Wolfgang Gil Lugo – El Exorcista: la posesión ideológica
Hay ideas que no llegan como argumentos, sino como presencias: se instalan en la conciencia con la discreción de lo invisible y la persistencia de lo irremovible.
El demonio es un huésped invisible que tiene la cortesía de entrar sin ser invitado y la mala educación de negarse a pagar el alquiler de la piel que ocupa.
Fiódor Dostoievski, especialmente en su novela Los Demonios, sostenía que los revolucionarios de su tiempo estaban poseídos por conceptos que eran residuos tóxicos del racionalismo occidental, tales como el materialismo, el nihilismo y el ateísmo. Él veía estas creencias no como abstracciones, sino como fuerzas culturales vivas con la capacidad de seducir y subordinar la conciencia individual.
Como bien sabemos, el problema de los que no creen en nada no es que no crean en Dios, sino que terminan siendo capaces de creer en cualquier cosa. Los «demonios» no son necesariamente los individuos, sino las ideas que los habitan. Como podemos ver, la literatura profética de Dostoievski sirve como un puente crítico entre lo teológico y lo sociopolítico.
La destrucción del yo
La película El Exorcista (1973), dirigida por William Friedkin, proporciona una metáfora visual y narrativa poderosa para ilustrar el proceso de posesión ideológica. Aunque se presenta como una historia de horror sobrenatural, el filme explora la desintegración de la identidad, el fracaso de las instituciones seculares y la «invasión» de la esfera doméstica de una manera que espeja la experiencia de la radicalización política. Al fin y al cabo, un hombre que no cree en milagros es alguien que se ha rendido ante la tiranía de lo cotidiano.
En el filme, Regan MacNeil (una inolvidable Linda Blair), una niña de doce años, sufre una transformación aterradora de la inocencia a una entidad obsesionada con el sexo, malhablada y repulsiva. Este proceso refleja la pérdida de identidad que ocurre tanto en la posesión demoníaca como en la radicalización ideológica. Es la paradoja de la modernidad: el hombre intenta liberarse de los ángeles para terminar siendo esclavizado por las bestias.
El demonio Pazuzu no solo habita a Regan, la utiliza para atacar el orden natural y los contratos sociales de su entorno acomodado y moderno en Georgetown. Esto es un paralelo directo a cómo un movimiento totalitario utiliza a sus sujetos para desmantelar el «mundo común» y reemplazarlo con una realidad secundaria de ficción ideológica.
El fracaso de la ciencia secular
Lo que sigue es la comedia más seria de la ciencia. Los médicos, esos hombres que intentan medir el alma con una regla de cálculo, someten a la pobre criatura a pruebas espantosas. Están convencidos de que, si le sacan suficiente sangre o le toman suficientes radiografías, el espíritu se sentirá ofendido y se marchará por aburrimiento.
Por su parte, el demonio, que es un caballero antiguo y nada progresista, se niega a ser explicado por una inflamación de las glándulas. Sin embargo, la medicina moderna no tiene respuestas para lo que es, en última instancia, una crisis espiritual o metafísica. La ciencia siempre está dispuesta a admitir que algo es imposible, hasta que sucede; entonces simplemente dice que era inevitable.
En el filme, Regan MacNeil (una inolvidable Linda Blair), una niña de doce años, sufre una transformación aterradora de la inocencia a una entidad obsesionada con el sexo, malhablada y repulsiva. Este proceso refleja la pérdida de identidad que ocurre tanto en la posesión demoníaca como en la radicalización ideológica. Es la paradoja de la modernidad: el hombre intenta liberarse de los ángeles para terminar siendo esclavizado por las bestias.
Este fracaso refleja la crítica que Hannah Arendt formula, en Los orígenes del totalitarismo (1951), a las ciencias sociales de su época, a las que acusaba de estar entrenadas para pasar por alto el verdadero horror del totalitarismo al intentar explicarlo mediante categorías racionalistas y funcionalistas que no podían captar su naturaleza «sin precedentes». Estas ciencias recuerdan al hombre que lo ha perdido todo, excepto la razón.
Al igual que los médicos en la película no pueden ver al demonio porque no encaja en sus modelos empíricos, los analistas políticos, influenciados por el cientificismo, a menudo no logran ver la patología espiritual de la ideología porque han reificado sus propias herramientas conceptuales.
Desde la desolación a la receta ideológica
La posesión de Regan comienza en un estado de aburrimiento y relativo aislamiento. Es la hija de una actriz famosa, a menudo sola en una casa nueva en un elegante barrio de Georgetown. Su interacción con el tablero Ouija sirve como el punto de entrada simbólico para la fuerza invasora.
En el contexto de la posesión ideológica, esta «desolación» es la Verlassenheit que Arendt describe como el terreno fértil para la propaganda totalitaria. El tablero Ouija representa la receta ideológica o la fórmula de salvación que ofrece a un individuo solitario una sensación de poder y conexión, solo para consumir eventualmente su autonomía.
Por su parte, el demonio, que es un caballero antiguo y nada progresista, se niega a ser explicado por una inflamación de las glándulas. Sin embargo, la medicina moderna no tiene respuestas para lo que es, en última instancia, una crisis espiritual o metafísica. La ciencia siempre está dispuesta a admitir que algo es imposible, hasta que sucede; entonces simplemente dice que era inevitable.
La gente que abre la ventana para que entre un poco de aire fresco no debe sorprenderse si el diablo entra por ella con una tormenta. El demonio del autoritarismo se propaga apelando a aquellos con sed de poder o con una ansiedad metafísica profunda.
El exorcismo de la Ideología
El «remedio» para estas formas de ocupación varía drásticamente. Para Platón, la solución a las aflicciones del alma es la manía divina, la cual restaura la armonía mediante ritos de expiación. En la teología del Ritual Romano, el remedio es el mandato autoritario de expulsión, invocando una autoridad espiritual superior. No se puede expulsar a un demonio con un argumento lógico, del mismo modo que no se puede detener un incendio con una disertación sobre la composición química del agua.
En su monumental obra Orden e Historia, Eric Voegelin enfatiza que no se puede luchar contra esta fuerza satánica con mera moralidad. Se requiere una recuperación de las dimensiones espirituales y el rechazo de la «rebelión prometeica» contra el orden del ser. La ideología totalitaria es una «neumopatología», una enfermedad espiritual, por tanto, debe ser tratada como tal.
El alma como territorio en disputa
La comparación entre la locura divina platónica, la posesión demoníaca y la ideología totalitaria revela que la conciencia humana es un territorio permeable. La diferencia fundamental reside en si esta permeabilidad conduce a una «apertura» hacia la trascendencia y la belleza, o a una «clausura» hacia la deshumanización y el terror.
La locura divina de Platón es un regalo que eleva al hombre por encima de su condición finita para participar en lo eterno. La posesión totalitaria, por el contrario, es una «neumopatología» que se alimenta de la soledad y la ansiedad metafísica para convertir a la humanidad en algo superfluo.
El Exorcista perdura como un símil poderoso para ilustrar esa modernidad que prefiere creer en el psicoanálisis, pero que exige pruebas notariales para creer en la dignidad humana. Luego nos sorprende que la juventud se aferre al primer dogma maníaco que proclamen los demagogos.
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