Macky Arenas: Bitácora cubana (CXXXI)
En esta especie de vacío en que nos encontramos cubanos y venezolanos —y que ha seguido marcando la dinámica de este último mes—, destaca el empeño de Marco Rubio por afirmar su postura sobre Cuba. Durante su participación en un evento del Escudo de las Américas en el marco de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York, el pasado 22 de septiembre, dijo al presentador de Fox, Sean Hannity, que Venezuela necesita una recuperación económica tras «25 o 30 años de corrupción y sobornos», y una transición democrática. Eso resulta vago para el punto al que hemos llegado. Sobre Cuba fue enfático: el secretario de Estado afirmó que los líderes cubanos aprenderán «por las malas» si no implementan cambios políticos y económicos. Por lo pronto, EE. UU. endurece el embargo a Cuba, limita los viajes y restringe el acceso del sector privado a los bancos.
¿Cuánto de esto se mantendrá o escalará en las próximas semanas, teniendo en cuenta que se aproxima el midterm —donde no las tienen todas consigo— y que se ha generado otro escenario de expectativas con la posible entrada de Cuba en modo invasión? Una hipotética acción militar a la que, por cierto, Trump restó toda importancia tras recibir un reporte sobre los planes del ejército. El tiempo lo dirá; un tiempo que antes parecía ir contra el régimen castrista pero que, a estas alturas, semeja acortarse para la Administración Trump.
Mientras tanto, los escenarios internacionales se mueven reveladores. Por un lado, los funcionarios o representantes del régimen mantienen su discurso hostil; por el otro, las comunidades de cubanos en el exilio parecen entender que la presión es lo único que funciona. La hija del Che Guevara apareció en Bruselas desestimando, de la manera más desconsiderada, la desesperación del pueblo cubano. En el Parlamento Europeo, Aleida Guevara descartó un cambio en Cuba: «Lo único que tenemos que hacer es perfeccionar nuestro sistema», rechazando que La Habana adopte otro modelo económico para salir de la crisis. De tal palo, tal astilla: «El tristemente conocido Che se satisfacía de representar los extremos más dolorosos. Fue una creación de los enemigos de la libertad y de la dignidad humana, una falsedad de Fidel Castro y sus aliados que, por estar forjada en la mentira, se ha ido desvaneciendo, aunque, paradójicamente, siempre habrán de ser recordados por sus enemigos», escribe el periodista Pedro Corzo en su más reciente columna.
El mensaje de Aleida Guevara coincide con el que Miguel Díaz-Canel había difundido en Cuba siete días antes. En la primera emisión del programa radial Criterio Compartido, el 23 de septiembre, el gobernante respondió a quienes temen que las 176 Transformaciones aprobadas en julio por la Asamblea Nacional abran paso al capitalismo. «Estas transformaciones no son un giro al capitalismo ni son un proceso de restauración capitalista», dijo. «Son la actualización del Modelo Económico y Social nuestro en una construcción socialista que tiene que ser también innovadora en medio de la situación». Los cubanos, por su parte, se han percatado de que el exilio debe poner en movimiento más músculo manifestando, a través de las protestas en las grandes ciudades, que comparten la desesperación del pueblo en la isla por cambios prontos y perceptibles.
No obstante todo eso, la comparecencia del canciller Bruno Rodríguez en el escenario de la ONU fue elocuente, tanto en sus afirmaciones como en sus silencios. Este funcionario quiso traer al presente la retórica de los primeros años de la Revolución. Su intervención terminó mostrando algo mucho más actual y contradictorio: un Gobierno que reclama principios universales para juzgar a sus adversarios, pero evita aplicarlos a sus aliados y a sí mismo. Apeló al lugar común: loas a Fidel Castro en recuerdo de los 66 años de su intervención ante la Asamblea General y citó una de sus frases: «¡Desaparezca la filosofía del despojo y habrá desaparecido la filosofía de la guerra!». Desafortunada cita. De inmediato, surgieron las afiladas cuchillas opositoras: ¿Qué autoridad tiene el representante del Gobierno cubano para denunciar la «filosofía del despojo» sin hacerse cargo de las confiscaciones realizadas tras 1959? ¿Cómo condena «los monopolios» sin mencionar el control que el Estado ha ejercido durante décadas sobre buena parte de la economía de la isla? Otra liebre que se le fue: condenó unas agresiones, pero ni una sílaba sobre la más dramática. Omitió la invasión rusa de Ucrania, una guerra que continúa después de años y cuyo responsable es uno de los principales aliados de La Habana. Se quedan sin argumentos. El santo les dio la espalda.
