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Karina Sainz Borgo: Esconder a las víctimas bajo la alfombra

La ceremonia del 16 de julio fue fría y distante. En lugar de homenajearlos, parecía que querían esconder a las víctimas bajo la alfombra

No sabemos cuántos han muerto, ni siquiera estamos seguros de cuántos más lo harán. En esas circunstancias cualquier acto se convierte en un trámite o, cuando mucho, en un ejercicio retórico falto de compasión y sentimiento. Así fue el homenaje a las víctimas de la covid-19 del 16 de julio: un gesto vano.

Celebrado a puerta cerrada y de espaldas a la ciudadanía, el acto fue frío y distante. La sobriedad se confundió con la indolencia y el fuego encendido, en lugar de la memoria de los muertos, remitía a la idea de lo que se consume sin derecho a la purificación ni la catarsis. Justamente por su laicidad y austeridad, la ceremonia estaba llamada a propiciar el sentimiento de reunión, pero se diluyó en la fugacidad e incluso la intrascendencia, representada en la mascarilla de tiburones de Fernando Simón.

Todo en ese acto remitía a la soledad y el desamparo, a la incomparecencia y el silencio del que fue objeto España durante los más de tres meses que duró el estado de alarma. En algún momento del acto, dio la impresión de que lo importante era despachar el mal trago y saludar rápido la memoria de los fallecidos, como si en lugar de homenajearlos, alguien hubiese querido esconderlos rápido bajo la alfombra. Doblemente invisibilizados, por la muerte y el silencio, las víctimas parecían sombras, una montaña de ausentes a las que nadie pidió perdón.

No están solos en su dolor”. Tiene razón el rey Felipe VI. No están solos: están abandonados, apeados de su propio duelo

«No están solos en su dolor”. Tiene razón el rey Felipe VI. No están solos: están abandonados, apeados de su propio duelo y expulsados de su derecho a llorar. Ya ni siquiera les queda la ira, porque no hay contra quién blandirla. Muchos no gozan ni siquiera de la certeza sobre si las cenizas que llegaron a sus manos pertenecen realmente a los suyos. Cuando un país ha vivido algo como el Palacio del Hielo, significan poco esas palabras con las que el monarca podría haber inaugurado un puente.

Hernando Fernández Calleja, hermano del periodista José María Calleja, fallecido el pasado abril por la enfermedad, al estrujar su pena, consiguió la emoción de la evocación, al mismo tiempo que aparcó el anonimato de las víctimas a quienes debía dar voz. Comenzar su discurso evocando una nómina de ilustres produjo todo lo contrario y arrojó más paladas de silencio sobre la memoria de muertos de los que nunca sabremos, ni siquiera, su cantidad exacta. Las palabras de Aroa López, enfermera del hospital Vall d’Hebron de Barcelona, volvieron a situarnos ante las imágenes de médicos y sanitarios confeccionando sus batas con bolsas de basura. No estamos tan lejos de aquellos días.

A las más de 28.400 personas que han muerto las cubre otra tela aún más pesada que la mortaja de la covid-19. A ellos los sepulta un paño grueso de silencio que los cubre hasta hacerlos invisibles y los somete a la doble muerte de no tener ni siquiera un recuerdo. Y lo que es peor, a sus familiares los aboca a un duelo aún más severo. Como en el poema de Octavio Paz leído por Sacristán, todos juntos, los vivos y los muertos, desembocaron desvanecidos en el silencio.

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