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Isabel Coixet: Nostalgia de cuando el futuro era un robot con cofia

 

Ursula K. Le Guin — The Ones Who Walk Away from Omelas

 

 

El astrofísico Hubert Reeves (1932-2023) decía que nuestra imaginación se detiene cuando vemos algo que ya conocemos: no hay nada que se parezca más a los años 60 que la ciencia ficción de los años 60, con sus naves domésticas en colores pastel y los trajes ajustados de licra beige con capas y capuchas pegadas a la cabeza. Cuando veía de pequeña The jetsons o Perdidos en el espacio (durante años mi serie favorita), yo creía que el futuro sería así, que volaríamos con dispositivos personales, que podríamos disolvernos en partículas para rehacernos a miles de kilómetros como si nada y que no habría que cocinar ni planchar ni limpiar porque habría un simpático robot de lata con cofia que lo haría todo sin una queja y luego se desconectaría él mismo hasta que lo reclamáramos para asarnos un pollo en medio nanosegundo.

Yo creía que volaríamos con dispositivos personales, nos disolveríamos en partículas para rehacernos a miles de kilómetros y que no habría que cocinar, planchar ni limpiar porque ya lo haría un simpático robot de lata con cofia

Me pasé mi adolescencia leyendo a Ray Bradbury, a Isaac Asimov, a Arthur C. Clarke, a Ursula K. Le Guin, a Aldous Huxley, a Orwell e intentando emularlos a mi vez, escribiendo cuentos de una ciencia ficción dudosa y derivativa, muy pegada a una idea inocente y esperanzadora del futuro, aunque ninguno de esos autores pintara un futuro color de rosa. Yo seguía aferrándome a mi fantasía de naves espaciales como las que todavía se pueden ver en los tiovivos de algunas ferias y a extraterrestres de aspecto raro, pero con buenas intenciones. Y entonces llegó a mis manos un cuento en inglés, que tuve que traducir diccionario en mano, que me impresionó y me sigue impresionando 50 años después de su publicación: The ones who got away from Omelas (‘Los que se alejan de Omelas’), de Ursula K. Le Guin. El cuento transcurre en una ciudad del futuro durante un festival de verano de música y danza, hay un ambiente alegre y tumultuoso, la gente parece realmente feliz, todo es paz y armonía, no hay crímenes ni disturbios, pero… En un momento del cuento, nos enteramos de que el mecanismo que hace que todo funcione a las mil maravillas es que en un cuarto subterráneo, en una especie de mazmorra, hay un niño que llora porque sufre y quiere salir de allí: la supervivencia de esa utópica ciudad llena de música y contento depende únicamente del aislamiento y el dolor de ese niño. Y hay personas, que aun amando una vida sin preocupaciones, no pueden soportar la idea de que alguien sufre para que ellos se lo pasen bien y se alejan de Omelas.

Desde su publicación, el cuento ha sido interpretado de mil maneras distintas, como una crítica al colonialismo, a la indiferencia, a la amoralidad, al egoísmo…

Yo sólo sé que ese cuento, más que Un mundo feliz o Fahrenheit 451 o 1984, pulverizó mi idea de una sociedad utópica sin conflictos, sin pobreza, sin tristeza.

Y desde que lo leí, me he preguntado mil veces si me quedaría en Omelas, tapándome los oídos a los ecos de los gemidos del niño que ocasionalmente se mezclarían con la orquesta interpretando a Mozart, o sí cogería mi petate y me alejaría de allí para no volver nunca.

 

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