Michel Houellebecq: «En Francia la violencia no viene del descontento, sino de que ya no hay miedo a la Policía ni a la Justicia»
El escritor francés, la estrella invitada del Festival Ja! de Bilbao 2026, reflexiona sobre la situación actual de Francia y el despertar religioso de Europa, entre otros asuntos

Michel Houellebecq, durante la entrevista con ABC. (Javi Julio)
Michel Houellebecq aparece en la sala con su abrigo de interior, su camisa vaquera y sus botines negros: va vestido de Houellebecq, ese hombre al que todo parece darle un poco igual, y sin embargo… El escritor trae la mirada alucinada de siempre, una mirada profundísima, penetrante, y marca el tempo de la conversación con sus silencios desafiantes, larguísimos, como de estar buscando lo que dice en algún lugar del abismo o la memoria o la imaginación, ¿y no es todo lo mismo? Es un personaje tan reconocido y reconocible que lo más fácil con él es equivocarse, confundirlo con su sombra, como nos advirtió hace tiempo su colega Frédéric Beigbeder: «Houellebecq es un moralista romántico casi cristiano a quien todo el mundo lo toma por nihilista decadente».
—¿Se reconoce en ese retrato?
—Sí, Beigbeder está en lo cierto, salvo en el tema del cristianismo. Todo lo demás es verdad.
—¿Y por qué le toman por nihilista?
—Se ve como nihilista alguien que no comparte los valores de su tiempo, y yo no creo mucho en el progreso, tampoco en la salud. En general no comparto los valores que nos rodean. Una vez dije un poco en broma que te enciendes un cigarro y ya te consideran un nihilista. Y esto cada vez es más cierto.
—Hoy los fumadores son sospechosos, pero no sé de qué. Ni por qué.
—Creo que hay una voluntad de control social muy potente en este momento. Y se ve aún más ahora, con los cigarrillos electrónicos. No son nocivos para el resto, para quienes están a tu lado, por lo que cabe preguntarse por qué se están prohibiendo ahora tanto como los cigarrillos normales. Yo creo que es para aumentar el control social. Ya lo vimos durante el covid: mucha gente estaba realmente encantada, porque podía espiar y saber qué hacían sus vecinos o sus familiares, y los señalaba. Fue increíble. Hay una voluntad general de control [en un par de respuestas se echará la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacará su cigarro electrónico para fumar, y entonces parecerá que estamos de nuevo en el siglo XX].
—Vivimos un momento extraño: muchas de las sociedades que quieren prohibir el tabaco son las mismas que han aprobado la eutanasia.
—Pienso lo mismo [deja un silencio para pensar]. Es una pena, porque yo escribo libros, pero no me siento suficientemente capaz de definir esta época con una palabra que tenga la suficiente fuerza… La eutanasia ha sido lo máximo de mi compromiso militante. Tengo un recuerdo bastante amargo de lo que sucedió en Francia. Por motivos que tienen que ver con la política francesa de los últimos años, con sus rarezas, el proyecto de ley tardó mucho tiempo en ser aprobado. Ocurrieron muchas cosas, fue para adelante y para atrás. En la Asamblea Nacional se votó tres veces. Y cada vez que se votaba iba bajando el porcentaje que estaba a favor de la eutanasia. Si se hubiera seguido durante dos años más, la Asamblea hubiera rechazado este proyecto de ley, que por cierto luego el Senado también lo rechazó… En eso fracasé. La gente que estaba en contra de la eutanasia fracasó, pero por muy poco.
—Sus libros no son ajenos a la violencia social, a la violencia de las calles: más bien todo lo contrario. ¿Cómo está viendo la situación actual en Francia?
—Quizás esto haya sorprendido en el extranjero, pero los franceses están empezando a estar acostumbrados a la violencia. Desde hace ya varios años, cada vez que hay algún evento que reúne a bastantes personas en las calles –y da igual si es una manifestación, una fiesta nacional, una final de fútbol– se producen pillajes. Siempre. Cada vez. Por eso no me ha impresionado tanto lo que ha sucedido. Es triste decirlo, pero los franceses nos hemos acostumbrado a la violencia.
