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Un Gobierno que miente

En una maniobra vergonzante, el Ejecutivo de Pedro Sánchez se ha visto obligado a admitir la realidad del positivo por coronavirus de Carmen Calvo

España atraviesa la peor crisis en lo que va de siglo con el peor Gobierno imaginable al frente. En plena pandemia del coronavirus, nuestro país acaba de superar a China en el ominoso ránking de fallecidos, y aún no hemos pasado lo peor. Ante panorama tan desolador, la capacidad de reacción del Ejecutivo que comanda Pedro Sánchez se adivina incierta, como no podía ser de otro modo tratándose de un equipo formado por gente fundamentalmente inexperta, aunque su maestría es innegable cuando del grito radical y la pancarta extremista, del ruido y la furia vacía de contenido, se trata. Enfrentado a un problema mayúsculo, como el que supone esta pandemia, su desempeño no puede ser más lamentable. El resultado es una aproximación al drama que vivimos titubeante, improvisada y siempre tardía, siempre por detrás de los acontecimientos.

Este es un Gobierno que claramente no está a la altura del envite histórico que le ha tocado afrontar y que, además, no tiene el menor respeto por la verdad. Sánchez más parece un jugador de ventaja, un trilero profesional, que el presidente del Gobierno de una democracia parlamentaria. Acaba de demostrarlo, una vez más, con lo ocurrido en torno al contagio de su vicepresidenta primera, Carmen Calvo, al verse obligado a admitir, un día después de la intachable información publicada por este diario, que la prueba que le realizaron el martes había dado positivo. Tras la noticia de Vozpópuli, La Moncloa respondió con la añagaza del “negativo no concluyente”, una patraña sin sentido que desprestigia a la Presidencia del Gobierno y contribuye a deteriorar el ya de por sí escaso crédito del que goza Sánchez y su equipo.

En una maniobra vergonzante, el Ejecutivo se ha visto obligado a admitir la realidad del “positivo” por coronavirus de Calvo. Vozpópuli tenía razón y Moncloa mintió. Lo hizo seguramente porque el positivo de la vicepresidenta apuntala aún más las numerosas querellas que esperan a este Gobierno por haber permitido y alentado la manifestación feminista del 8 de Marzo. La mentira como forma de hacer política. Mintió este Gobierno con la visita nocturna a Barajas del ministro Ábalos en el escándalo de Delcy Rodríguez, también destapado por este periódico. Mintió con la carta de petición de ayuda a la OTAN, en la que fija el 9 de marzo como fecha de arranque del contagio masivo, justo después, qué casualidad, de la manifestación. Miente cuando culpa al empedrado de la no llegada de esos suministros sanitarios que los hospitales reclaman a gritos. Y sigue mintiendo cuando carga sobre los gobiernos autonómicos la responsabilidad de los errores cometidos en la gestión de la tragedia.

La hora de la verdad

En momentos tan dramáticos como los actuales, el país reclama con toda urgencia un Gobierno que no mienta. Es la hora de la verdad. España no puede afrontar la sangría de los cientos de muertos que la pandemia provoca diariamente con la sospecha, que para muchos es certidumbre, de que a los mandos de la administración del Estado se encuentra un mentiroso dispuesto a dispensar justificaciones inauditas cada vez que es requerido. Un personaje cuyo único interés parece residir en alimentar su ego a través de un uso inmoderado de la televisión pública, desde la que se permite lanzar unos mensajes tan largos como vacíos de contenido, seguidos de unas ruedas de prensa –que el portavoz del Ejecutivo pastorea sin ningún rubor- que harían enrojecer de vergüenza a cualquier Gobierno de una democracia liberal. Ello por no hablar de las interminables comparecencias de ministros y expertos varios, que poco aclaran y nada tranquilizan.

En días de terrible tribulación, los españoles se sienten orgullosos de sus sanitarios, auténticos mártires de esta gran catástrofe, de sus policías, sus transportistas, sus militares, sus farmacéuticos, y todos aquellos colectivos que, arriesgando sus vidas, mantienen en pie los servicios básicos del país. No pueden estarlo, sin embargo, de un presidente y de un Gobierno dedicados a mentir sin el menor rubor. Ningún estado de alarma justifica tanto engaño y tanto desprecio a la transparencia. España no se merece un Gobierno que miente por sistema.

 

 

 

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