe partir del reconocimiento del claro mensaje sobre el liderazgo opositor dado por los venezolanos en 2023 (elección primaria) y 2024 (presidencial).
Es hora de convertir la exigencia democratizadora de la mayoría abrumadora de los ciudadanos en una realidad histórica impostergable, posible, esperable.