—¿Cómo ha pasado?
—Creo que ha habido un fracaso judicial: la gente tiene cada vez menos miedo a que les detengan. Así que no es difícil de entender que esto ocurra cada vez más.
—¿Pero la violencia viene del descontento o solo de la ausencia de miedo a la represión?
—No es por el descontento, es porque ya no tienen miedo a la policía. Ni a la justicia, sobre todo.
—¿Y desde cuándo es así?
—No lo sé, la verdad.
«Te enciendes un cigarro y ya te consideran un nihilista. Esto cada vez es más cierto»
—Con los años ha cambiado su opinión respecto a la religión: ha pasado de decir que estaba muerta a afirmar que hoy es una fuerza de la historia en Europa.
—Es lo que dicen las estadísticas, y yo creo en ellas: los bautizos están subiendo. Es algo raro, es un fenómeno que no sé cómo explicarlo realmente. Es algo que ha sido sorprendente, que ocurre en los últimos años, este fenómeno, este despertar espiritual.
—Tengo la sensación de que ningún intelectual vio venir esto.
—Es que nadie lo vio venir, ni una sola persona, nadie. Ni siquiera la Iglesia. Ellos son los primeros sorprendidos de lo que está sucediendo.
—¿Y tiene alguna intuición de dónde viene este despertar?
—Esto tiene mucho que ver con los jóvenes, y yo estoy muy lejos de ser joven… Es posible que estén siguiendo el ejemplo de los musulmanes, que creen que no es tan ridículo tener fe y adaptarse a ella. El catolicismo, en cierto modo, se ha beneficiado de eso.
—Hay quien dice que tiene que ver con la necesidad de crear nuevas comunidades para refugiarse.
—Sí, sí, es uno de los motivos, sin duda, aunque no el único [y aquí viene otro silencio]. No sé si hay una religión individual sin ritos colectivos. Yo no la conozco, al menos.
—A usted, ¿le gustaría tener fe o es algo que simplemente ha descartado de su vida?
—Tengo un poco miedo, y además soy demasiado mayor para cambiar.
—Se acerca ya a los setenta años… ¿Le ha enseñado algo el tiempo?
—Sí, pero todo es un poco banal. Digamos que hay cosas físicas que ahora son difíciles, eso es todo.
—Antes decía que no creía en la salud. ¿Por qué?
—Creo que es un valor sobre el que se insiste demasiado. Hay muchos mensajes para que te ocupes de tu salud. Demasiados.
—Tal vez es por miedo a la muerte.
—Yo siempre he dudado sobre el miedo a la muerte. Nunca lo he encontrado. He visto a gente morir y no he visto que tuvieran miedo.
—Entonces, ¿usted no tiene miedo?
—No.
«He visto a gente morir y no he visto que tuvieran miedo»
—He estado releyendo estos días su libro ‘Más intervenciones’, y en una entrevista de 1995, en la que le preguntaban lo que unía a toda su obra, decía: «Tengo la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal». Treinta años después, ¿sigue pensando lo mismo?
—Sí, sigo teniendo esta misma intuición. Son cosas que uno se da cuenta bastante pronto [y arrastra el silencio, como pidiendo otra pregunta].
—¿Y cuándo se dio cuenta de esto?
—Se me ha olvidado, la verdad. Fue hace mucho.
—¿Sigue marcando esto su escritura, su literatura?
—Probablemente esto marca mi personalidad en general, todo lo que soy. Y por lo tanto también mi literatura.
—Entonces, ¿se considera un pesimista o un realista?
—Todo el mundo piensa que es realista, tanto pesimistas como optimistas. Todos piensan que tienen la razón, que tienen la verdad. Y no veo muchas excepciones a esta norma.
—En aquella entrevista de 1995 también decía que la única superioridad que reconocía era la bondad.
