Pasó con Napoleón en Rusia en 1812, Nixon en el Watergate, Enron y su batacazo de modelo matemático de riesgo infinito… Y pasará en España, donde Creonte y Edipo necesitan un oculista, pero ya

Desde la tragedia griega hasta la historia militar, los liderazgos políticos caen con frecuencia por la misma patología: la incapacidad de reconocer sus propios límites una vez que consiguen el monopolio del poder. La caída del gobernante no suele provenir de una maldad metafísica, sino de la hybris –la desmesura trágica– que induce al líder a creerse inmune a las restricciones de la ley, la naturaleza o la realidad social. ¡Toda una ceguera existencial!
Algo que se señala con frecuencia en los gobernantes españoles, que la hybris los devora. Tiene nombre nacional: «El síndrome de La Moncloa». Edipo personifica al gobernante inteligente que se convence de que su intelecto puede desentrañar cualquier misterio, persiguiendo una verdad sin admitir que sus propios actos forman parte del problema; por eso, cuanto más intenta controlar la situación mediante decretos soberanos, más acelera su propia ruina. Y Creonte, en «Antígona», encarna el poder que confunde la autoridad institucional con la infalibilidad personal. Su error trágico consiste en transformar una verdad parcial en un dogma absoluto, asumiendo que la ley es justa por el mero hecho de emanar de él, de su autoridad, confundiendo la firmeza ejecutiva con la rigidez personal. Por eso, cuando Antígona desobedece, apelando a las leyes no escritas de la conciencia, el rey lo considera una rebelión ilegítima, el inicio de una cadena de desobediencias que podría desestabilizar el orden, e incapaz de afinar su respuesta, convierte la preservación de su decreto en una cuestión de orgullo personal. La lucidez le sobreviene, pero para entonces ya es tarde, porque en el tiempo trágico de la política, la claridad que llega después de un acto irreversible no tiene capacidad transformadora…
Las organizaciones y las grandes potencias entran en decadencia, incluso desaparecen, no porque sean débiles, sino porque el éxito prolongado las lleva a olvidar dónde están sus fronteras y sus límites. Pasó con Napoleón en Rusia en 1812, Nixon en el Watergate, Enron y su batacazo de modelo matemático de riesgo infinito… Y pasará en España, donde Creonte y Edipo necesitan un oculista, pero ya.
