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Las pasiones de Luisa Josefina Hernández

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Luisa Josefina Hernández

 

Dos novelas, acaso las más conocidas de la veintena que ha escrito, ‘Nostalgia de Troya’ (1970) y ‘Apocalipsis non figuris’ (1982), son el hilo conductor de esta semblanza crítica sobre la obra y la personalidad de una autora imprescindible en la literatura mexicana de nuestros días: Luisa Josefina Hernández (CDMX, 1928), también dramaturga, traductora y ensayista.

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“La escritora más importante desde sor Juana”, llegó a nombrársele a Luisa Josefina Hernández, nacida en Ciudad de México el 2 de noviembre de 1928. Destacada en cada género abordado (dramaturgia, novela y ensayo, en ese orden), es, sin duda, la más prolífica autora mexicana de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Aunque más reconocida por su dramaturgia, que la coloca en el rango de figuras como Emilio Carballido y Sergio Magaña, sus más grandes amigos, llegó a escribir dieciséis novelas al hilo, entre 1959 y 1989, haciéndose espacio entre múltiples actividades teatrales, académicas y, sobre todo, domésticas. Pupila de Rodolfo Usigli, impartió cátedra de composición dramática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ganó los premios Magda Donato en 1971 por Nostalgia de Troya, el Xavier Villaurrutia en 1982 por Apocalipsis com figuris y el Premio Nacional de las Artes en 2002. Aunque ha sido objeto de diversos homenajes, muy particularmente por parte de la institución a la que se consagró en vida y obra (la UNAM), siempre ha mostrado una dignidad inquebrantable, cercana a la majestuosidad del que nada espera. La crítica teatral y dramaturga Olga Harmony (1928-2018), su amiga y condiscípula en la Facultad de Filosofía y Letras en la década de los años cuarenta, la recuerda como una joven sofisticada que despertaba curiosidad y morbo por su calidad de precoz divorciada, madre de una niña de tres años y empedernida fumadora. “Yo sabía del romance de Luisa con [Jorge] Ibargüengoitia, pero ella confiaba que estaba enamorada de [Emilio] Carballido, aunque con él no podía hacer nada porque era homosexual […] se casó primero con un señor De la Cruz, que creo daba clases en preparatoria pero pertenecía a ese grupito en el que estaban Chayo [Rosario] Castellanos, Emilio y Sergio [Magaña].” No obstante la aseveración, no sólo por parte de Olga sino de muchos más acerca de un noviazgo entre Luisa Josefina e Ibargüengoitia (1928-1983), quien a su vez alentó dicho rumor a través de relatos que la tenían como clara protagonista, la autora niega rotundamente cualquier vínculo romántico con el malogrado autor de Estas ruinas que ves. No conserva gratos recuerdos de él, si nos atenemos a lo declarado en sus Memorias, escritas a cuatro manos con su nieto, el también dramaturgo David Gaitán, donde, asimismo, evita hablar de su segundo esposo y abuelo de David, el filósofo de origen italiano Alejandro Rossi (1934-2009).

Después de Mercedes, Luisa Josefina tuvo tres hijos más y en ningún momento abandonó sus actividades académicas, literarias y teatrales, en un medio donde abundan escritoras silenciadas a consecuencia del matrimonio y la maternidad. Se dio tiempo, incluso, de cursar un doctorado en iconografía cristiana y hasta de viajar. En uno de esos viajes, durante la presentación de un montaje de La ópera de los tres centavos de Brecht en Nueva York, fue privilegiada testigo de las conmovidas lágrimas de un gran duro de Hollywood, Marlon Brando, irradiando apostura desde el tercer piso del teatro.

Dueña de sus secretos

Ricas y variadas anécdotas nos la pintan de cuerpo entero como mujer fuerte y apasionada de su trabajo y de la vida, pero a fin de cuentas nos resulta inasible, enigmática, absoluta dueña de sus secretos. Si bien se ha manifestado sumamente crítica con la visión del feminismo en su país, afirmaría que ninguna autora mexicana de su generación es más feminista, o, mejor, con una percepción tan afinada de lo que el verdadero feminismo es, como ella misma manifiesta ante Miguel Ángel Quemain: “Muchas estudiosas tienen un punto de vista totalmente reducido a las mujeres, no pueden ver nada más, ni hombres ni niños ni ancianos, nada, sólo las dichosas mujeres.” Reconoce sin embargo haber sido objeto de críticas majaderas y machistas como las de su colega dramaturgo Rafael Solana, cuya obra es muy inferior a la de ella en todo sentido. Para esta autora, la máxima transgresión consistía en levantar una Babel monumental en medio de sus labores domésticas, robándole horas a la madrugada, escribiendo sin tregua de las 5 a las 7 de la mañana.

La dramaturga que escribía novelas

La abundante novelística de Luisa Josefina vuelve cuando menos ardua la tarea de decidir cuál es su obra maestra, o su novela mejor lograda. Sus obras más premiadas y comentadas, sin embargo, son la insólita Apocalipsis non figuris (1982) y, anterior a ésta, Nostalgia de Troya (1970), que, junto con el resto de su narrativa, sólo tienen en común esa exhaustiva indagación en la psique de los personajes. Por lo demás, ambos títulos resultan un perfecto botón de muestra de cuán amplios son los registros y horizontes de esta autora que, sin resuello, pasa de lo fantástico a lo realista.

