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Será Macri o Macri

El Gobierno no tiene muchas alternativas. La suerte electoral está atada al Presidente y a una mejora económica.

El Gobierno presume que su barco ha dejado de tambalear. Asoma desde hace un mes una estabilidad cambiaria desconocida desde mayo.El dólar cayó aproximadamente un 12% desde que Guido Sandleris se hizo cargo del Banco Central. Christine Lagarde, la titular del Fondo Monetario Internacional, elogió el rumbo del plan. Algunas voces oficiales se empiezan a animar de nuevo. Mauricio Macri se metió en un devaneo convirtiendo por horas un partido de fútbol (River-Boca) en una cuestión de Estado. Imposible entenderlo. Dante Sica, el ministro de Producción, anunció que se advierte un freno en la inflación. El mes pasado marcó un récord de 6,5%. Octubre no será mucho mejor.

Aquella precaria estabilidad no oculta los daños profundos que sufre la economía. Aunque atenúa el nerviosismo cotidiano de la sociedad. Las automotrices braman por la caída de las ventas y reclaman la ayuda del Estado. De acuerdo con la Federación de Investigaciones Latinoamericanas (FIEL), la actividad industrial se retrotrajo un 8,7% el mes pasado.

Sin el control del mercado cambiario el Gobierno estaba impedido de pensar en otra cosa. Ni económica ni política. La oposición también. Porque nadie parecía en condiciones de pronosticar el destino de Mauricio Macri. Al nuevo paisaje financiero se añadió una señal de gobernabilidad: la media sanción de la ley de Presupuesto en Diputados. Fue posible gracias a la negociación con el peronismo dialoguista en el Congreso y los gobernadores del PJ. La noción de preservación del sistema se impuso sobre el ímpetu rupturista que siempre exuda el kirchnerismo.

El trance delicado muestra reflejos sensatos en Cambiemos. Elisa Carrió se silenció después de la embestida contra el ministro de Justicia, Germán Garavano. Tiene ganas de volver por el pliego en el Senado de un juez que impulsa el santiagueño Gerardo Zamora. El radicalismo se abroqueló para pugnar por la aprobación del Presupuesto. Macri celebró el espíritu de cuerpo. Aunque a veces le disgustan celebraciones de las cuales no forma parte. Rogelio Frigerio, el ministro del Interior, y Emilio Monzó, el titular de la Cámara de Diputados, se exhibieron en un asado festivo después de la maratónica sesión. Ambos fueron clave en la estrategia que le permitió al Gobierno sortear el primer escollo parlamentario. Esa estrategia, por supuesto, no fue ajena al Presidente.

La tranquilidad a la vista sirvió para que se reactive el laboratorio electoral del macrismo. Marcos Peña alterna sus horas de trabajo en la Casa Rosada con otras en el comando de campaña de la calle Bolívar, en San Telmo. Se hizo tiempo, incluso, para compartir una reunión de Gabinete bonaerense que presidió María Eugenia Vidal. Hay que hilvanar de nuevo algunos cabos que quedaron sueltos por la discusión del Presupuesto.

Macri descubre un problema con la agenda de la coyuntura. El desaliento por la realidad económica sigue creciendo. El impacto por el escándalo de los cuadernos de las coimas y la corrupción parece decrecer. Un buen mensaje para Cristina Fernández. Un trabajo de la consultora Federico Aurelio que circula en el poder lo constata. Las críticas por la situación de la economía que eran en junio del 58,5% saltaron en octubre casi al 60%. El enojo por las revelaciones oscuras de la década pasada, en igual lapso, descendió del 23,2% al 17,6%.

Entre las cinco primeras preocupaciones de la sociedad están la inflación (27,6%), la falta de empleo (11,9%) y la pobreza (10,9%). En segundo lugar figura la corrupción (15,3%). En el tercer puesto el mal funcionamiento de la Justicia (14,1%). Entre este par de tópicos puede existir una relativa concatenación. Un dato llama la atención si se lo compara con una de las razones maestras que explica la coronación de Jair Bolsonaro en Brasil: la inseguridad asoma en el séptimo lugar de las preocupaciones argentinas. Por debajo incluso de la cuestión educativa.

El mismo sondeo nacional estaría revelando otra cosa. Vidal continúa siendo la dirigente nacional mejor ponderada (49,3%). Muy por encima de Cristina (39,5%) y de Macri (37,4%). Pero en el comparativo de las gestiones aquella brecha se encoge. La imagen del Presidente se traslada íntegramente a su gestión. La gobernadora pierde más de cinco puntos. Conclusión: Vidal no tendría autonomía en la percepción pública respecto del Gobierno nacional. Es natural que así acontezca. Algo similar sucede con Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad.

Dicha fotografía consolida un criterio electoral en Cambiemos. La suerte del 2019 sigue estando atada a Macri. A la posibilidad de su recuperación. Ligada sustancialmente a la evolución económica. Las diferenciaciones pagan de modo coyuntural. Hasta resultan necesarias en una coalición. Pero no garantizarían, al menos por ahora, ningún horizonte electoral distinto en 2019 para el Gobierno.

