Soledad Morillo Belloso: ¡Estamos en campaña!

Hay algo visceralmente criollo en esta costumbre nacional de vivir con el oído pegado al rumor del zaguán, masticando la rabia en silencio y esperando que el café de la mañana traiga, al fin, una buena noticia. Es eso lo que presiento y siento. Venezuela se sacudió la parálisis de encima y se metió de lleno en una ebullición que nada ni nadie puede atajar.
Pretender que las manecillas de la política nacional se mueven al compás burocrático y perezoso de una oficina pública es ignorar nuestra estirpe: la verdadera contienda por el poder no arranca cuando un burócrata desganado le pone el sello húmedo a una Gaceta; empieza cuando Juan Bimba comprende que la comida de sus hijos, el gas de la cocina y el destino de su casa se están jugando en la acera de enfrente.
Lejos de ser un espantapájaros de zozobra, este revuelo anticipado es la prueba irrefutable de que la política le rompió el cerrojo al desencanto para volver a su oficio ancestral: convencer, encender la calle y buscarle una salida al despeñadero. En este tablero encendido, dos mujeres encarnan la tensión de un país que se niega a morir de mengua y hastío:
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Tragar polvo en la carretera y plantarse en las ciudades y pueblos no es para ella un simple libreto de campaña; es el acatamiento ciego de un mandato popular que ve en su andar el bastión de la dignidad, el estandarte de la decencia.
Su huella en el asfalto, la articulación de la rabia cívica y la defensa innegociable de los derechos fundamentales trascienden la retórica barata de los mítines de alquiler y la bailadora en templetes: encarnan la urgencia viva de reventar los candados de las cárceles políticas, de volver a abrazar a los muchachos que se nos fueron por los caminos del mundo y de levantar una economía donde el trabajo rinda para algo más que sobrevivir.
Su presencia en la calle es un chuzo clavado en el costado del poder y la certeza de que la transición, aunque le pongan obstáculos, ya no es un consuelo de tontos, sino una tarea en marcha.
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Desde las moquetas del poder, la contienda se disfraza de pragmatismo con olor a pintura fresca.
Entre apretones de manos con bolichicos corsarios y empresarios conversos, parches pegados con saliva de cotorra a la infraestructura hecha pedazos, trajecitos de firma y discursos de oropel, se teje una estrategia desesperada por lavar culpas y vender la idea de que ella es distinta a la catástrofe a los que crearon y siguen administrando.
Su narrativa pretende convencer a un país agotado de que ella es la única capaz de garantizar un plato de sopa, una calma chicha y puentes con el extranjero, apostando a que el miedo al caos termine por doblegar la memoria de la gente y transforme la desesperanza en una resignación agradecida.
Ah, pero el hambre de futuro y de respeto no se adormece con bolsas de comida ni se apaga con propaganda de televisión.
En las colas del pan, en las paradas del autobús, en los grupos de WhatsApp que son la única foto familiar que nos queda y en cada esquina golpeada de esta patria se está celebrando el mitin más profundo y feroz de nuestra historia contemporánea.
Con dos visiones tan antagónicas disputándose la respiración del país, la gente ya se plantó en la raya: cansada de ser convidada de piedra, decidió bajarse a patadas de este tiovivo de mentiras para agarrar, de una buena vez, las riendas de su propio destino.
Si eso lo entienden en Washington, pues dejarán de ser obstáculo.
Comprenderán que no hay nada que finalmente detenga a un pueblo que decidió agarrar el toro por los cachos y que por muy potencia que sea Estados Unidos, nadie -ni Trump, ni Rubio, ni Vance ni los generales en el Pentágono- puede tirar de las barbas a Dios.
Estamos en campaña. Alguien dice, y con razón, que esta es una campaña admirable.