Contrario a lo que pudiera pensarse, sin embargo, es la primera de las novelas mencionadas la que deja entrever un talante crítico, acaso metafórico, respecto a ciertos aspectos de la sociedad mexicana. Recurre a un arquetipo que nos es a un tiempo familiar y paradigmático: el peregrino; ese individuo, casi siempre del sexo femenino, que vive entregado a agradecer y solicitar milagros a cambio de sacrificios usualmente desmesurados –¿desesperados?– como andar enormes distancias entre penurias y privaciones. La Peregrina, protagonista de Apocalipsis cum figuris, se erige en esa figura oscura y patética a la que la autora dota de ese donaire y altivez que inevitablemente siembra inquietud en el lector, pues esta mujer malnutrida y ataviada de negro reproduce verbalmente, con sospechosa mecanicidad, lo que uno esperaría escuchar en labios de uno de estos fanáticos religiosos, al tiempo que con su actitud borra, imperceptiblemente, lo que predica en el trayecto. Trayecto que no se deja sentir: estos peregrinos son extraordinariamente rígidos. Permanecen a la espera de que las cosas sucedan, sometidos, eso sí, a los caprichos del bosque –lugar por cierto inusual para estos caminantes de naturaleza carretera–, de los árboles, de las bestias. Desde las primeras líneas se mantiene un cariz fantástico que no ofrece tregua para distinguir lo posible de lo imposible; todo ello acompañado por eventuales resonancias bíblicas que incluyen, claro está, las trompetas que anuncian el fin del mundo. De pronto, los peregrinos se han revuelto con otra clase de viajeros paradigmáticos: los cirqueros. En un escenario como éste puede ocurrir prácticamente cualquier cosa: que la Peregrina se vuelva –o resulte ser– madre de dos payasos adolescentes. Que la payasa, una jovencita muda a la que se le desdibujan de a poco las lágrimas negras hasta quedar expuesto su rostro de enormes ojos grises, sea fecundada por un unicornio, o que una manada de conejos pase por encima de los peregrinos durmientes. Todo ello desarrollado en una atmósfera inequívocamente teatral, evocativa de los coros del teatro griego, también del de Brecht, entre las más notorias influencias de esta autora.

La masculinidad reivindicada (por la feminización)

Nostalgia de Troya, a diferencia de Apocalipsis… es una novela en todo el rigor del término. La discursividad fluye poética y natural y se vale de diversos narradores para recrear, más que una historia, a un desconcertante personaje varón de nombre René que va dejando  hijos (dos en total, hasta donde se sabe), corazones rotos, adolescentes fascinadas, pero también creatividad y magia. A través de los ojos de una amiga en vías de convertirse en amante; de un amigo de su familia, de un amigo personal, de su propia madre y de él mismo, esta suerte de Ulises postmoderno se constituye ante nosotros tan autodestructivo como encantador; coloso y perdedor; romántico y cínico; artista y vagabundo. Pero el aspecto que más me atrae de René es la reelaboración de su masculinidad, la extraordinaria sensibilidad con que Luisa Josefina lo forja sin esforzarse en hacer de él un estereotipo del macho que críticos y lectores pudieran reprochar en su momento como “poco creíble” Tenemos entonces que este abandonador de mujeres e hijos dista años luz de ser otra versión ad nauseaum de Pedro Páramo, y además disfruta enormemente de cocinar para sus amigos y lavar los platos después de cenar, lo que no a pocos intriga y hasta les provoca dudar de su orientación sexual. Pareciera, por momentos, que esa cualidad doméstica, esa “feminización” por así decir, reivindica al personaje. Pero el propio René –y he ahí lo maravilloso de esta novela– este “abandonador” profesional, ignora qué es lo que quiere; hacia dónde se dirige y cuál será la siguiente parada; nunca sabremos su verdadera vocación, si fotógrafo, si libretista de televisión o novelista, o un caso único de talento polifacético. O será simplemente un soñador perseverando, incansable, por ser realista, como algunos personajes que lo rodean, enfermos de melancolía, esa forma de mórbida nostalgia.

Uno de los principales cuestionamientos e indagaciones de esta novela, como prácticamente de la totalidad de la obra de Luisa Josefina Hernández, empezando por la dramática, es el amor. Sus personajes parecen sufrir una discapacidad emocional que les impide discernir el verdadero amor de la ilusión. Nostalgia de Troya bien pudiera ser el nombre de una enfermedad postmoderna; nostalgia, palabra universal que se escribe tal cual, en varias lenguas, además de recibir otros apelativos locales que se han universalizado a través de la literatura: la búsqueda perpetua de algo que no sabemos qué es. En Apocalipsis cum figuris, donde el amor se nos manifiesta también como transitorio, ilusorio, sin dejar de ser el origen del dolor en el mundo, se lee: “El amor es una presencia concreta. Tal pareciera que las personas lo engendran, lo proyectan y lo malogran: impresión falsa, existe por derecho propio y tiene características. No se sabe si hay tantos amores como castas, pudiera haber más y también menos, imposible comprobarlo porque cada forma humana sólo tiene acceso a una presencia amorosa.”

La rebeldía agazapada

Enorme lectora y traductora de teatro clásico, desde los griegos hasta Shakespeare, Luisa Josefina Hernández presenta un refinado sentido de lo trágico, sin permitirse el desgarre de vestiduras, logrando que la fuerza de sus personajes, principalmente los femeninos, se imponga al que pareciera el Designio de los Dioses… incluso aquellos extraídos de la tragedia misma, como lo constatan sus impecables monólogos. La rebeldía es otro elemento muy presente en este universo, pero una rebeldía factible de confundirse con patetismo; disfrazada de necedad, incluso de sumisión. Un sentimiento que se mal agazapa bajo cualquier antifaz para terminar saltando como un tigre sobre su desprevenida presa. Todo esto es distintivo de la obra de esta autora tan celebrada como mal leída, que actualmente vive retirada en Cuernavaca.

 

 

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