Tal definición apunta a dos cuestiones. La hipotética postulación de Vidal para disputar la Presidencia. El rumoreo de dirigentes radicales que verían con agrado una interna a Macri en las PASO. En el primer caso, si el Presidente desistiera de su reelección por la falta de expectativas económicas ningún reemplazo mágico (Vidal) modificaría el cuadro. Esa dura realidad arrastraría también cualquier intento de despegue radical.

Vidal posee un estilo propio. Pero demasiadas veces existe una tendencia a sobreinterpretar esos modos. Como si existiesen diferencias políticas insalvables con el Presidente. Ha pactado con Sergio Massa en Buenos Aires para lograr el funcionamiento de la Legislatura. Es cierto que el dirigente renovador resulta ácido para Macri. ¿Pero qué debió hacer la gobernadora? ¿Declararlo enemigo y complicar la gobernabilidad del principal distrito del país?

Otro tanto ocurre con su histórico vínculo con la Iglesia y el Papa. El Presidente convive en ambos casos con una permanente tensión. ¿Debería Vidal congelar su diálogo con Francisco? Además se hace hincapié en su perfil social, bastante más diluido por naturaleza en Macri. La gobernadora no se cansa de recorrer los bolsones desposeídos del Conurbano. Se inquieta por la recesión y el desempleo. Ha estado un paso adelante en la actualización salarial de los estatales y los planes sociales. Vive obsesionada por mantener la paz social. ¿Le sirve sólo a ella? ¿O no es también crucial para garantizar la gobernabilidad de Macri?

La descripción no desconoce, sin embargo, la existencias de desacuerdos precisos. La gobernadora tuvo un papel activo en septiembre cuando el Presidente remozó su Gabinete. Pregonó la necesidad de cambios profundos. No lo consiguió. Desde entonces, optó por alejarse de los entuertos nacionales y recluírse en Buenos Aires. Prefiere no chocar con el jefe de Gabinete para no chocar con Macri. Tampoco ocultó quejas por la media sanción del Presupuesto cuyo ajuste priva a Buenos Aires de millones para el Conurbano provenientes del fondo de reparación y del presunto ahorro que significó la reforma jubilatoria.

Las únicas palabras disonantes, en ese aspecto, correspondieron a su ministro de Gobierno, Joaquín de la Torre. Criticó a Frigerio pero se desdijo no bien la gobernadora lo reprendió. No ha vuelto a hablar en público sobre el conflicto y no piensa hacerlo porque conoce los problemas de Macri. Pero existirá una compensación que se conversa. Con obras públicas y con dinero. Habrá que ver el monto. El Presidente sabe mejor que nadie que no puede descuidar Buenos Aires ni la Ciudad, sus bastiones, si pretende tener chances con la reelección. La reunión de Gabinete nacional y bonaerense conjunta en Trenque Lauquen no respondió a una casualidad.

El radicalismo también dejó entre paréntesis un debate que insinuó el deseo de participar con candidato propio en las próximas PASO. La chispa se había encendido tenuemente en un acto que contó con la presencia del ex embajador y diputado Martín Lousteau. Sería la carta taquillera con que cuentan los socios de Cambiemos. Pero al titular del partido, Alfredo Cornejo, y al resto de las espadas principales les sonó imprudente blandir el tema. El cierre lo puso el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales: “El candidato es Macri”, aseguró, para despejar nubes.

La persistencia de Macri en el futuro escenario y el sosiego financiero también sirvieron para estimular la interna peronista. Lejos parece Cristina de resignar su candidatura en pos de la unidad. Cuenta a favor con dos guiños: el escándalo de los cuardenos de las coimas sigue sin alarmar a sus fieles. Aquella misma encuesta de Federico Aurelio la coloca ahora en intención de voto dos puntos por encima del Presidente. Pero muestra un par de contrariedades: sólo un 9% entre los indecisos manifiesta que podría volver a votarla. Un 58% afirma que no lo haría jamás. Hay un 18%, en cambio, predispuesto a insistir con Macri. Un 48% se negaría terminantemente.

Entre los peronistas dialoguistas, muy por debajo de Cristina y de Macri, sobresalen Juan Manuel Urtubey, de Salta, y Massa. Pero esa alternativa electoral en construcción enfrenta por ahora un problema insoluble: Buenos Aires. Allí la clientela se segrega entre Vidal y Cristina. Un tapón para cualquier intención de crecimiento.

Vidal, por lo visto, piensa ir por la relección en la Provincia. A la ex presidenta no la amedrenta la caravana judicial que afrontará el año que viene. Con cuatro juicios orales que, difícilmente, más allá de alguna probable condena, la aparten de la carrera. Despunta el mismo escenario del 2015. De polarización. Como corresponde a una nación que siempre acostumbra a vivir mirando sólo su espejo retrovisor.

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