Rosa Cullell: La ‘playlist’ de Sánchez
«Tras la invasión de Ceuta ¿qué propone el presidente? Nada. Después de agosto, ya seguirá pactando con Bildu, Junts o Mohamed VI. Esa es su 'playlist' para el otoño»

Ilustración generada mediante IA
Como y cuando ha querido, Marruecos ha invadido Ceuta, ciudad española —y aún antes, portuguesa— desde hace más de 400 años. Tras el brutal efecto llamada conseguido por la política migratoria del Gobierno de Pedro Sánchez, la invasión dejó a Europa sin aliento. Entre el 30 y el 31 de julio, unas 70.000 personas llegaron a territorio español (100, murieron), pero el presidente de la nación, tras una visita relámpago al enclave, cogió las maletas y se fue de vacaciones a Lanzarote. Con todo pagado y más de 40 escoltas. Para apagar fuegos ya están los bomberos. Hasta el público más fiel del sanchismo —colocados, subvencionados o esos progres que necesitan creer en la superioridad ética de la izquierda— empieza a asustarse. Todo, menos la corrupción, pilla por sorpresa al Ejecutivo que ni sabe ni contesta ni gobierna.
He buscado algún reciente mensaje del líder-del-lado-correcto-de-la-historia, pero solo he encontrado su playlist del verano: de Mélanie hasta Quevedo, que no es poeta sino cantante hispano/brasileño de reguetón. Obediente, he escuchado la cancioncita recomendada. Se llama El bafio y dice así: «Yo no vuelvo a trabajar, que Diosito me bendiga. Me santiguo y tiro un beso pa’ los de arriba».
Cuando esperábamos una crítica al país invasor, algo que decir a tanta patraña marroquí, el presidente español le dio las gracias a Mohamed VI, destituyó a la única funcionaria que informó de la incipiente invasión y salió corriendo. A los votantes sin papeleta fija ni corazón sanchista, nos cuesta entender tanta incapacidad y falta de reacción. Como ayer opinaba magistralmente Juan Luis Cebrián en este diario, «el fracaso descomunal en las relaciones con Marruecos es un hecho que traerá consecuencias, por las que Sánchez y su incompetente ministro de Asuntos Exteriores deberían rendir cuentas».
La última invasión marroquí a territorio español sucedió en noviembre de 1975. Mientras Franco agonizaba en el Hospital de la Paz de Madrid, Hassan II —el segundo rey marroquí que gobernaba tras el Protectorado francés— nos envió la Marcha Verde. Unos 350.000 marroquíes entraron en el Sáhara español. Fue el primer desafío de un soberano alauí a la aún esperada democracia española. A los pocos días de que mi padre oyera la noticia en la radio, y asegurara que «ya no hay gobierno ni ejército ni nada de nada, sólo un fiambre bien cuidado», recibí la carta de un pretendiente que hacía la mili en el Sáhara. Aterrado, me confesaba su amor «por si no vuelvo». El soldadito, al que contesté con una postal de las playas de Sitges porque no sabía qué decirle, volvió a casa moreno y convertido en fan del Frente Polisario. Así siguen algunos, ajenos a la realidad.
Mohammed VI no ha querido ser menos que su temido, afrancesado y absolutista papá. Unos 72.000 desesperados entraron en Ceuta sin pasaporte ni dinero ni permiso y luego salieron con la misma facilidad. Marruecos demostró nuevamente al Estado español que puede invadir el territorio cuando le dé la gana. Pero ellos no han sido. Los visitantes fueron instigados a invadir Ceuta «por las mafias de la trata y la emigración irregular». Nadie sabía nada en Rabat. Menos aún en Madrid. El ministro de Interior, después del susto, presume de buenas relaciones con el vecino del Sur, que, «desde luego, no es ninguna amenaza».
«Esta Europa blandengue, distraída y llena de funcionarios con sueldos absurdos, merece todo lo que le pase»
Habrá que olvidarlo todo, incluso a los niños muertos, porque no hay culpables. Sólo amiguetes, gente «amorosa y empática» que va a arreglar este lío para proteger al líder Pedro. Algunos son incompetentes, otros inútiles, otros corruptos, pero todos tienen buen corazón. ¿Y qué haremos con los 2.000 adolescentes que se han quedado dentro? Pues los traemos a la península —menos a Cataluña, que el socio Junts no quiere, ni al País Vasco, pues Bildu sólo acepta adolescentes euskaldunes— y les pagamos el colegio, la sanidad, la vivienda y lo que haga falta. También a sus familias, que no tardarán en llegar. Es cuestión de humanidad, dicen. Quizás habría que pasar la factura de los costes públicos (como se hace con la atención hospitalaria de los ciudadanos de la UE) al país-amigo que los ha enviado sin siquiera flotador.
Después de leer la prensa europea, me parece claro que a los ciudadanos de allende los Pirineos, Sánchez les parece un peligro para la Unión y sus fronteras. Europa le va a pedir a Marlaska que construya en Ceuta un muro más alto que la luna. «Hay que respetar las fronteras», ha advertido la señora Van der Leyen mientras hacía sus maletas veraniegas. La premier italiana ha sido la más contundente, suspendiendo el espacio Schengen con España, pero los alemanes y nórdicos tampoco entienden la laxa política migratoria de nuestro agonizante Gobierno.
Sin embargo, la Comisión Europea no se esfuerza demasiado en parar las mareas sanchistas (los millones de nietos aceptados o inmigrantes sin papeles que siguen en proceso de legalización). El martes pasado, asustados ante el efecto llamada de Sánchez y la invasión marroquí, se reunieron los ministros europeos de Interior… en cómoda videoconferencia. Esta Europa blandengue, distraída y llena de funcionarios con sueldos absurdos, merece todo lo que le pase.
Mientras el rey Felipe VI se proclama «indignado» por la invasión, ¿qué propone el presidente de la nación para esta España nuestra? Nada. Sigue en Lanzarote, tomando el sol al ritmo de su playlist. El hombre, y no digamos su convicta mujer y su condenado hermano, necesita relajarse. Después de agosto, ya seguirá pactando lo que haga falta con los amigos de Bildu, Junts o Mohamed VI. Esa es su única playlist para el otoño.