
Mi interés por el fútbol se debió en parte a mi admirado Patxo Unzueta (1945-2022). Ya entonces pensé que la pasión por el balompié era una de las pocas muestras de virilidad que podían demostrar los intelectuales. En el verano de 1994, yo tenía ocho años y apenas podía dar diez o doce toques seguidos al balón. El entonces casi cincuentón Patxo Unzueta, en el portal de mi casa, era capaz de dar más de cien. Yo le miraba asombrado. No daba crédito. Fue Patxo quien me llevó en dos ocasiones al palco del estadio de San Mamés. Mi recuerdo más nítido de la primera vez que estuve allí no tiene desperdicio. Fui a pedir una Coca-Cola a la barra del bar. Entonces se me acercó un señor mayor. Era gordo, calvo y, con un puro entre los labios, me dijo: «Ya te puedes poner a jugar». «¿Yo?», le dije asombrado. «¡A ver si vamos a tener que fichar negros!», me contestó.
Patxo nunca se perdía un partido del Athletic, igual que sus amigos Santi Segurola y Manu Leguineche. Sabía que Patxo era un periodista importante de El País y que había sido antifranquista, pero creo que para Patxo el fútbol era más importante que la política. De hecho, había escrito un libro del que aún conservo la edición antigua —dedicada por el propio Patxo— con prólogo del productor de cine Elías Querejeta. Ese libro (que los mayores recordarán) se titulaba A mí el pelotón.
El título hace referencia a una anécdota real que Patxo recogía en el libro. Tuvo que ser precisamente un bilbaíno el primer capitán de la selección española de fútbol. Se llamaba José María Belaustegigoitia Landaluce. Corría el año 1920. Los Juegos Olímpicos se celebraban en Amberes. El bilbaíno Belauste —también apodado Camioncito— apelaba a su compañero Sabino Bilbao Líbano (también vizcaíno) en estos términos. Así lo explicaba Unzueta en el libro: «’A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo’, fue el santo y seña lanzado por Belauste para anunciar el gol que se disponía a marcar a los suecos en el tercer partido disputado por la selección española». Y así fue: Belauste remató de cabeza consiguiendo la plata para España. El ilustre bilbaíno era católico y nacionalista vasco, pero no tuvo reparo en llevar la camiseta de España.
Gente como Patxo Unzueta y el también periodista Ander Landaburu me hicieron pensar que el fútbol era un deporte digno que debía basarse siempre en el juego limpio, el respeto a las reglas y no quejarse jamás. Debido a la influencia de Patxo, me convertí inexorablemente en seguidor del Athletic Club y de la selección española de fútbol. Aquí comenzaron los problemas.
Mi abuela paterna, Ana Mari, se mostraba horrorizada al escucharme decir que quería que me compraran la camiseta de la selección. «No me hagas daño, hijatxu», decía. Tanto es así que todas las Navidades me llamaba por teléfono para informarme de que en la televisión pública vasca retransmitían el partido anual de la selección de Euskadi. Ante tal conflicto interno, tuve que preguntarle a mi madre si era compatible ser seguidor del Athletic y de la selección (que ahora llaman la Roja). Mi madre me dijo que podía seguir a quien quisiera, pero la idea de que su hijo fuera por la calle con la camiseta de la selección española le preocupaba seriamente. Por eso trató de convencerme para que solo llevara esa camiseta dentro de casa. No le hice caso (para variar).
«La única vez que el estadio San Mamés aprobó un minuto de silencio en memoria de un asesinado por ETA fue en 2008»
El único niño que llevaba la camiseta de la selección española de fútbol en 1994 en Vizcaya era yo. No recuerdo ninguno más. Todas las semanas acudía al polideportivo de Derio con mis compañeros del Colegio Francés de Bilbao. Nadie llevaba esa camiseta. Nadie. Recuerdo la extrañeza de los adultos, pero me impactaban más las pintadas en las que se amenazaba de muerte a periodistas. Patxo iba acompañado de escoltas. Estaba amenazado.
En 1998, con motivo del centenario del Athletic, se celebraron en Bilbao algunos actos deportivos. De pronto vi a Telmo Zarra y a Bert Williams charlando en una terraza de Indautxu. Eran fiestas de Bilbao. No sé cómo me atreví a saludarles. Zarra y Williams me firmaron un autógrafo cada uno. Creo que a Zarra le sorprendió que un niño le reconociera. Allí estuve con ellos charlando unos minutos. El 2 de julio de 1950, Zarra había marcado un gol a Williams en el estadio Maracaná de Brasil. La jugada quedó inmortalizada por la narración de Matías Prats. Este gol permitió a España clasificarse para la fase final del mundial. Me emocionó ver la amistad entre Zarra y Williams casi medio siglo después. Supongo que el fútbol de esa época estaba impregnado de otros valores ajenos a la vulgaridad del dinero. De hecho, Zarra, Panizo y Gaínza son los protagonistas de A mí el pelotón.
