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Dos hombres y un destino: Winston Churchill y Charles De Gaulle

El historiador británico Richard Vinen traza en 'Los últimos titanes' las trayectorias paralelas de dos gigantes de la política

Dos hombres y un destino: Winston Churchill y Charles De Gaulle

Charles de Gaulle y Winston Churchill en Casablanca, Marruecos (1943). | Keystone Pictures USA (EP)

 

El capítulo noveno de la primera temporada de The Crown se centra en la gestación del retrato de Churchill, ya anciano y de retirada en la política, que se le encargó al vanguardista Graham Sutherland. En una hora se sintetiza la lucha entre retratista y retratado por el sentido del retrato: Sutherland quiere captar al anciano que se asoma al final de su carrera y su vida; Churchill, indignado, se niega a aparecer como un viejo decrépito y exige ser plasmado como el líder que fue.

Tanto Churchill como De Gaulle fueron muy conscientes del lugar que querían ocupar en la posteridad; ambos tenían una concepción teatral de la política y eran dados a las frases sentenciosas pensadas para perdurar. Forjaron sus liderazgos en tiempos difíciles, durante la Segunda Guerra Mundial, el británico como primer ministro y el francés como general y dirigente de la Francia Libre. El historiador británico Richard Vinen los considera los últimos gigantes de la política y les ha dedicado un libro en el que compara sus trayectorias paralelas.

 

 

Se titula Los últimos titanes. Churchill y De Gaulle (Crítica) y tiene un lejano precedente, el De Gaulle y Churchill de François Kersaudy, que se publicó en 1981. Vinen, profesor de Historia en el King’s College de Londres y antes en el Trinity de Cambridge, posee esa virtud anglosajona de combinar el rigor con la agilidad narrativa, y logra perfilar a sus protagonistas con detalles muy humanos.

No solo aborda sus trascendentales decisiones políticas, sino también los detalles que definían el carácter de cada uno. Por ejemplo, la afición de Churchill a celebrar reuniones con miembros de su gabinete mientras estaba en la bañera o la negativa de De Gaulle a llevar gafas en público. Pueden parecer anécdotas pueriles, pero ayudan a perfilar el lado humano de dos estadistas, que no fueron ni infalibles ni perfectos. Vinen apunta algunas de sus aristas: la secreta admiración de Churchill por el autoritarismo de Franco o el racismo de De Gaulle.

El autor propone este paradójico doble retrato: «Churchill era bajito, corpulento, hedonista y encantador. Le gustaba el dinero y no era demasiado escrupuloso respecto a cómo lo obtenía. Se podría concluir que los vicios y virtudes de Churchill eran los que los británicos asocian con los franceses, o al menos con los políticos de la Tercera República. Era, ante todo, parlamentario. (…) En cuanto a De Gaulle, sus vicios y virtudes eran a veces los mismos que los ingleses se atribuyen a sí mismos. Era alto, físicamente torpe y fastidiosamente formal. En cuestiones financieras era incorruptible. Cuando sus nietos iban a merendar al Palacio del Elíseo, pedía a los criados que le trajeran la cuenta de los pasteles que habían consumido».

Admiración y recelo

Churchill era mucho más emocional e histriónico; De Gaulle tendía al hieratismo y la gelidez. Churchill, dotado de labia y discurso, se movía como pez en el agua en el Parlamento y le gustaban el cuerpo a cuerpo dialéctico y las maniobras entre bambalinas. De Gaulle en cambio, se mostró siempre más interesado por la representación de la autoridad que por el juego político. Ambos fueron estadistas conservadores de gran talla.

Ambos procedían de la aristocracia (aunque la alcurnia de De Gaulle era mucho más modesta), iniciaron su carrera como oficiales del Ejército y tenían en la cabeza una idea muy clara de cómo querían formatear sus respectivos países. Es célebre el arranque de las memorias de De Gaulle: «Toda mi vida he tenido una determinada idea de Francia». Se conocieron en persona durante la Segunda Guerra Mundial, cuando De Gaulle vivió en Londres como líder de la Francia Libre, que tenía allí su sede en el exilio. Las relaciones entre ellos no siempre fueron buenas, sintieron el uno por el otro tanto admiración como recelos. Durante la guerra, Inglaterra acogió a la Francia Libre, pero no dejó de considerar a Vichy como el gobierno francés legítimo, para desesperación de De Gaulle. Solo a partir de 1944 se le reconoció como el legítimo representante de Francia.

