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Nicolás Redondo Terreros: No toquen a los exiliados

«Sánchez hace irrespirable la política y dudoso hasta lo que nos debería unir. No defienden a los exiliados ni a sus hijos, los utilizan sin miramientos»

No toquen a los exiliados 

Ilustración creada con IA.

 

Cuando los pícaros y aventureros se adueñan del espacio público, todo se embarra y oscurece. La democracia, que no deja de ser un juego paradójico de equilibrios inverosímiles, se ve forzada, siendo la opinión sustituida por la burda propaganda y convirtiendo la verdad en un cuento de parte. Hasta lo más noble se desacredita. Los exiliados de la República, además de enriquecer material y, sobre todo, culturalmente, a algunos países de América Latina, son un símbolo de integridad, de dignidad y de amor a lo que habían perdido. Durante mucho tiempo representaron con dramático realismo la triste historia de las dos Españas embistiéndose tan coléricamente como irracionalmente.

Los meses de verano los he ocupado en volver a leer con detenimiento la biografía de Ramón Menéndez Pidal de Pérez Villanueva. Las razones que me han llevado a volver sobre el libro han sido varias. Pero las dos fundamentales tienen que ver con nuestra triste historia reciente. La primera es la capacidad de olvido y de desprecio que manifestamos los españoles con nuestras más señeras figuras intelectuales. Y en el caso de don Ramón, no se me quita de la cabeza que su postergación tiene que ver con la brevedad de su exilio. Menéndez Pidal volvió pronto a España, entre otras cosas porque su trabajo, muy reconocido fuera de nuestras fronteras, lo tenía en Madrid, en su biblioteca, en sus libros.

Pero para muchos pasó, lo tengo seguro, por una persona «débil» y hasta «traidora» a los valores de la República, olvidando su dignidad mientras fue presidente de la Real Academia, firmando en momentos del mayor riesgo comunicados a favor de los presos políticos del franquismo. Quito todo el valor a esos zelotes del pasado porque muchos de ellos no pudieron, por edad, o no se atrevieron a expresar su oposición al franquismo en el momento que se necesitaba valor para hacerlo.

La segunda razón es la fecunda correspondencia. Es pródigo el libro al que me refiero en extractos de esa naturaleza, con exiliados como Américo Castro, que expresaban su tristeza por la lejanía en la que vivían, y ello en medio de aceradas y certeras críticas a su comportamiento durante la República. Conmueven su sinceridad y sus lamentos, lo mismo que los testimonios recogidos en Hambre de Patria de Juan Francisco Fuentes, en las librerías desde hace un año.

Leemos también en esa correspondencia tristeza por estar alejados de España, rabia por los errores cometidos durante la República, angustia por su futuro personal y el de España, empobrecida materialmente y culturalmente; silenciada por una dictadura y aislada internacionalmente. Casi todos hablan de la división suicida de los españoles, de nuestra incapacidad para llegar a acuerdos, transigiendo, cediendo, aceptando que el adversario podría tener parte de razón. Son páginas llenas de sentimiento las de Hambre de España y de ansiedad por llegar a un tiempo de concordia que superase los frentes seculares, que parecían y vuelven a parecer insalvables.

«Cada párrafo representa sus lágrimas por lo destruido y su esperanza en conseguir una España capaz de entenderse»

Cada párrafo representa sus lágrimas por lo destruido y su esperanza en conseguir una España capaz de entenderse con una concordia pública mínima, que limite la capacidad de destrucción de los enfrentamientos de trincheras, confundidos con la pluralidad inherente a las democracias. Max Aub: «El español de hoy, el español de ayer, supongo que el de mañana, llevará muy en alto, desplegada, negra, una gran bandera en la que se lea: ‘Muy lejos de nosotros la funesta manía de entendernos’». El escritor, que volvió a una España idealizada por la nostalgia, y no encontró ni el reconocimiento ni la armonía que esperaba, pareciera que estuviera escribiendo hoy.

En el mismo sentido de Aub, «las guerras civiles, pronunciamientos, destronamientos y restauraciones enseñan que los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por ASENSO común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo», escribe Azaña en 1939. O Machado estableciendo dos extremas posiciones al describir a España escribiendo sobre Unamuno: «El dilecto/ predilecto/ de esa España que se agita / porque nace o resucita».

En fin, en el IV Congreso del PSOE, Prieto dice: «¡Nuestra patria! Negar afecto a ella pertenece en cierto modo a una especie de demagogia universalista, sin auténticas raíces. Si entre nosotros alguien creyó no profesarlo, la expatriación le habrá sacado de su engaño. Todos sentimos en el áspero destierro, además de hambre de justicia, hambre de España». 

Representaban, la mayoría, una España señorial, orgullosa y doliente. Una España que pudieron intuir que resucitaba en el abrazo con el que el rey Juan Carlos se fundió con la viuda de Azaña, Dolores Rivas Cherif, en México en los primeros tiempos de la Transición. Ese gran ejemplo de españolidad que fueron los exiliados de primera hora se merece todo el reconocimiento de una España que representa lo que ellos reclamaban con brillantez y sentimientos de angustia. Se puede prolongar este reconocimiento a sus hijos y nietos, reconociéndoles la nacionalidad española, que es lo más importante que podemos ofrecer.

«El Gobierno progresista de ‘la gente’ todo, hasta lo más noble, lo embarra y lo empequeñece»

Así lo reconocía literalmente una ley, fraudulentamente forzada, para convertir ese homenaje en un instrumento partidario, sometido a serias duras cuando se amplían los criterios de reconocimiento a los descendientes de otros españoles, los emigrantes por motivos económicos. Desde luego que los que huyeron del hambre y la miseria merecen nuestro cariño y reconocimiento también, pero son grupos de muy distinta naturaleza. Los transterrados por motivos ideológicos, en un sentido amplio, representan nuestro fracaso para lograr periodos de tiempo extensos de paz, libertad y progreso. Yo lamento que tuvieran que irse muchos españoles por razones económicas, pero los exiliados representan justo lo que deberíamos evitar y, sin embargo, nos empeñamos, parece, en repetir. 

El Gobierno progresista de «la gente» todo, hasta lo más noble, lo embarra y lo empequeñece. El sectarismo de Sánchez hace irrespirable la política y dudoso hasta lo que nos debería unir. No defienden a los exiliados ni a sus hijos, los utilizan sin miramientos, como lo han hecho con la Guerra Civil y con la lucha antifranquista. No hay para ellos nada sagrado que no pueda ser manipulado en aras del enfrentamiento civil en el que han encontrado un hábitat propicio. 

En ese sentido, termino con el reconocimiento a la Sala del Tribunal Supremo, que ha impuesto el interés general a los intereses partidarios, pequeños y bastardos del Gobierno, y recojo un párrafo de una carta de Menéndez Pidal a Fidelio Figueiredo: «La mayor desgracia de la patria era, sin duda, la rudeza con que en ella se daba la división de derechas e izquierdas, las dos Españas, que usted sabe mejor que nadie; y ahora esa división se ha ahondado poniendo por medio un foso de sangre, ¿habrá político que sepa allanar ese foso para fundar sobre él la tercera España, indivisa y concorde?». Desde luego, sabemos que ese político que reclamaba Pidal no es Sánchez.

 

 

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