—Sí, es verdad. Y de esto sí me acuerdo muy claramente. Es una frase que vi en una especie de postal. En realidad no es mía, sino de Beethoven. Y cuando la leí pensé que eso era lo que yo pensaba. Nunca había tenido algo tan claro: la única superioridad que reconozco es la bondad.
—Le vuelvo a citar: «Su objetivo era describir la humanidad y sus comportamientos, no recriminarla o reformarla; en resumen, era un escritor».
—Debería haber precisado: un escritor de novelas. Porque hay algunos escritores religiosos cuyo objetivo es modificar al ser humano. Y también ellos son escritores. Aparte de eso, sí, es lo que pienso de la escritura, de su cometido. Al menos de la que yo la he practicado. Mi objetivo nunca ha sido cambiar a los demás.
—¿Hasta qué punto tiene entonces el escritor algo de sociólogo que radiografía la realidad que le ha tocado vivir?
—Bueno, depende. Hay algunos escritores que son más sensibles que otros. Hay algunos que no se ocupan de la sociología y se entregan más a la psicología, como diciendo: yo no formo parte de eso. Pero yo no desdeño la sociología.
—¿Y eso es una elección o una cuestión de carácter?
—Es porque yo soy hábil en eso. Se me da bien observar los comportamientos sociales, analizarlos. Y uno tiene que saber en qué es bueno. Tal vez tiene que ver con el carácter, si en el carácter incluyes lo que uno percibe. Es muy importante la percepción, porque no todo el mundo percibe lo mismo.
—Sobre Emmanuel Carrère ha dicho que es un autor que elige muy bien los temas sobre los que escribe, y que esto es una habilidad que no se destaca lo suficiente, cuando es fundamental para la literatura.
—Yo diría que también soy bastante bueno en eso, ¿no? La diferencia entre Carrère y yo es que él necesita implicarse, estar implicado en el tema, formar parte de él. Yo no. Me basta la imaginación. Cuando escribí ‘Serotonina’ y salían las protestas de los agricultores… Eso simplemente sucedió porque yo quería que ocurriera el libro en un lugar determinado. Y en ese lugar determinado había ganaderos que producían leche. Eso no suele ser un buen tema para escribir, pero era lo que había [y ríe].
—Con ese libro se ganó la fama de profeta, porque luego llegaron las protestas de los chalecos amarillos, que rimaban con las protestas de su libro.
—El movimiento surgió de los mismos lugares a nivel geográfico, y también de un medio social próximo [ahora deja un silencio largo como un párrafo]. Pero lo de profeta es un poquito exagerado, no obstante.
«Es más fácil entender el mal que el bien. Incluso el altruismo es misterioso»
—Sostiene que el mal no es un misterio, pero sí el bien. ¿Por qué?
—Es más fácil entender el mal que el bien. Incluso el altruismo es misterioso. Yo creo que nadie ha conseguido explicarlo. Nadie.
—Los católicos tienen una respuesta: nos crearon para hacer el bien, venimos del bien y vamos al bien.
—Sí, eso dicen los católicos en multiplicación [sonríe]. Pero también dicen que la fe es un misterio, así que un misterio nos remite a otro misterio. En eso consiste su explicación. Y hay otras explicaciones que no son tan habituales… Hay quien dice que estamos genéticamente dirigidos a eso [y aquí lo deja para beber su café].
—Por cierto, ¿está escribiendo algo nuevo?
—Sí.
—¿Y puede contar algo del libro?
—No.
—A Marguerite Duras tampoco le gustaba hablar de lo que estaba escribiendo, decía que eso le quitaba la fuerza para escribir.
—Y eso es cierto. La escritura tiene que ver con la soledad. Si le dices algo a alguien, no podrían detener su reacción, y eso es demasiado intrusivo. Se escribe en la soledad.
Al apagar la grabadora, Houellebecq dice: «Parece que no he cambiado mucho de opinión con los años, ¿no?».
