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Periscopio La Habana / Yaxys Cires: Ni el caballo es regalado

 

Una de las grandes falacias de la cultura paternalista del socialismo cubano ha sido la supuesta gratuidad de las llamadas “conquistas de la Revolución”; gratuidad que fue y es usada, junto a la idea de “plaza sitiada”, para secuestrar los derechos civiles y políticos de los ciudadanos como producto del famoso pacto social.

Aunque algunas carreras universitarias en Cuba aluden teóricamente a lo relacionado con las fuentes del presupuesto estatal, la falta de transparencia y de rendición de cuentas del régimen aleja estos temas de los ciudadanos, a quienes desde los medios estatales -expertos en difamar a exiliados y emprendedores- les inducirán a pensar que las supuestas gratuidades son fruto de la bondad del sistema.  ¿Pero es esto así? ¿Quiénes realmente pagan las deterioradas conquistas?

Cuba es el país con mayor presión fiscal de la región, según las estadísticas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Según esta entidad, a la cual nadie podrá acusar de anti-régimen, el peso de los ingresos tributarios en el PIB cubano en 2020 fue del 37,5 %, estando por encima del promedio de la región, el cual se ubicó en el 21,9 %. Sorprendentemente, la presión fiscal en Cuba es de 15,6 puntos porcentuales por encima del promedio de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos​ (33,5%), muchos de ellos con servicios públicos/sociales: universales, gratuitos y de calidad.

El impuesto sobre los ingresos personales representa un 11% de la presión fiscal total, un punto por encima del promedio de la región, aunque como pasa en otras partes, no lo tienen que pagar todos los ciudadanos. Sin embargo, a pesar de que en Cuba se dice que no existe el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) que pagamos todos en otros países cuando adquirimos productos o servicios, el fisco cubano si cobra un impuesto (10%) sobre las ventas, el cual es pagado por los emprendedores y que obviamente estos repercuten a los consumidores en el precio de sus productos o servicios. ¿Seguimos creyendo que las llamadas conquistas se pagan por magia del PCC, y que son gratuitas?

Según las últimas cifras oficiales, la deuda externa era de 17.800 millones de dólares, aunque este es otro tema en el que tampoco existe transparencia. Quizás sea una obviedad, pero hay que recordar que los préstamos o emisiones de bonos que dieron origen a estas obligaciones y a otros pasivos ocultos, es deuda que los acreedores interpretan de la nación, es decir, de todos y cada uno de los ciudadanos. Sin embargo, no sabemos cuánto de ese dinero ha sido destinado a servicios sociales y a políticas públicas. Lo que sí sabemos es que los presupuestos en los últimos tiempos destinan ínfimos recursos, por ejemplo, a la construcción de hospitales, en comparación con la omnipresente inversión inmobiliaria en el sector turístico. También sabemos del acumulado deterioro de todas las infraestructuras hospitalarias y educativas del país.

Es evidente que somos los ciudadanos con nuestros impuestos y con la deuda externa los que pagamos lo poco que queda de derechos sociales en Cuba. También los trabajadores del turismo y de las misiones en el exterior a los cuales se le confiscan en algunos casos hasta el 90% de sus salarios. Como también son los ciudadanos los que pagan otras muchas cosas, comenzando por las organizaciones políticas y de masas y los medios de comunicación estatales.  ¿Por qué no se habla esto de manera clara?

Estas realidades niegan de base toda la propaganda acerca de las gratuidades y, en cualquier caso, deberían hacernos reflexionar si los servicios que se reciben son acordes con los altos niveles de confiscación de los pocos ingresos personales que tienen los ciudadanos, algo de lo cual no escapan ni las remesas familiares.  Las denuncias de los ciudadanos, las imágenes en las redes sociales y los informes del Observatorio Cubano de Derechos Humanos aclaran sobre la precariedad de la vigencia y calidad de los derechos sociales en el país.

Nuestros mayores siempre nos dijeron que “a caballo regalado, no le mires el diente”, pero qué pasa cuando al final del camino, compruebas que el animal lo estábamos pagando y además bien caro.

 

 

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