Carlos Goñi: Fútbol es fútbol
Nadie compra una entrada para ver un partido amañado, como nadie quiere vivir una vida sin riesgo y sin posibilidad de elección
Dos jugadores disputan el balón en un partido. (EFE)
La expresión es de Vujadin Boskov (1931-2014), entrenador yugoslavo, que en nuestro país lo fue del Real Zaragoza, el Sporting de Gijón y el Real Madrid. Con su acento eslavo y su áspero idiolecto enunció el principio tautológico que mejor resume la esencia del fútbol. Sólo el fútbol se define a sí mismo, nadie puede precisar su entidad desde fuera o, como diría nuestro Lope de Vega, sólo quien lo probó, lo sabe.
El fútbol o se vive o no es fútbol. Un partido lo juegan veintidós jugadores, pero lo viven millones de aficionados. Es mucho más que una actividad deportiva, por eso se le llama «el deporte rey»; es mucho más que un juego, un negocio, un espectáculo. Como decía el mítico entrenador del Liverpool, Bill Shankly, «el fútbol no es una cosa de vida o muerte: es mucho más que eso».
El fútbol no se define, se vive. Como la vida, no tiene guion. Se puede retransmitir, narrar, pero no se puede hacer una película sobre él. No hay montaje ni tomas falsas. Un partido no se rueda, sino que se juega. Una jugada puede quedar invalidada por fuera de juego o falta previa, pero no se puede cortar una escena por orden del director y volverla a rodar. Aquí no hay director ni guionista.
Como la vida, el fútbol no tiene guion. Podemos planear la temporada, diseñar la mejor táctica, saltar al terreno de juego con las ideas muy claras y con muchas jugadas ensayadas, pero, a pesar de todo, el partido, como el día a día, es imprevisible. No sabemos cómo va a reaccionar el adversario, cómo va a defenderse, si jugará al contraataque o deberemos armarnos en la retaguardia (por este lenguaje bélico Francisco Umbral definía el deporte como «una estilización de la guerra»); ignoramos también si la jugada estratégica podrá llevarse a cabo, si tendremos suerte cara a la portería o si será el día del portero rival.
Aristóteles definió el arte como mímesis de la naturaleza. Yo creo que el fútbol imita a la vida misma. Es más, todo deporte en general es una mímesis de la vida. Por eso, el fútbol es también un arte y de él podemos aprender a vivir. «Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol», escribió Albert Camus, quien en su juventud jugó de portero. El guion en el fútbol, como en nuestra propia existencia, se escribe al final: es lo que se llama historia. Nadie compra una entrada para ver un partido amañado, como nadie quiere vivir una vida sin riesgo y sin posibilidad de elección. Para Antonio Gramsci el fútbol era «el reino de la libertad humana ejercida al aire libre».
El recientemente desparecido sociólogo francés Edgar Morin decía que «el fútbol es poesía colectiva»; un poema épico que, como tal, representa también las tragedias humanas; sobre todo, la más esencial, la tragedia ontológica fundamental de enfrentarnos con la nada.
Eso ocurre en una final. En un solo encuentro se juega el todo por el todo, es decir, el todo o nada. Perder en una eliminatoria significa la muerte súbita, quedarse fuera, volver a la nada. En campo neutral, en igualdad de condiciones, los dos equipos que han conseguido llegar a la final, disputan un partido a vida o muerte. Sólo vale la victoria: ella lo justifica todo. Perder no sirve, es la gran decepción, porque entre la gloria y la nada no hay término medio. El título de subcampeón es un epitafio escrito con tiza.
Por eso, una final se parece a esas «situaciones límite» de que hablaba Karl Jaspers inherentes a la existencia humana, como el sufrimiento, la culpa, el azar, la enfermedad o la muerte. En ellas se pone de manifiesto la posibilidad de la nada y emerge la libertad en su sentido más profundo. Enfrentarse a esas situaciones genera angustia. La posibilidad de la nada, ya lo decía Sören Kierkegaard, nos angustia porque nos pone cara a cara con el no–ser del que procedemos. Ese estado angustioso nos sitúa ante el abismo ontológico de lo que somos y pone en marcha nuestra capacidad de elección.
En una final en la que nuestro equipo está implicado se pone de manifiesto nuestra propia finitud. La posibilidad de una jugada que ponga punto y final tiene el regusto macabro de un duelo a vida o muerte. Como dice Séneca, «no hay nada más amargo que una larga incertidumbre». La posibilidad del final del partido, cuando se está perdiendo, nos acongoja; cuando se está ganando, nos estremece; pero cuando se espera un gol que ponga punto y final, nos angustia al máximo, porque se abre ante nosotros la posibilidad del todo o nada. Por eso, Kierkegaard compara la angustia (o la posibilidad del final del encuentro) con el vértigo, con esa sensación que experimenta quien mira al fondo de un abismo. Algo que no puede experimentar quien no sigue con pasión el deporte rey.
Tampoco es capaz el que no ama el fútbol de advertir la esencia cabal del tiempo, su indiferencia le lleva a desaprovechar la ocasión de comprobar que un instante es un «átomo de eternidad», que hay momentos en nuestra vida que superan lo temporal y que en cierto modo nos sacan de nuestra fugaz existencia cotidiana. Y esos «momentos» nos vienen a demostrar que somos seres espirituales, es decir, capaces de angustiarnos, porque, ya lo decía el pensador danés: «El hombre no podría angustiarse si fuese una bestia o un ángel. Pero es una síntesis, y por eso puede hacerlo. Es más, cuanto más perfecto sea el hombre mayor será la profundidad de su angustia».
El ser humano necesita probarse a sí mismo, acreditar que es capaz tanto de la eternidad como de la nada. Y todo eso nos lo enseña el fútbol. Quien no ha sentido angustia alguna vez, no es humano. Saborearla es mucho más que sentir miedo, es más que sentir dolor, es más que sentir vacío; sentir angustia nos hace sentirnos a nosotros mismos en nuestra esencial constitución ontológica, metafísicamente frágiles, seres limitados capaces de alcanzarlo todo o de volver irremisiblemente a la nada. Y esto, con las debidas distancias, es lo que ocurre en una final.
Carlos Goñi es filósofo y escritor
