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Ricardo Bada: El “negro” en la Literatura

Cuando se anuncia que se va a hablar del “negro” en la Literatura, los entendidos saben de inmediato que no se trata de hacer un estudio de los personajes de raza negra en aquellos libros donde aparecen: desde el lacrimógeno La cabaña del Tío Tom hasta las novelas más duras de Chester Himes (sin olvidar su delicioso acercamiento al erotismo en Pinktoes). No.

El “negro” literario está definido de manera taxativa en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua desde hace muchas décadas, y en la última edición figura como decimoséptima acepción con las siguientes palabras: «Negro: el que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios». Lo de que «trabajaen trabajos» no es defecto de redacción mía, sino cita literal del Diccionario, que conste.

Conociendo ahora ya de qué se trata cuando se habla del “negro” en la Literatura,  muy bueno sería recordar al más famoso de todos ellos, a monsieur Auguste Maquet, de quien sabemos de buena tinta que muchas de las mejores páginas de Alejandro Dumas salieron de su pluma.

También habría que recordar que cuando tenemos en nuestras manos las memorias de casi todas (para no decir todas) las estrellas del mundo del espectáculo –ya sean artistas de cine o magos del balompié–, con seguridad que ni ellas ni ellos han escrito una sola línea del libro. El texto  lo ha escrito un “negro”, más o menos bien pagado, según sea su categoría.

 

Y puesto que mencioné el cine, a lo mejor ustedes vieron aquella película de Martin Ritt, con Woody Allen como protagonista, The front [El testaferro], en la que Ritt ajustaba cuentas con, y se vengaba del, vergonzoso Comité de Actividades No Americanas del Senado de los EE.UU. y su tenebroso factótum, Joe McCarthy. En la película, un guionista de Hollywood, que está en la tristemente célebre lista negra del todavía más tristemente célebre Comité, convence a un amigo suyo, el cajero de un restaurante, interpretado por Woody Allen, para que firme los guiones que con su propio nombre, en entredicho, no pasarían la censura.

No se pierdan la película, ni sobre todo los créditos del final, si la programan en algún ciclo en la cinemateca más cercana o en la TV. En cualquier caso, en ella el fenómeno del “negro” literario se invierte copernicanamente. Quedaría ahora sólo por explicar la etimología de la aparentemente denigratoria y discriminatoria y desde luego que estrambótica designación “negro” para ese oficio. Pero la explicación es de lo más natural.

En la Francia de Alejandro Dumas y compañía, que fue donde en el siglo XIX, con el éxito masivo de las novelas por entregas, comenzó a emplearse como cosa normal el trabajo de otros para firmarlo uno como propio, a quienes así se beneficiaban del trabajo ajeno se los empezó a llamar “negreros”. De ahí a llamar “negros” a quienes trabajaban para ellos, no había más que un paso. Y se dio.

 

 

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