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Gehard Cartay: Bitácora venezolana (VII) María Corina y su triunfal regreso

El regreso de Machado representa el regreso de un gobierno constitucional a Venezuela" - RFI

El triunfal regreso de María Corina Machado el pasado 25 de julio, en medio de abrumadoras muestras de apoyo, afecto y reconocimiento a su liderazgo, pone otra vez las cosas en su sitio.

En primer lugar, ratifica su liderazgo indiscutible entre los venezolanos. No exagero si señalo que el suyo es ahora un liderazgo sin precedentes en la historia reciente de Venezuela. Porque se trata de un liderazgo diferente a otros, me parece que está basado en la confianza entre ella y la gente, y no en promesas demagógicas; asentado en la sinceridad de sus planteamientos, y apegado a la verdad y no a la mentira «cazavotos». Se trata de un liderazgo responsable, auténtico y franco, como lo exigen las circunstancias actuales.

Una de las cosas que sobresalieron en su recorrido desde Barquisimeto hasta Caracas —atravesando el corredor central de Valencia y Maracay, y en medio de largas colas de enfervorizados partidarios— fue la ausencia de discursos y declaraciones por su parte. Otro tipo de liderazgo habría terminado cediendo ante los miles de simpatizantes y caído en la tentación de ofrecerles «villas y castillos», de acuerdo con la vieja expresión castellana. Ella se limitó a abrazar a quienes se le acercaban, darles la mano, decirles algún cumplido y demostrarles su afecto. A quienes desde lejos la vitoreaban, les agradecía sonriente con las manos extendidas.

Fue algo extraño, ciertamente. No hubo explosiones de demagogia ni de promesas de su parte, sino un silencio sorprendente y al mismo tiempo muy emotivo en medio de aquellas multitudinarias muestras de afecto que recibió en todo el trayecto hasta la capital. Creo que se trata de un hecho también sin precedentes en nuestra política, porque nunca antes había ocurrido algo similar, a mi juicio. Considero, además, que refleja un nuevo liderazgo y una nueva manera de hacer política y de comunicarse con la gente, en un país harto de discursos y de ofertas incumplibles.

Pero igualmente hay que destacar el comportamiento cívico de aquella multitud que espontáneamente la recibió en el trayecto hacia Caracas. Que se sepa, no hubo ningún hecho que lamentar, ningún acto violento, ningún altercado. Todo transcurrió en medio de un ambiente de civismo extraordinario y de fiesta democrática, algo que dice mucho de la madurez de los venezolanos aun en medio de la tragedia que sufrimos, y que dejó «con los crespos hechos» a quienes irresponsablemente anunciaron o temieron —en Caracas y en Washington— que el regreso de María Corina iba a «desestabilizar al país».

Un nuevo y responsable liderazgo

No es poca cosa lo ocurrido y anuncia —insisto— no solo una nueva manera de hacer política, sino que pudiera también significar una nueva manera de gobernar, lo que, sin duda, agradeceríamos muy de veras los venezolanos después de estos 27 años de habladera de paja, de verborrea inútil, de demagogia barata y, fundamentalmente, de promesas incumplidas.

Y ese es un hecho capital en estos tiempos, por cuanto Venezuela venía sufriendo una crisis escandalosa de liderazgo. Lamentablemente, con la llegada del castrochavismo al poder en 1999, líderes emergentes que ya habían probado su capacidad y experiencia como parlamentarios, gobernadores y alcaldes vieron cerrados sus caminos futuros a consecuencia de la instauración de un régimen autoritario, militarista y antidemocrático —negado al relevo y a la alternancia— y, desde luego, por la crisis de los partidos históricos a finales del siglo pasado.

Desde entonces, en nuestro país habíamos presenciado en el campo opositor el fracaso recurrente de dirigentes mediocres, sin sustento ni sustancia, incapaces de formular proyectos de largo alcance y también carentes de la mínima formación intelectual que exige el ejercicio del poder. Y conste que nadie puede exigir que los hombres de poder sean académicos o intelectuales, pero tampoco pueden ser analfabetas funcionales, faltos de formación y desprovistos de todo atisbo de superación personal.

La situación del régimen de facto es aún más penosa, pues carece de legitimidad y legalidad, no tiene líderes ni relevo, es repudiado por los venezolanos y no cuenta con ninguna posibilidad de retornar al poder en un futuro cercano. 27 años de ignominia, saqueo, corrupción y destrucción no pueden pasar en vano para ellos.

Sin embargo, en el actual panorama venezolano insisto en que debe destacarse como excepcional el liderazgo creciente de María Corina Machado: un hecho sin precedentes en tiempos recientes y muy distante de la mediocridad que caracteriza a buena parte de la dirigencia actual. Ella hoy encarna las aspiraciones y los sueños de la gran mayoría de los venezolanos, y en la medida en que se mantenga en el centro político podrá concretar su próxima llegada al poder por la vía democrática y liderar un gobierno desprovisto de demagogia y populismo, alejado de cualquier extremismo.

Tiene cómo hacerlo: inteligente, capaz, preparada, carismática, conocedora de Venezuela y su gente, con amplias relaciones internacionales, nuestra Premio Nobel de la Paz reúne las mejores condiciones para recuperar al país y llevarlo a metas de progreso y bienestar. Y digo esto, alérgico como soy desde siempre a los mesianismos y caudillismos que tanto daño nos han hecho, consciente de que ella encarna un liderazgo moderno, compartido con las mejores inteligencias y voluntades venezolanas, y dotado de un programa de gobierno realista y cumplible.

