Chitty La Roche: Notas sobre la responsabilidad de la Fuerza Armada nacional
«Donde todos son culpables, nadie lo es.» — Hannah Arendt
«Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir.» — Miguel de Unamuno
Pertenezco a una generación que se inició y, diríamos, cumplió su ciclo protagónico esencial durante las décadas finales del siglo XX. Luego recibimos un «coup de pied historique», supongo —pero no estoy seguro de que con mérito para ello— y, en simultáneo, el país decidió «resetearse» y traer a otra gente a la representación y a la conducción nacional. Ya sabemos dónde nos condujo esa decisión del cuerpo político —con la anuencia, la torpeza y/o la estupidez de nosotros mismos, por cierto— y, además, una combinación maléfica de medios de comunicación irresponsables y del ambiente antipolítico que fueron fraguando los susodichos, francamente inconscientes de que el sesgo de la noticia engendraba parte del mal que luego se manifestó.
No se trataba de no denunciar las fallas y carencias, que las había, sino de que tampoco se privaron de acomodar, desde la glosa de los eventos públicos y otros que no lo eran, una mórbida zapa que defenestró no solo a la clase política, sino a la democracia misma.
Siempre es interesante ponderar el desempeño de las llamadas generaciones, entendiendo por ellas a esos movimientos de jóvenes de la misma edad que además comparten una perspectiva de pensamiento y valores, y a los que les toca lidiar desde una contingencia con un rol dirigente.
Traigo a colación este asunto porque llega la hora de los análisis, evaluaciones y escrutinios de lo que ha sido —o de lo que ha hecho, diríamos mejor, recordando a Aristóteles y aquello de «somos lo que hacemos»— el estamento militar en Venezuela a partir del arribo al poder (democráticamente, sin embargo) de uno de ellos en 1998 y del regreso a la experiencia de gobierno de los hombres de armas en esta nuestra experiencia de frustrada ambición republicana; salvo en el período precisamente de 1958 a 1998 que, cabe recordar, fue para la sociedad, en los aspectos que a ella más debieron importarle, el de los años más fructíferos: léase educación, salud, movilidad social, vialidad y desarrollo de la industria petrolera, entre otros.
La Fuerza Armada Nacional (FAN) exhibe una responsabilidad plena en el Estado constitucional. De hecho, la noción de una institución armada «exenta de responsabilidad» o escudada en una inmunidad absoluta es incompatible con el principio del Estado de derecho (Rule of Law), en el cual todo ejercicio de poder público implica responsabilidad.
La naturaleza de la responsabilidad de la FAN es multidimensional, estructurándose en tres niveles interconectados: la responsabilidad institucional (del órgano), la responsabilidad de sus integrantes (personas naturales) y la responsabilidad de la cadena de mando. Pienso que hay que sumarle otra más: la responsabilidad histórica que resulta de su impacto en el tiempo compartido con sus compatriotas y de las consecuencias de sus acciones y omisiones.
En efecto, puede y debe hablarse de responsabilidad histórica, especialmente cuando se analiza la articulación entre el poder, el Estado y el destino de una comunidad política. Mientras que la responsabilidad jurídica exige imputación individual, nexo causal directo y tipicidad, la responsabilidad histórica opera en un plano distinto: el del compromiso normativo de una generación, una institución o una comunidad frente a las consecuencias constitutivas, estructurales o destructivas de sus actos u omisiones en la polis.
Empero, la realidad se puede resumir en que la FAN mutó, kafkiana, en el período de gobierno de Chávez y de Maduro, y es bueno resaltarlo de una vez. Dejaba cada día de ser nacional para participar del proceso oligarquizante e ideologizante en que la metió el finado comandante y continuó su sucesor la tarea —no nos olvidemos— escogido por el mismísimo teniente coronel del escuadrón de paracaidistas; ese mismo que «extrajeron» el pasado 3 de enero del año en curso. El chavomadurismomilitarismocastrismoideologismo sombrío y deletéreo devino de esos polvos y llevó a la institución y a su víctima, la patria de Bolívar y del resto de los venezolanos, hacia estos lodos pantanosos en que yace Venezuela hoy, hipóxica.
Claro que si precisamos, al mismo tiempo, las acciones constitutivas de ilícitos que abundaron y pululan aún hoy en día, cometidos por miembros de cada componente, además de las imperdonables omisiones —como esa de permitir el «coup d’état» del 28 de julio de 2024 perpetrado contra la república, sus instituciones y la soberanía popular, o la tortura de compatriotas que incluyó hasta a sus propios compañeros de armas, hasta la muerte inclusive—, asumimos que la culpa es de cada oficial que estuvo relacionado y la responsabilidad es corporativa.
«Mens rea» es una locución latina que consiste en la necesaria exploración para determinar la intención criminal. En el derecho norteamericano suele tener un significado trascendente establecer si la hay, más allá de la comisión misma del delito. Mens rea es el estado mental requerido por ley para condenar a un acusado por un delito específico. Establecer la mens rea de un delincuente, además del «actus reus» (elementos físicos del delito), suele ser necesario para probar la culpabilidad en un juicio penal (Legal Information Institute, Cornell Law School).
Lo que trato de hacer es mostrar el alcance de la culpa y de la responsabilidad de cada cual. El alto mando y la clase superior de la institución militar ordenaban operaciones inconstitucionales e ilegales, las exigían y extorsionaban a sus mandos inferiores para obtener el cumplimiento de la orden; pero pocos dijeron que no obedecerían, aun sabiendo que esas instrucciones constituían, si no delitos, una grosera falta ética y moral. No se trató nunca de una «peccata minuta».
Arendt nos enseña que la culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre selecciona. Es strictly personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o potencialidades. Solo en sentido metafórico podemos decir que nos sentimos culpables por los pecados de nuestros padres, de nuestro pueblo o de la humanidad; en definitiva, por actos que no hemos cometido, si bien el curso de los acontecimientos puede muy bien hacernos pagar por ellos. La perspectiva de la filósofa germano-estadounidense se aparta del marco jurídico y apunta a lo moral con esa orientación que imprime al tema.
Esas conductas mencionadas terminaron desarmando a la nación y dejándola indefensa ante la perversión de un ejercicio de poder sin límite de ningún tipo. La Fuerza Armada es victimaria al prestarse para sostener el abandono republicano —insisto— y luego, a su turno, será víctima incapaz de advertir y detener el proceso que la desnaturaliza, la sojuzga y humilla hasta ver al país convertido en una entidad con su soberanía negociada y anulada.
Debo, con honestidad, admitir que la decisión del soberano electoral al votar y designar a Chávez en 1998 inició el cataclismo, y ello también distribuye culpas y responsabilidades, pero de la comunidad que somos los venezolanos. Desde allí se precipitaron en cascada los desaciertos y los pretendidos arrebatos de una revolución compulsivamente demagoga, manipuladora y deshonesta que en el fondo no quería cambiar nada sino ocupar tendenciosamente los espacios de poder. Y así, todos los dejamos hacer y nos deslizamos hacia el desastre que ha durado 27 años y, como diría el coloquio, «el rancho ardiendo aún».
El pueblo ya parece haberse percatado de ese error —aunque no enteramente— y de su precaria situación, y debe tomarse en serio el presente porque compromete además su porvenir. La FAN debe hacer su sincero mea culpa y apresurarse, sin embargo, a jugar su rol de defensora del país, de sus instituciones, de su territorio y de su soberanía; y lo haría en el mejor momento. Necesitamos una Fuerza Armada «Nacional». Le deben eso a la patria y a su historia.
Nelson Chitty La Roche
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