El tema económico y financiero también es un punto neurálgico. EE. UU. ha enviado ayuda humanitaria, es cierto. La que llegó a Camagüey ha sido gestionada por la Iglesia católica a través de Cáritas. Igualmente, se ha recibido combustible. Pero el Norte demuestra que no llegará de todas partes. Un barco con destino a Cuba fue interceptado por la Guardia Costera. Había cargado combustible en Panamá y lo escondía en sus tanques de lastre, lo cual fue detectado. Se trata de la más reciente acción de la campaña del gobierno de Trump para cortar el suministro de petróleo al gobierno cubano. Y es el segundo buque interceptado en los últimos meses.
Lo cierto es que, si no avanzan juntos los cambios económicos y políticos, no sonará la flauta, ni para Cuba ni para los EE. UU. Resulta muy poco realista, como abordaba en su análisis un columnista, la pretensión de que, al terminar el régimen comunista, los cambios políticos precedan a los económicos. Venezuela es un ejemplo de cómo el dinero puede entrar en acción, la empresa privada prosperar y ciertos capitales foráneos entusiasmarse para invertir aun cuando permanezcan las mismas estructuras dictatoriales. Aunque, esto por descontado, los capitales cubanos en el exilio jamás se arriesgarían ante un nuevo equipo gobernante surgido de las mismas filas castrocomunistas. Pero el esquema funcionó en China, Vietnam y la Rusia postsoviética. Y si bien la coyuntura internacional y las presiones de los países chocarían contra cualquier pretensión continuista que, en el plano político, trataran de exhibir algunos de los integrantes del nuevo equipo castrista gobernante, tampoco hay garantías de que los cambios económicos precedan a los políticos. Estos no deben ser dejados para un «después». Más seguro sería aplicar la simultaneidad. La liberación de todos los presos políticos, tanto en Cuba como en Venezuela, es mayor aval que cualquier otro gesto. Y se impone evitar la «ruta Venezuela», que pasó del chavismo al rodriguismo como si de cosas distintas se tratara, por arte de una imprecisa y hasta embrollada estrategia del gobierno norteamericano. Claramente, no se proponen cambiar regímenes, sino mantener una dudosa estabilidad política que se les puede ir por el desagüe de la indignación social. Ya en Cuba parecen haber encontrado su «Delcy», de ser cierto —tal y como circuló este mes— que acarician la posibilidad de salir de Díaz-Canel para entronizar en su lugar a la vicepresidenta Chapman Waugh. ¿Qué opinará Raúl Castro, que jamás ha permitido un régimen sin prevalencia de su entorno familiar?
Ya hay quienes en Cuba y fuera de ella se preguntan: después de Raúl, ¿quiebre, implosión, intervención o transición? Y ellos mismos se responden: su desaparición no significaría necesariamente el final del sistema construido desde 1959. Después de todo, el castrismo sobrevivió a Fidel Castro y prescindir de Raúl sería mucho más sencillo, teniendo en cuenta que una cosa es sobrevivir a un dirigente y otra muy diferente sobrevivir a la desaparición de los mecanismos de lealtad que durante décadas mantuvieron cohesionada a la élite, como anota otro analista recurrente. Y es que desde arriba es como comienzan a resquebrajarse los regímenes más sólidos de la historia (Remember Roman Empire).
Un escenario, vigente por los momentos en Venezuela, sería la continuidad: nuevos rostros, pero el mismo sistema; puede producirse un quiebre dentro de la cúpula; puede haber una implosión social (que debe estar en marcha en ambos países). Con los mismos al frente, los problemas no harán sino agravarse. No hay capacidad para remontar nada permaneciendo al mando quienes hundieron a sus países. Cuba ha sido escena de toda clase de protestas, la más osada hace un par de días, cuando un manifestante solitario, cartel en mano, subió las escalinatas del mismísimo Capitolio pidiendo libertad. Eso no es cualquier cosa en un país como Cuba, lo que indica un nivel de hartazgo que subyace a cualquier salida violenta.
Otra opción es una transición negociada, lo que no necesariamente implicaría el abandono inmediato del poder por parte del Partido Comunista. Allí podría entrar EE. UU. Recordemos que Washington ha dejado claro que considera la situación cubana un «asunto de importancia estratégica».
El tema moral aquí es que 2,7 millones de cubanos están afectados por la falta de agua, situación que ha empeorado desde hace cuatro meses. Tan solo en Holguín hay zonas que acumulan entre 70 y 90 días sin recibir suministro por la red; se están aplicando penas de 8 y 10 años de cárcel para los disidentes; los activistas y periodistas independientes son hostigados, y los apagones torturan a los cubanos. Eso no tendría que esperar. Pero las prioridades de los seres humanos no son las mismas que las de aquellos que se erigen en defensores de los derechos humanos cuando esto no es más que una bandera raída.
Como siempre lo he recordado, nuestro destino se juega sobre un tablero ubicado fuera de Cuba y de Venezuela. No figuramos en esa mesa. Son otros.
Amanecerá y veremos.

