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La llamada de los clásicos

 

El arte del gobierno. Confucio, Nizam y Maquiavelo, de Ugo Pipitone, es una obra formidable que aborda problemas neurálgicos del acontecer global: el impacto de la degradación ambiental; la polarización y la desigualdad crecientes en sociedades avanzadas; el persistente atraso socioeconómico en el resto del orbe; la agudización de conflictos generacionales, acelerados por la revolución tecnológica y las mutaciones en el mundo del trabajo; la creciente falta de legitimidad y resultados, a los ojos de millones de ciudadanos, de la democracia liberal. Alerta sobre el avance, derivado de todo lo anterior, del populismo y el autoritarismo dentro y fuera de Occidente. En un sentido amplio, Pipitone (Piamonte, Italia, 1946) nos revela que “hemos llegado a la situación en que la supervivencia de la especie y de los sistemas democráticos requiere la introducción de un componente de responsabilidad intergeneracional que, de no venir de los comportamientos económicos espontáneos, no puede venir sino de la política y, paralelamente, de la maduración cultural de sociedades crecientemente conscientes de que los vivos deben dejar de considerarse propietarios de la Tierra, para asumir la tarea de custodios, encargados de conservarla para las generaciones sucesivas”. En esta pieza magistral de erudición y compromiso democráticos, el repaso del legado de los pensadores clásicos los convierte en una tropa de refuerzo para las batallas por nuestra sobrevivencia colectiva.

El investigador ubica lo que llama el “arte del gobierno” dentro de las necesidades funcionales de las diversas y crecientemente complejas comunidades humanas, las cuales necesitan un sistema de normas, principios e instituciones para regular las pasiones, conflictos, intereses e identidades que las conforman. Las instancias de gobernanza nacional y social representan su realización de mayor escala y formato, y la política, su esfera de acción y pensamiento. Desde esa lectura, el autor reconoce la valía del pragmatismo político, al que concibe no como una mera falta de fines siempre proclive al relativismo moral o ideológico, sino como la posibilidad y la habilidad para combinar respuestas nacidas de la observación de diferentes experiencias globales y cuyo propósito es superar los problemas antes mencionados. Pipitone parece apostar por la construcción no despótica de comunidades políticas capaces de conciliar la eficacia de la acción pública y los derechos de ciudadanía, en el marco de una democracia agonística que evade los extremos de la autocracia estatista y la anarquía comunitarista.

En esa búsqueda, el libro repasa diferentes pensadores, realidades y visiones, con una sólida lista de referencias clásicas y contemporáneas. Identifica en Confucio (551 a. C.-479 a. C.) la lógica detrás de una milenaria civilización –con el poder como fuente de acceso a riqueza– de decurso ininterrumpido, donde la moralidad y benevolencia protectora, encarnadas en el máximo gobernante, van ligadas a la meritocracia como mecanismo de formación del funcionariado y al rol de la educación como vehículo de perfeccionamiento personal y de movilidad social. La propuesta es conservadora, dentro del orden jerárquico, pero tiene la ventaja de provenir de una civilización carente de una religión trascendental que articule su orden y progreso. Ello ha permitido hoy día que países de Asia con una marcada huella confuciana puedan superar en pocas deudas el legado de atraso –baja productividad, escasa innovación, pobreza extendida, mal desempeño institucional– acumulado por generaciones.1

Sin embargo, reconoce el autor, el estatismo reaccionario y el despotismo solipsista no son la única lectura posible del confucianismo, si entendemos este como un sistema de valores y una pauta de comportamiento asentados sobre cierta homogeneidad étnico-cultural, el espíritu comunitario y la deferencia a la autoridad. El énfasis en la protección gubernamental de los más desfavorecidos, el encomio a la denuncia de la corrupción por parte de los funcionarios probos y, in extremis, el derecho a la rebelión popular frente a un gobernante opresor e incapaz, apuntan a otro legado presente en la obra del pensador chino. Pipitone destaca, en sintonía con su trabajo anterior, que la tradición del confucianismo democrático es compatible con una cultura constitucional e instituciones liberales, capaces de acomodar la participación pluralista de ciudadanos, como son los casos de Taiwán, Corea del Sur o Japón. Hasta hace un par de años, este estatus era vigente también en Hong Kong.

Particularmente recomendable para el lector latinoamericano –dada la ignorancia sobre la realidad político-intelectual china y las repetidas apologías al uso en la academia regional2 resulta la crítica de Pipitone a los mantras del filósofo político, residente en China, Daniel A. Bell. Nuestro autor exhibe las falencias empíricas (el peso del liderazgo comunista en la promoción de cuadros, el rol inapelable del Partido Comunista, la recentralización y personalización del poder) y las carencias normativas (la ausencia de debates, rendición de cuentas y participación libre como condición de cualquier democracia) del modelo mixto de democracia y meritocracia que propone Bell. Pipitone expone con claridad meridiana, sin estridencias, la mezcla de apología política, deformación histórica y manipulación teórica presentes en la obra del pensador canadiense.

El libro viaja también al Medio Oriente, donde Pipitone encuentra en Nizam al Mulk (aprox. 1018-1092) un pensador que defiende la centralidad de una religión guerrera y desempeña el rol de guía de la acción política y la moral privada. Todo ello a partir de un poder unipersonal que opera, en simultáneo, como guardián de la fe y moderador de la corrupción de los poderosos. Hombre de Estado, Nizam aprovecharía el legado imperial persa para erigir sobre este entramado, con auxilio del entonces joven islam, un nuevo tipo de poder espiritual y político. Con relativa semejanza al de Confucio, este modelo ofrece un tipo ideal de soberano defensor de los pobres, enemigo de la corrupción y promotor de la virtud. En este caso, una virtud conducida por la fe.

