Guadalupe Sánchez: Votasteis gestos, tenemos muertos
«Al socialismo le han bastado ocho años para subdesarrollar un país europeo. La degradación democrática, institucional y de los servicios básicos es insoportable»

Imagen generada con IA.
España es el país del postureo y la impostura. Basta asomarse a las redes sociales: un escaparate infinito de gente que finge una vida que no es la suya. Y el PSOE lo sabe. Por eso no te ofrece gestión, solo relato y escenificación: un eslogan efectista —la fuerza del amor—, un bailecito mitinero o un beso a la parienta después de un «te quiero, Begoña». Los españoles no se movilizan ni por propuestas ni por presupuestos. Lo explicó perfectamente la economista María Blanco en 2021, en un libro cuyo título ya era toda una sentencia: Votasteis gestos, tenéis gestos. El votante ha dejado de exigir resultados para conformarse con ademanes. Y quien vota gestos, recibe gestos.
Tras ocho años de gobierno socialista, los gestos se traducen en muertos.
Más de cien. Cuarenta y seis en Adamuz, en enero. Unos setenta, de momento, en Urda. Personas que compraron un billete, buscaron su asiento y quizá mandaron un «ya voy de camino» por WhatsApp. Pero que nunca llegaron. Tengo el estómago descompuesto mientras escribo, pues sé que todavía hay familias en el Instituto de Medicina Legal de Toledo esperando noticias de sus seres queridos.
De Adamuz, nueve meses después, seguimos sin conocer las causas. Lo de Urda, en cambio, el Gobierno lo ha resuelto en tiempo récord. Aún no habían terminado de sacar cuerpos de entre los hierros de los trenes siniestrados y sus correas de transmisión mediáticas ya tenían diagnóstico y culpable: un trabajador de ADIF. Con la causa bajo secreto de sumario, filtraron unos audios seleccionados y convenientemente sesgados. Una mezquindad que, al contrario de lo que creían en Moncloa, no les deja en buen lugar. Encontrar un culpable en horas no es buscar la verdad: es levantar un cortafuegos para que las llamas no lleguen al Ministerio.
Porque lo que de verdad les aterra es que hablemos de aquello en lo que han convertido la alta velocidad española. El sistema de control de velocidad de la línea Madrid-Sevilla —el LZB— data de 1992 y lleva años esperando su relevo por el europeo ERTMS. Cada vez que el tren pierde la señal con tierra, se detiene en seco. El 5 de octubre, 23 días antes de la tragedia, el consejero delegado de Iryo advirtió en el Senado que era «el asunto más frecuente» en esa línea y que «lleva bastante tiempo reconectarse». El 28 de octubre, a primera hora, el LZB volvió a caer. Decenas de kilómetros de vía sin su protección y media docena de trenes parados.
«Política de mierda, otra vez: la que antepone la supervivencia del Gobierno a la de sus ciudadanos»
La Guardia Civil investiga ya qué hay detrás del supuesto fallo humano aireado por el ministerio. Yo no tengo la respuesta, pero sí una pregunta que no me deja dormir: ¿quién necesitaba que esos trenes circularan? Estamos en precampaña. Las líneas de alta velocidad paralizadas, con miles de viajeros varados en mitad de nada y gente tirada en las estaciones, es una foto letal a un mes de las urnas, porque no encaja con la imagen optimista sobre el devenir del país que el PSOE necesitaba transmitir en sus narrativas. Me temo que, una vez más, la prioridad no fue la seguridad de los pasajeros, sino que el escaparate siguiera abierto. Que los trenes circulen y que nada se note. Política de mierda, otra vez: la que antepone la supervivencia del Gobierno a la de sus ciudadanos.
Pero ahora me van a permitir que me dirija al votante sanchista de 2023 que está pensando reeditar su voto después de todo lo acontecido en esta legislatura. Porque no pueden alegar ignorancia. Porque votaron a un presidente que les había encerrado con dos estados de alarma inconstitucionales. Que cerró el Congreso ilegalmente para no rendir cuentas en lo peor de la pandemia. Que indultó a los condenados del procés, derogó la sedición y rebajó la malversación a la medida de sus socios. Que alumbró una ley que rebajó la condena a miles de agresores sexuales. Lo sabían todo. Estaba en el BOE. Y aun así, metieron en la urna la papeleta con el logo socialista.
No les engañaron. Se dejaron engañar, que es mucho peor. Sabían perfectamente lo que votaban, pero les salía a cuenta. A unos les bastó la paguita; a otros, el carguito o la silla en la tertulia de la tele que pagamos todos. Vendieron a sus compatriotas por un plato de lentejas. Y encima presumen de conciencia social y de superioridad moral. No son más que unos miserables que han renunciado a su conciencia y a sus principios.
Al socialismo le han bastado ocho años para subdesarrollar un país europeo. La degradación democrática, institucional y de los servicios básicos es insoportable. Hoy subir a un tren es un acto de fe. Una riada se lleva a más de 200 vecinos y el Estado se pierde en disputas competenciales. Se amnistía por siete votos y una presunta cloaca socialista, según la UCO, recurre a narcos para amedrentar a una juez que investiga al entorno familiar del presidente. Y la hipocresía ya ni se disimula. Por un desahucio bien ejecutado, acampada y decreto con nombre propio. Por más de cien muertos en las vías, minuto de silencio y prohibido politizar. Maricarmen les daba votos. Los muertos de Urda se los quitan.
Los países no se subdesarrollan de golpe. Se subdesarrollan a plazos, voto a voto. El 29 de noviembre algunos volverán a votar gestos, aun a costa de seguir contando muertos.