Tanto Churchill como De Gaulle tuvieron la lucidez de considerar los pactos de Múnich un desastre que traería nefastas consecuencias y ambos tuvieron claro que el único modo de ganar la guerra era consiguiendo que entrara en ella Estados Unidos con todo su poderío industrial y militar. Tampoco las relaciones de De Gaulle con Roosevelt fueron muy buenas, porque el francés se sentía ninguneado por el americano. Vinen relata con detalle las arduas negociaciones de los discursos que cada cual debía pronunciar cuando el desembarco de Normandía, porque De Gaulle temía perder el control soberano de Francia.

Acabada la contienda, tanto Churchill como De Gaulle fueron apartados del poder y regresaron a él, aunque en circunstancias muy distintas. A ambos les tocó vivir el final de sus respectivos imperios coloniales y adaptarse a los nuevos tiempos; Vinen apunta la relevancia que tuvo en la política la entrada en escena de la televisión. Churchill perdió las elecciones de 1945 frente al laborista Clement Attlee y ejerció de jefe de la oposición. Volvió a ganar en las urnas y a ser primer ministro entre 1951 y 1955, pero el líder carismático que había mantenido unida a la nación en tiempos bélicos —«sangre, sudor y lágrimas»— se había convertido en una antigualla y una rémora para su propio partido.

Último encuentro

En cambio, De Gaulle, tras su temporal retirada de la política en 1946, se convirtió en la figura central de la Francia de la posguerra, cuando regresó, en plena guerra de Argelia, como presidente del Consejo de Ministros en 1958 e inmediatamente después como el arquitecto de la Quinta República y su primer presidente, desde 1959 a 1969. Creó en torno a su persona un movimiento —él se negaba a llamarlo partido—, el Rassemblement du Peuple Français, y forjó un ideario que dio pie a un concepto: el gaullismo, cuya influencia sigue presente en la derecha francesa.

Le tocó manejar el proceso de descolonización de Argelia, uno de los episodios más traumáticos de la historia de la Francia contemporánea. Tanto que una parte de la oficialidad del Ejército más reaccionaria creó la OAS e intentó asesinarlo varias veces (¿recuerdan la novela y después película Chacal?). De Gaulle bregó también con el mitificado mayo del 68 —que se llevó por delante a su primer ministro, Pompidou— y se retiró de la política poco después.

Ya alejados de la primera línea, Churchill y De Gaulle se vieron por última vez en 1960, durante un viaje del británico a Niza. Vinen dedica la última parte del libro a analizar el legado de ambos políticos, prestando más atención a Churchill, que, como británico, conoce más a fondo. De Gaulle dejó el gaullismo, mientras que la herencia de Churchill fue más discutida, incluso entre los suyos. El libro aborda la compleja relación del thatcherismo con la figura de Churchill.

Fueron tal vez, con sus hiperliderazgos personalistas, los últimos estadistas de estirpe decimonónica en pleno siglo XX. La comparación de sus trayectorias paralelas es pertinente, porque ambos forjaron de forma consciente su propio mito durante la guerra y después lucharon por adaptarse a las nuevas realidades de la posguerra. Los otros dos líderes aliados de la Segunda Guerra Mundial quedan fuera del marco del libro, porque Roosevelt falleció en 1945 y Stalin pertenece a otra categoría, la de los monstruos.

Considera Richard Vinen que Churchill y De Gaulle fueron los últimos gigantes. ¿Ha habido en los últimos 50 años algún político de estatura comparable? ¿Acaso Thatcher, que tuvo el cuajo de plantar cara y ganarles el pulso a los sindicatos? ¿Tal vez Obama, por su talante kennedyano? Están invitados a apuntar en los comentarios a su titán político de los últimos 50 años (si tal cosa existe).

 

MAURICIO BACH: Nacido en Barcelona en 1965, ha hecho de todo en el mundo cultural: ha sido editor, director editorial, colaborador en prensa escrita (en periódicos y revistas de papel y digitales) y profesor de escritura creativa; ha impartido cursos sobre cine, literatura y arte; ha ejercido de traductor, y ha publicado algunos libros, entre ellos varios sobre cine.

 

 

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