Paisaje para después de la batalla
Los dirigentes europeos asisten al principio del final de Trump con alivio, pero se equivocan si piensan que la vieja normalidad va a volver, con unos Estados Unidos que asuma la defensa del continente y promueva la globalización
Nadie sabe cómo responderá Donald Trump a la abultada victoria demócrata en las elecciones de medio mandato. Por ahora, ha aceptado el resultado aunque se ha distanciado de los candidatos republicanos que él mismo había elegido y patrocinado y ha buscado culpables. Enseguida ha cesado a su jefa de gabinete, Susie Wiles, que trataba de moderar sus peores instintos. El sucesor en este puesto, similar al de primer ministro, es Stephen Miller, responsable de impulsar desde la Casa Blanca las políticas más duras en inmigración y conocido por su deseo de expandir el poder ejecutivo saltando por encima de las normas.
Es pronto para saber si Trump se volcará en política exterior a la busca de un gran legado. Este es un ámbito en el que la Constitución le da extensos poderes y la mayoría demócrata en ambas Cámaras apenas puede frenar su combinación de unilateralismo agresivo y tratos efímeros siempre sujetos a revisión.
Una consecuencia clara de la ola azul, que ha cambiado en pocas horas la política estadounidense, es que la sucesión del presidente se ha abierto y es un proceso fuera de su control. No hay una figura clara en el Partido Republicano que emerja como el candidato natural en 2028 y concite los apoyos de la coalición de diferentes que ha llevado a Trump dos veces a conquistar la Casa Blanca: trabajadores, cristianos evangélicos, libertarios y miembros de minorías raciales. Tanto el vicepresidente, J. D. Vance, como el secretario de Estado, Marco Rubio, saben que necesitan distanciarse de Trump y, a la vez, presentarse como continuadores de su obra. Hay otros posibles contendientes, pero la tensión principal es la que enfrenta a estos dos pesos pesados, un revolucionario MAGA contra un republicano muy conservador disfrazado de trumpista, dispuesto a volver a conectar con las ideas de Lincoln y Reagan.
Los demócratas por su parte celebran un triunfo histórico, pero siguen sin tener un liderazgo claro para recuperar la Casa Blanca y no han resuelto el dilema principal al que se enfrentan desde hace diez años: una militancia escorada a la izquierda, más radical que los votantes, y un grupo de notables centristas que tratan de evitar la huida de los moderados e independientes. Joe Biden lo intentó sin éxito y Kamala Harris ni siquiera tuvo tiempo de explicar cómo quería gobernar.
En las elecciones de medio mandato, representantes de las dos almas del partido han conseguido resultados espectaculares a lo largo del país, desde el médico izquierdista Abdul el Sayeden Míchigan, el primer musulmán en la Cámara Alta, a la senadora Amy Klobuchar en Wisconsin, una abogada pragmática, dispuesta pactar con los republicanos.
Sin embargo, esta estrategia de adaptación al terreno con mensajes distintos no sirve para ganar la presidencia.La enorme euforia con la que los demócratas viven la victoria de esta semana debe dar paso cuanto antes al trabajo interno de seleccionar a un candidato presidencial viable, si es posible antes de unas primarias con una veintena de aspirantes.
La euforia de los demócratas debe dar paso a la selección de un candidato presidencial viable, si es posible antes de unas primarias con veinte aspirantes
La gran mayoría de los dirigentes europeos asisten al principio del final de Trump con alivio. Pero se equivocan si piensan que la vieja normalidad va a volver, con unos Estados Unidos que asuma la defensa del continente y promueva la globalización económica. La relación transatlántica necesita recomponerse sobre antiguos y nuevos fundamentos. Washington está más cerca de admitir que necesita aliados para defender sus intereses y valores en un mundo más peligroso. Una razón más para que los europeos aceleren las reformas económicas pendientes y su trabajo conjunto en el ámbito de la defensa.