María Corina y la recuperación de nuestra democracia

La exitosa llegada de María Corina Machado a Venezuela debería acelerar la marcha de los acontecimientos y obligar a la toma de importantes decisiones que se han venido ralentizando por parte de quienes usurpan el poder y de ciertos círculos influyentes en Washington.

Bien se sabe que el régimen chapotea en un inmenso charco de ilegitimidad, ilegalidad y vacío de poder. Y esta es una situación muy grave e insostenible, aparte de que tales irregularidades conspiran en contra de los objetivos anunciados por Estados Unidos tras la captura de Maduro y del desconocimiento de los dispositivos constitucionales para proveer su sustitución, tal como se debió hacer hace 10 meses.

Hoy en Venezuela no existen instituciones constitucionales ni tampoco Estado de derecho. Existe un régimen de facto desde hace tiempo que, por eso mismo, carece de toda legitimidad. A este respecto, hay que recordar los hechos sucedidos en los últimos dos años y medio.

El 24 de julio de 2024 se produjo un insólito golpe de Estado propiciado por la camarilla gobernante con el apoyo de la cúpula militar y del propio Consejo Nacional Electoral, al desconocerse el triunfo de Edmundo González Urrutia, elegido por abrumadora mayoría como presidente de la República en las elecciones celebradas ese día. Este zarpazo contra la soberanía popular quedó evidenciado ante todo el mundo gracias a las denuncias fundamentadas de María Corina Machado y de quienes la apoyan, al mostrar las actas de votación —esas mismas que el chavomadurismo no ha presentado hasta ahora por mantenerlas ocultas— con los resultados electorales que dieron a González Urrutia un porcentaje cercano al 70 %, correspondiéndole al derrotado Maduro el resto de los votos. Una paliza en toda regla, por supuesto.

Luego vino otro golpe de Estado, esta vez propiciado por el Tribunal Supremo de Justicia y la Asamblea Nacional contra la propia Constitución Nacional, al no aplicarse sus disposiciones tras producirse el pasado 3 de julio la ausencia absoluta de quien ocupaba la presidencia de la República. La Constitución, en su artículo 233 [nota: ajustado al articulado constitucional correcto], establece que cuando exista falta absoluta de la persona que ejerza la presidencia durante los primeros cuatro años del período —tal como es el caso de Maduro—, «se procederá a una nueva elección universal, directa y secreta dentro de los treinta días consecutivos siguientes». El TSJ inventó una supuesta «ausencia forzosa» —que no existe en la Constitución Nacional— a fin de convalidarle a la Asamblea Nacional la no declaratoria de ausencia absoluta y permitir la interinidad de la vicepresidenta de la República, incumpliendo el mandato constitucional que obliga a celebrar elecciones presidenciales en los plazos que ella misma establece obligatoriamente.

Sin embargo, los cabecillas del régimen y sus «juristas» han incumplido ese mandato constitucional para prolongar su interinidad ilegítima y de facto, algo inaceptable. Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos mira para otro lado, interesado solamente en el petróleo venezolano.

Distinguidos juristas, así como la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, han solicitado el cumplimiento de la previsión constitucional. Incluso, la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV advirtió contundentemente que «mantener a una autoridad no electa en la Jefatura del Estado viola la soberanía popular», y agregó que «el principio de continuidad administrativa no aplica para la Presidencia de la República, sino para cargos de designación menor». Por si fuera poco, ese mismo pronunciamiento señala que «el ejercicio indefinido de una autoridad no electa —cuya legitimidad de origen es puramente designataria— viola el principio democrático, la soberanía popular y el derecho fundamental al sufragio consagrado en el artículo 63 constitucional».

Si se busca recuperar la plena vigencia de la Constitución y del Estado de derecho, la única vía que existe es la convocatoria inmediata a elecciones nacionales y, luego, a regionales y municipales; pero esta posibilidad la vienen demorando los usurpadores en su ambición por continuar en el poder a como dé lugar.

Claro está que esa prioridad lleva aparejada la designación urgente de un nuevo Tribunal Supremo de Justicia y de un nuevo Consejo Nacional Electoral —aunque sea con carácter interino—, así como, simultáneamente, la liberación plena de los presos políticos, la eliminación de las inconstitucionales inhabilitaciones políticas y, por supuesto, la fijación de un cronograma para elecciones presidenciales, de la Asamblea Nacional y, posteriormente, los comicios regionales y municipales. Tal sería, en mi opinión, el orden de prelación que debe asumir la comisión instalada para buscar soluciones a la crisis que sufre Venezuela, las cuales deben resolverse con premura y brevedad.

Pero también existen otras prioridades urgentes que el retorno de María Corina como líder indiscutible de la gran mayoría de los venezolanos debería apresurar para su efectivo cumplimiento y que, desde luego, la comisión negociadora integrada por representantes del régimen y por diputados de partidos opositores asimismo debería acelerar.

Entre ellas, sin duda, la liberación inmediata de todos los presos políticos, sin condiciones de ninguna especie; el cese inmediato de la represión y la persecución de la disidencia, anunciado por el régimen pero incumplido hasta ahora; garantías para el libre retorno de los exiliados; respeto a la libertad de expresión y de opinión; anulación de las inconstitucionales «inhabilitaciones políticas», y regularización de la situación de miles de venezolanos sometidos a medidas cautelares absurdas y discriminatorias.

En definitiva, lo crucial ahora es avanzar en soluciones concretas y rápidas, siendo sin duda urgentes las elecciones presidenciales y de la Asamblea Nacional por las razones expuestas. Lo demás vendría por añadidura si se hacen las cosas de la mejor manera.

La presencia de María Corina debería contribuir a restablecer pacíficamente la democracia en el país, con el apoyo de los venezolanos y de acuerdo con la Constitución y las leyes.

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