Sea como fuere, poco a poco fui perdiendo el interés por el fútbol y me obsesioné con el cine. No volví nunca a San Mamés. No volví a ver partidos de fútbol y el ambiente me generaba rechazo por motivos obvios. La única vez que el estadio San Mamés aprobó un minuto de silencio en memoria de un asesinado por ETA fue en 2008. El exconcejal socialista Isaías Carrasco había sido asesinado a tiros en Mondragón. Era seguidor del Athletic Club. Lamentablemente, ese minuto de silencio apenas duró unos segundos. Los pitidos y los berridos de los ultras abertzales avergonzaron a todas las personas de bien.
En una entrevista publicada en 2013, el futbolista argentino Lionel Messi reconocía haber leído un libro en su vida. Se trataba de una biografía de Diego Armando Maradona. Por lo visto, habría empezado a leer otros libros, pero nunca los acabó. Desde hace años a mí me ocurre lo mismo con los partidos de fútbol. He empezado a ver algunos, pero nunca los termino. En esta ocasión hice una excepción y vi la final del mundial. En Bilbao tiene cierto morbo animar a la Roja. Y he de decir que —sin ser yo un apasionado y sin tener ninguna simpatía por los ambientes futbolísticos— celebré la victoria de España. Mi sorpresa fue mayúscula al ver desde la ventana chavales jóvenes con la camiseta de la selección. No es habitual ver eso en Vizcaya en 2026. O no lo era.
«En el País Vasco los ultras no solo están en los campos de fútbol y en las calles. También están en las instituciones»
En todas partes los equipos de fútbol tienen sus propios ultras. En los estadios es habitual ver simbología fascista, cánticos racistas y homófobos. Los microcéfalos de todo el mundo no pueden ceder a la tentación del supremacismo. Su pueblo es el elegido y los demás son inferiores. En todas partes hay gentuza xenófoba, pero en el País Vasco los ultras no solo están en los campos de fútbol y en las calles. También están en las instituciones.
Estos días me preguntaba cómo es posible que, una generación después, el odio siga tan vivo. Paso los veranos en Vizcaya y no recordaba haber visto nunca a nadie con la camiseta de la selección española. Según parece, esto está cambiando, pues el escarmiento del terrorismo empieza a quedar atrás y los jóvenes no tienen memoria del terror vivido. O eso queremos creer.
La víspera de la final, un hombre fue insultado y agredido por cinco menores en el paseo de la Concha de San Sebastián, causándole diversas lesiones. Las agresiones han continuado. En la Gran Vía de Bilbao, un menor fue agredido por cinco jóvenes por llevar una bandera de España. En las imágenes puede verse cómo le dan una patada en la cabeza. También en Bilbao un grupo de abertzales que acosaban a familias con niños por vestir camisetas de España llegó a perseguir a una de ellas hasta el mismo portal de su casa. Un periodista grabó los hechos y los agresores acudieron a extorsionarle. Le obligaron a borrar el vídeo, le escupieron, le golpearon el móvil y le amenazaron con reventárselo si no obedecía. La noticia, por cierto, ni siquiera va firmada. También en Bilbao unos abertzales han agredido a un joven de 16 años, no sin antes amenazarle: «Tres tiros os había dado hace diez años».
El odio está tan presente que ver a jóvenes con camisetas de la selección española me sigue produciendo extrañeza. Supongo que esos chavales llevan esas camisetas porque no conocen la historia reciente. Otra noticia ha aparecido en El Correo: «Monitores de un udaleku reprenden a una niña de 9 años por pintar una bandera española». Al parecer, un padre lleva al ararteko (defensor del pueblo) el caso de su hija, que quería animar a la selección durante un campamento de la Diputación de Gipuzkoa. El «comunicador» abertzale Lander Iruin se congratula de que en la cuadrilla de Oyarzabal no hay «ni un trapo español, ni colores, ni camisetas. Algo es algo». Hay un tuit de Egoitz Askasibar que resume perfectamente el pensamiento abertzale: «La aniquilación de la identidad nacional vasca pasa por normalizar la selección española. Y para normalizar la selección española necesitan que se desconozcan los motivos por los que la Euskal Selekzioa está vetada». Es asombrosa la naturalidad con la que expresan su xenofobia.
Patxo Unzueta era el mayor experto en el Athletic de Bilbao. Vivió durante décadas escoltado y amenazado. Murió hace cuatro años ante la indiferencia de las instituciones de la villa. El fútbol no debería ser más que un juego en equipo, un lugar donde fomentar el compañerismo y el respeto, una excusa para pasar el rato con la familia y los amigos. Nada más (y nada menos). Sin embargo, siempre habrá supremacistas dispuestos a desatar la xenofobia e imponer un delirio identitario. A los gobernantes solo les pido que hagan cumplir la ley, que los agresores cumplan sus penas y que nos dejen vivir en libertad.