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Trece y martes, ni te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes

Martes 13: todo lo que no debemos hacer

 

Eso solía decir mi abuela Remedios, la bella y sabia, cuando el almanaque nos amenazaba con un martes, aunque no fuese 13, pero muy en especial si además lo era; el 13 es el número de la mala suerte entre nosotros, como el viernes 13  es el día de la mala suerte para los alemanes. Hoy, que no tenía tema para subir a mi blog, de repente se me ocurrió averiguar de dónde proviene esa prevención contra el martes como día no propicio ni para casarse ni para embarcarse. Y ni corto ni perezoso le pregunté a mi dilecta amiga Miss Hortensia Google, y ella me remitió a un portal que es orito en polvo, como podrán comprobar pulsando sobre este enlace:

https://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/de-donde-surge-el-famoso-refran-en-martes-ni-te-cases-ni-te-embarques/

Este portal, yo que ustedes lo registraría entre sus Favoritos, porque si le han echado una ojeada a su contenido, en la columna de la derecha, habrán comprobado que encierra auténticos tesoros en relación con refranes y con expresiones que usamos en la vida diaria y de las que no sabemos su origen. Por ejemplo, en España todavía queda mucha gente que suele decir, cuando lo que tenía que suceder en un momento determinado sucede bastante más tarde: «A buenas horas, mangas verdes». A todos quienes se la he oído decir les he preguntado si sabían qué significa eso en su sentido original, y nadie supo respondérmelo. Si a ustedes les interesara saber el origen de la expresión, pulsen en este enlace:

https://www.abc.es/historia/abci-buenas-horas-mangas-verdes-poderosa-policia-reyes-catolicos-siempre-llegaba-tarde-201711290152_noticia.html

Y como no hay dos sin tres, y sí la pescadilla que se muerde la cola, volvamos a los números de la mala suerte con una anécdota que me sucedió con Borges en octubre de 1982. Acerca de ese viaje de Borges por Alemania he escrito y publicado un texto que apareció en la revista Nexos, mexicana, en octubre del año pasado y que pueden leer pulsando en este enlace:

https://cultura.nexos.com.mx/cuando-borges-conocio-a-junger/

Lo que no conté en la crónica de ese encuentro es que el viaje de Borges prosiguió por varias ciudades alemanas más, y vino a terminar en Bonn, cuando Bonn todavía era la capital de Alemania, una década antes de que una miopía histórica hiciera que trasladaran la capitalidad del país a una provincia del Este. Y ocurre que una excelente amiga mía, neerlandesa, quiso hacerle una entrevista a Borges.

Barber van de Pol había ganado ya el premio nacional de traducción de los Países Bajos por su versión al neerlandés de El coronel no tiene quien le escriba, y podría haberlo ganado fácilmente dos veces más por sus traducciones de Rayuela y de Don Quijote si no fuese porque el rígido reglamento del premio impide que se conceda más de una vez a la misma persona.

Sabedora de que yo poseía un hilo directo con Borges después de nuestro encuentro en Stuttgart y en la casa de Ernst Jünger, Barber me telefoneó desde Ámsterdam para pedirme que le consiguiera una entrevista con el gran viejo. De inmediato me puse en contacto con María Kodama, le expliqué quién era Barber, y María agendó la entrevista para cuando arribaran a Bonn. Y así, el día en que Borges & Co. llegaron a la entonces capital, Barber, mi mujer y yo nos pusimos en camino desde Colonia y llegamos al hotel donde Borges y Kodama se alojaban.

Me dirigí al conserje, le mostré mi credencial “ábrete sésamo” de redactor de la Radio Deutsche Welle y le pedí el número de la habitación de Kodama, ya que pensé que tal vez Borges estaría cansado del viaje y reposando un rato. El conserje me dijo cuál era el número (uno que ahora no recuerdo) y que podía llamarla desde la misma recepción. Así lo hice y para mi sorpresa me respondió Borges, a quien le dije sin ocultar mi sorpresa«Hola, Borges, soy Ricardo Bada, no sé si me recuerda, de Stuttgart y la visita a Jünger, perdóneme si interrumpo su reposo pero acá en la recepción me han dado este número como el de la habitación de María». «Sí, sí, mire, pero María y yo hemos cambiado nuestras habitaciones, ahora le digo a María que baje a encontrarse con ustedes», y colgó sin despedirse.

María Kodama llegó en efecto uno o dos minutos más tarde y nos explicó sonriente que cuando le dijeron a Borges el número de su habitación de inmediato hizo que lo cambiasen a la suya, la de María, porque el dichoso número era el de la mala suerte… en el Japón. La buena educación me prohibió inconscientemente preguntarle cómo es que Borges le delegaba la malas suerte a ella, que era [es] medio japonesa. Además, tuve [tengo] la impresión de que María no era [es] supersticiosa.

Al rato vino Borges, y se encerró en un gabinete con Barber para hacer la entrevista con calma y vis–a–vis, o mejor dicho, cara a cara, porque Borges ya no veía. Meses después, cuando Barber publicó la entrevista en una de las más prestigiosas revistas de los Países Bajos, mencionó el papel que desempeñé en su génesis, pero sin nombrarme: me llamó simplemente Amigo. Esta es la primera y la única vez que una amistad mía me ha llamado así, con mayúscula. Han pasado ya casi 40 años y todavía le estoy agradecido a Barber.

 

 

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