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Limpiar el camino

Asamblea Nacional de Venezuela se posesiona con mayoría oficialista

 

“¡Es tiempo de unión! Superemos las diferencias para abrazar la Paz y el Bienestar Social. Seguimos trabajando con amor y unidad por el Futuro.” Es mensaje que, como millones de venezolanos, recibo en mi celular. La presidenta interina insiste en la misma idea constantemente y el 23 de enero anunció en lanzamiento de un Programa Nacional para la Paz y la Convivencia Democrática que incluye un “arqueo del odio” en nuestro país. Desde su reelección al frente de la Asamblea Nacional, el presidente del poder legislativo viene declarando su empeño en “paz, reconciliación y diálogo democrático”.

Como mi decisión es creerles, les tomo la palabra y procedo a contribuir. La convivencia democrática es, por naturaleza, plural. La Constitución no es perfecta, ninguna lo es, pero ofrece un buen marco para que todos podamos convivir en paz, libertad y oportunidades de progreso. Eso sí, hay que cumplirla. Una buena ley de amnistía, sin trucos ni segundas intenciones es un paso importante en la dirección hacia la efectiva vigencia de la Constitución que implica compromisos mutuos. Compromisos del poder, para empezar y como es lógico. Y compromisos por parte de quienes creemos que la manera de ejercerlo que se nos viene imponiendo es muy dañosa para el país y es la causa principal de la situación en la que hemos desembocado. Sobre esto hay diferencias, obviamente, pero asumo como verdadera la promesa de convivir por encima de nuestras diferencias.

El trámite de la Ley de Amnistía propuesta por el Ejecutivo concluyó con un texto imperfecto, pero mucho mejor que el proyecto inicial. La minoría opositora hizo su trabajo, las organizaciones de la sociedad civil también y fueron escuchadas. La mayoría parlamentaria estuvo abierta a dialogar y dominó los miedos más agresivos. Veamos cómo marcha su aplicación en la vida real, a ver si hay muestras concretas, tangibles, de la sinceridad en los compromisos proclamados.

La amnistía, positiva, necesaria, ayuda y mucho, pero dista de ser suficiente si, entre los cambios para avanzar, no se incluye la derogación de normas que son espadas de Damocles sobre toda cabeza pensante y amenazas de recaída represiva por una mentalidad que puede no renunciar a la opción autoritaria. Mejor es salir de eso por “líbranos Señor de la tentación”. La cita no ofende porque tengo entendido que en el lado de allá no faltan los creyentes.

Ahí recurro a la interesante propuesta presidencial del “arqueo del odio” que no creo que se refiera a su significado idiomático, sino más bien contable o bibliográfico, que tiene que ver con inventario. Me parece que no hay mejor lugar para comenzar que un arqueo legislativo. Liberar al país de normas odiosas que con la excusa de combatir el odio, permiten que la discrecionalidad convierta en delito opiniones y actividades amparadas por el artículo 2 constitucional que a los “valores superiores” de la legalidad y la actuación de nuestro “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” agrega “la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”.

Esas leyes, inspiradas en aquel proyecto no nato abortado en primera discusión, así sería de peligroso, de “Ley contra el fascismo, neofascismo y expresiones similares”, cuyos fantasmas aún espantan en normas como la “Ley constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia”, la “Ley Orgánica Libertador Simón Bolívar contra el Bloqueo Imperialista y por la Defensa de Venezuela” o la “Ley de Fiscalización, Regularización, Actuación y Financiamiento de las Organizaciones no Gubernamentales y Organizaciones Sociales sin Fines de Lucro”.

La estabilidad no tiene base sólida si es apertura económica con autoritarismo político más o menos tolerante, a discreción. Esa tranquilidad siempre será precaria, su escasa credibilidad la hará frágil. Recuperar la libertad de expresión del 57 y el 58 constitucionales es esencial en este “nuevo momento” que se va abriendo. Libertad para informarse e informar, opinar, pero también organizarse con fines lícitos para participar en la vida social.

Y un detalle, para nada menor. Todas las señales oficiales de aquí y de Washington indican una normalidad en las relaciones con los Estados Unidos, me parece incluso que cordial. En ese contexto ¿Qué sentido tiene mantener el Decreto de Conmoción Exterior?

Para avanzar, limpiar el camino sobre todo de obstáculos que nos empujen a retroceder.

 

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