Cultura y Artes

María José Solano: Una casa en Chamberí

Mientras los reporteros aguardaban una frase que quizá mañana nadie recuerde, a pocos pasos dormía uno de los lugares más extraordinarios: la casa que Sorolla imaginó antes de existir

Fachada del ático en el barrio de Chamberí adquirido por la Comunidad de Madrid

                      Fachada del ático en el barrio de Chamberí adquirido por la Comunidad de Madrid. (EP)

 

Desde que estalló la polémica del llamado familiarmente ático de Ayuso’, un pequeño destacamento de periodistas monta guardia en el portal. El otro día pasé por delante. Conté siete mujeres jóvenes, preparadas para salir en directo dentro de cinco minutos o dentro de cinco horas, y otros tantos cámaras. Todos consultando el móvil; quemando las horas de espera. Y entonces caí en la cuenta de que en la finca vecina se levanta la casa de Joaquín Sorolla. Pocas veces una acera había resumido tan bien el oficio: el ruido de lo inmediato a un lado y al otro, el silencio de lo permanente.

Mientras los reporteros aguardaban una frase que quizá mañana nadie recuerde, a pocos pasos dormía uno de los lugares más extraordinarios que ha producido la cultura europea: la casa que Sorolla imaginó antes de existir; un cuadro construido con ladrillos.

Sorolla compró el solar en 1905, tras su éxito americano y Repullés firmó los planos, aunque el verdadero autor fue el pintor. Organizó la vivienda alrededor del estudio, subordinándolo todo a esa materia invisible que perseguía desde niño: la luz. El sol era el verdadero arquitecto de la casa y su familia, el objetivo último. Por eso diseñó los estudios comunicados con las habitaciones familiares, para poder pasar del caballete al comedor sin dejar de oír las voces de los niños, de su esposa, del hogar.

Hasta el jardín era un estudio. Trajo cerámicas, fuentes y azulejos inspirados en el Alcázar de Sevilla y la Alhambra sólo para pintar cómo el agua y las hojas cambiaban de color a las nueve de la mañana o las cuatro de la tarde. Aquí también comenzó a intuir la oscuridad tras el derrame cerebral que le apartaría definitivamente de los pinceles.

Después, su viuda Clotilde realizó, en nombre de los dos, la última gran obra: donó la casa completa al Estado, con el fin de que el visitante del futuro pudiera entrar y sentir que el pintor acababa de levantarse un momento del caballete. Volví la cabeza para observar una vez más a los jóvenes reporteros agrupados en el portal de al lado, esperando pacientes alguna declaración política, y pensé que hay quienes todavía creemos que la actualidad consiste en mirar hacia la puerta equivocada.

 

 

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