Soledad Morillo Belloso: Quiero un macho en mi vida

Lo confieso sin el menor rastro de pudor: quiero un macho en mi vida. Y no me vengan ahora los analistas del comportamiento ni los consejeros sentimentales de oficio a dictarme cátedra sobre las bondades de la soledad o la autosuficiencia. No, señor. A estas alturas de la vida una sabe muy bien lo que necesita, y yo necesito un macho. Pero uno de verdad.
Quiero un macho, bien macho, que me espere al cruzar la puerta con una pasión desinteresada y feroz, de esas que ya no se consiguen en el mercado de la gente sensata. Un tipo que me mire como si yo fuera la octava maravilla del mundo, incluso en mis días de peinado atroz y mal humor matutino. Un macho leal, sin fantasmas del pasado, sin traumas no resueltos con la ex y sin esa molesta manía de revisar el celular cada tres minutos como si estuviera resolviendo el destino de la humanidad.
Busco una compañía sabrosa, alguien de gustos sencillos y rotundamente claros, pero apasionados. Que le entusiasme salir a caminar conmigo por la playa al atardecer, que no pida el control remoto cuando nos echemos juntos a ver televisión, que escuche mis largas disquisiciones sobre la coyuntura nacional sin darme opiniones no pedidas, y al que se le ilumine el alma con el simple ofrecimiento de un beso.
Exijo, eso sí, cierta textura en el afecto: me gustan peludos, de orejas generosas, preferiblemente de cuatro patas y con una cola que azote los muebles con entusiasmo salvaje apenas pronuncie su nombre.
Así que despejen las dudas y ahórrense las felicitaciones románticas. Ya le tengo su plato listo en la cocina, el permiso para dormir conmigo y la correa colgada junto a la puerta.
Porque para complicaciones existenciales y discursos vacíos ya tenemos bastante en este país; el amor verdadero, el puro, el que no pide explicaciones ni exige finuras, solo te lo da un buen perro esperándote en la puerta de la casa.
Soledadmorillobelloso@gmail.com