Arturo Pérez-Reverte: ¿Contra quién va a votar usted?

Hay una pregunta que cada cuatro años nos hacemos los españoles con natural choteo: ¿A quién vas a votar, Manolo?… Sin embargo, visto lo visto y lo que vamos a ver, la formulación parece incorrecta: la pregunta lleva implícito el error. En España, salvo puntuales excepciones, nadie vota a nadie. Aquí siempre votamos contra alguien, que no es lo mismo. Nuestros Manolos y nuestras Marujas, ustedes y yo, vamos al colegio electoral sin pensar realmente en productividad, educación, deuda pública, pensiones, cultura o política exterior. Lo hacemos rumiando nombres y apellidos de individuos de ambos sexos a los que anhelamos ver hacer las maletas y tomar el olivo. Porque el voto del español nunca es una declaración de afecto, sino una patada en los huevos.
Llevamos así desde Viriato, o por ahí. A Felipe González, que parecía eterno, lo aplaudimos por sevillanas hasta que le saltaron las costuras. Entonces apareció Aznar. Y seamos sinceros: cuesta imaginar a millones de españoles goteando agua de limón, entusiasmados con la perspectiva de que gobernase aquel fulano serio y con bigote. Nadie gritó «Es mi hombre». Votamos en masa contra Felipe, contra los escándalos, la corrupción, los ministros, los exministros y los amigos de los ministros. ¿Se acuerdan?… Empezaba el baile.
Después nos hartamos de Aznar porque, como los yogures, los gobernantes tienen fecha de caducidad: primero los vemos competentes, después arrogantes, luego insoportables y al fin ansiamos retorcerles el pescuezo. El asunto es que después de que votásemos contra Aznar llegó Zapatero, a quien tampoco votamos por ser quien era, sino que lo hicimos contra el otro: la foto de las Azores, su gobierno y toda esa cutre morralla. Zapatero tenía cara de tonto -luego supimos que también de sinvergüenza-, pero aguantó una temporada, con la ceja y con esos palmeros de la ceja que hoy van por ahí, desmemoriados, diciendo si te he visto no me acuerdo. Y cuando a pesar de la retórica y el buen rollito la realidad empezó a chamuscarnos a todos, volvimos a mirar alrededor. A ver con quién podemos joder a este gilipollas, nos dijimos. Y apareció Rajoy.
Seamos sinceros: Rajoy no gobernó España porque a millones de ciudadanos nos entusiasmaran su audacia y su donaire. Lo hizo porque estábamos de Zapatero hasta la bisectriz, y gobernó como era previsible: aburrido, apático, paralizado como una liebre ante los faros de un automóvil, a la espera de que los problemas se resolvieran solos, murieran de aburrimiento o fueran sustituidos por otros más graves. Y al final, entre parálisis y corruptelas de su peña, los votantes buscamos con quién tumbarle el chiringuito. Pedro Sánchez era más alto, guapo y simpático. Nadie mejor para dar por saco a Rajoy y su pandilla basura. Y nos abrazamos a Sánchez.
De ese modo, siempre contra unos o contra otros, llegamos al presente. No sé a cuánto estamos del asunto, pero la cosa es diáfana: cuando toque no votaremos por Pedro Sánchez, sino contra Feijóo; no votaremos por Feijóo, sino contra Pedro Sánchez. Tampoco votaremos a Vox: lo haremos contra los progres, los separatistas, el exceso de moros y negros, Bruselas, el descojono woke, lo de Ceuta, Bruselas, Bildu, Puigdemont, Marlaska, el narco en el Estrecho, el ego de Pablo Iglesias, su negocio familiar y su legítima esposa. Y al otro lado ocurrirá exactamente lo mismo: votaremos contra Vox, contra el ático y el novio de Ayuso, contra Trump, contra Meloni, contra los ricos, contra Israel, contra la xenofobia, contra Hernán Cortés, contra el golpe de Estado de la malvada derecha y sus jueces fascistas.
Pedro Sánchez, que es un buscavidas sin escrúpulos pero un indiscutible talento político, comprendió antes que muchos esa peculiaridad nacional. Sus votantes no necesitan adorarlo; muchos lo odian, tengo nombres y apellidos. Les basta con temer o despreciar la alternativa. Y sus adversarios tampoco necesitan admirar a un Feijóo que lleva años asegurando que está preparado para gobernar España mientras los españoles intentamos recordar, sin éxito, algo notable que haya dicho alguna vez. A unos y otros basta con querer ver a Sánchez en la puñetera calle o a Feijóo lejos de la Moncloa.
Y ahí está el puntazo, la tradición cuajada en novedad: ya no hace falta entusiasmar al votante, basta con acojonarlo. El programa electoral es secundario; lo importante es señalar al monstruo. Si ganan ésos, España se rompe. Si ganan aquéllos, vuelve Franco. Si entra Vox, apocalipsis zombi. Si sigue Sánchez, Venezuela con Begoña en plan Delcy Barriguitas. Y así, millones de ciudadanos iremos a votar creyendo que cumplimos con nuestro deber, cuando en realidad participamos en una bronca sórdida, bajuna, infame, de comunidad de vecinos.
Por eso las encuestas deberían dejar de inquirir a qué partido daremos el voto y preguntar: «¿Quién le repatea a usted los higadillos?»… «Del uno al diez, ¿cuántas ganas de vomitar le da tal candidato cuando sale en el telediario?»… «¿Cambiaría de acera para evitar saludarlo, o le partiría la cara si le garantizasen impunidad?»… «¿Votaría a Ábalos, Cerdán, Bárcenas, Cristóbal Montoro, con tal de que no gobiernen Fulano o Mengano?»… «Si el rey y Pedro Sánchez fueran a pie desde Sol a Callao, ¿cuál de los dos llegaría vivo?».
Las respuestas permitirían predecir resultados mejor que los paripés habituales, porque ésa es nuestra verdadera pulsión democrática: no elegimos, desalojamos; no premiamos, castigamos; no votamos al mejor, sino a quien creemos capaz de reventar al que consideramos peor. Y cuando al fin descubrimos que nuestro vengador electo es otro canalla u otra piltrafa, reanudamos el proceso: primero la ilusión, después las dudas, luego el cabreo y finalmente el odio. Vuelta a las urnas. Vuelta a salvar a España. Vuelta a saber a quién queremos reventar esta vez. Y, bueno. Es lo que han conseguido hacer de nosotros esos hijos de la gran puta. O quizá, pensándolo bien, lo que de ellos hemos hecho entre todos nosotros.