Con un tono más crítico, el autor identifica cierta incapacidad de la cultura y la civilización construidas alrededor del islam para erigir una modernidad propia, capaz de avanzar en materia de derechos e instituciones sin sucumbir al poder de la religión –en su triple condición de fuerza social, legal y moral– o de autoritarismos seculares aliados o enfrentados a aquella. Dicha situación deja a las sociedades musulmanas oscilando entre el despotismo modernizador, con apoyo o no de los clérigos, y la asunción al poder de estos, lo que podría adoptar la forma de una dictadura teocrática o de un sistema de gobierno híbrido –parecido al Irán actual–, inaplicable en otras partes del mundo y menos proclive a la modernización que sus pares confucianos. Expresado lo anterior, el espíritu autocrítico de Pipitone no desconoce las rebeldías y disidencias nacidas periódicamente en las poblaciones que viven bajo esos órdenes –como fue la llamada Primavera Árabe o las regulares protestas en Irán– ni tampoco oculta el efecto que la colonización europea pudo tener para frustrar alguna potencial modernización alternativa dentro del universo islámico.

El arte del gobierno termina su recorrido en la Florencia –y proto Italia– de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), quien aparece en todo su esplendor como defensor de un orden republicano y de una estatalidad premoderna, capaces de acomodar la libertad individual, el compromiso cívico y la contención del conflicto socioestatal, dentro y fuera de los muros de la ciudad renacentista. En este repaso de su vida y obra, Pipitone reconoce la capacidad de Maquiavelo para ponderar el rol simultáneo que desempeña tanto la libertad civil –incluida la protesta popular– como la eficacia gubernamental en la maduración de cualquier sistema político moderno; lejos de las absolutizaciones ligadas a (y derivadas de) las posteriores visiones de Hobbes y Rousseau. Sobre esta misma idea, Pipitone recupera una idea de Discursos sobre la primera década de Tito Livio que reza: “En toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos […] los deseos de los pueblos libres raras veces son dañosos a la libertad, porque nacen, o de sentirse oprimidos, o de sospechar que pueden llegar a estarlo.”

Si bien El arte del gobierno identifica problemas, recupera legados y sugiere agendas, se abstiene de desglosar estas últimas con precisión. Una tarea de ese talante ameritaría el concurso, colectivo y aplicado, de un consorcio de expertos en políticas públicas o el programa de un partido con vocación de poder. El libro reconoce, eso sí, la posibilidad de compaginar, de manera selectiva, aportes de distintas tradiciones políticas –en particular la maquiavélica occidental y la confuciana, en su variante democrática– para responder a los retos del presente. Consciente de que el dogma neoliberal fracasó –porque hemos constatado que una mayor eficiencia a nivel micro no produce, por sí sola y a largo plazo y escala, mayor inclusión y paz social–, Pipitone ve un papel renovado para ciertos políticos como planificadores reformistas de agendas futuras.

En la misma senda de autores como Norberto Bobbio –a quien cita–, Amartya Sen y Martin Wolf, Pipitone propone salvar la democracia sin renunciar al capitalismo: reformando ambos. Para ello, defiende la necesidad de repensar el papel y la forma de un Estado de bienestar dentro de esta era de globalización acelerada y cambio en los patrones demográficos, productivos y consumistas. Insiste, en varios momentos del libro, en la valía de transformar el liberalismo, tornándolo sensible –en ideas y hechos– a los intereses de las nuevas generaciones y capaz de maridar la defensa de la libertad individual con una revitalización del sentido comunitario. Todo ello sin reeditar utopías arcaicas en sus variantes comunitaristas y populistas.

Subraya el autor –y con él coincidiremos seguramente no pocos lectores– la importancia de reconocer, ponderar, asumir y defender el legado que nos define. Pipitone es enfático cuando señala que comparar los universos confuciano, islámico y occidental no puede (ni debe) realizarse en un plano de igualdad, donde a cada uno se le asigne un mismo peso específico. “El Occidente desarrollado –asegura– es el espacio político y cultural en que la humanidad ha ido más lejos en los terrenos del bienestar, la democracia y el reconocimiento de los derechos de las personas. Y es desde ahí de donde tiene que partir la disponibilidad de aprender lo que haya que aprender de otros universos culturales. Occidente es, en ese sentido, el término y la razón de una reflexión comparativa. El debido respeto a cada cultura no significa desconocer sus alcances históricos y sus distintos desempeños en el reconocimiento de los derechos de colectividades internamente diferenciadas, así como de los individuos que las conforman.”

Quienes habitamos Occidente –incluida la Latinoamérica fundada en las premisas culturales occidentales, con los ricos ingredientes del mestizaje y la periferia– tenemos el reto de construir modos de gobernanza que acomoden un mejor equilibrio entre libertad individual y justicia social. Ello sin recrear un espíritu comunitario de moralidad o religión administradas por el Estado, al servicio de los poderosos. Si logramos combinar compromiso democrático, eficacia económica, conservación ambiental y reducción de la polarización social, con ayuda del legado de los clásicos y movilizando nuestras mejores reservas de creatividad y cohesión, el reto identificado en este libro tendrá una respuesta a la altura de la época. ~

 

  1. Véase, del propio Pipitone, La salida del atraso. Un estudio histórico comparativo, Ciudad de México, FCE/CIDE, 2020. ↩︎
  2. He abordado recientemente este punto en “Intelectuales, debate y pluralismo en la China actual: un comentario a ‘Ma Wukong’”, revista Asia/AméricaLatina, vol. 8, núm. 15, Buenos Aires, Grupo de Estudios sobre Asia y América Latina/Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe/Universidad de Buenos Aires, 2023. ↩︎

 

 

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