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Villasmil: Churchill, Zapatero y Pedro Sánchez

 

De nuevo elecciones en España; la cosa va de récord. Cuatro elecciones en los últimos cuatro años. Un Déjà vu fatigoso.

A esta altura, los dirigentes máximos de los partidos son como contorsionistas sobre un alambre; las estrellas máximas que ofrece el circo en que se ha convertido la política española son de muy mala calidad; todos ellos en sus cargos y pompas porque no hay nadie más para la tarea.

En la noche del 10-N, el supuesto vencedor, Pedro Sánchez, mostraba una mueca descompuesta; había convocado unas elecciones innecesarias, había jugado con el calendario electoral, e intentado manipular a su favor hasta la mudanza de los restos de Francisco Franco; todo con el objetivo primordial de destruir a Podemos y obtener al menos 140 escaños. Terminó con 120, perdiendo tres con respecto a las elecciones de abril pasado, además de quedarse sin 20 senadores (y 750.000 votos, de los cuales más de doscientos mil se fueron con la odiada derecha de Vox).

Menos de 48 horas después estaba Sánchez,  con sonrisa forzada, pactando con su nuevo vicepresidente, Pablo Iglesias. Luego de seis meses en que se insultaban de lo lindo por los medios de comunicación.  Y lo peor, ambos podrían haberlo hecho –pactar- en muchas mejores condiciones, en abril. Pero es que Sánchez estaba obsesionado por obtener el apoyo de Podemos en el Congreso de los Diputados, pero (y este es un pero muy grande) sin dar nada a cambio.  

Pedro Sánchez (carente siempre de humor, como un conde Drácula a dieta), hace recordar algo que decía el venerable escritor español Benito Pérez Galdós (el 4 de enero próximo se cumplen 100 años de su muerte), “cuando se carece de escrúpulos es más accesible la victoria”. Sánchez incluso tuvo tiempo para programar una visita de los Reyes a La Habana, cumpliendo la promesa hecha por él a su muy best friend Miguel Díaz-Canel. Para colmo, el Embajador español en Cuba, queriendo justificar la visita a la tiranía dijo que “los Reyes no hacen política”. ¿Sabrá el embajador del Gobierno socialista que eso mismo recomendaba el Generalísimo Franco, “no meterse en política”? Además ¿no es acaso “hacer política” visitar a Raúl Castro, secretario general de un partido político, que asimismo es el único partido autorizado en Cuba?

En realidad lo que está detrás es que España es el tercer socio comercial de la tiranía castrista, después de Venezuela y China, representando la mitad del comercio de la Unión Europea con la Isla (unos mil millones de euros). No hay derechos humanos que defender cuando hay que proteger  inversiones y beneficios. Lo cual es tan importante como para que Sánchez y Cía. permitieran que los castristas se burlaran del Rey al censurar su discurso en los medios de la Isla.

La izquierda española, a su muy particular y castiza manera, reproduce conflictos éticos que sufre la izquierda en casi todo el mundo. No hay que ver sino a sus pares latinoamericanos y su postura brutalmente cínica frente a los dramas venezolano, nicaragüense y cubano, al cual se añade ahorita el boliviano.

A saber, mientras tanto, cuánto durará este progresista matrimonio de conveniencias y lo que tendrá que pagar a los independentistas para poder consumarse, cuando ambos cónyuges se han venido montando cachos incluso antes del compromiso de boda. Es que en sus amplias manifestaciones de desprecio mutuo se han dicho tantas cosas terribles que cuesta pensar en un final feliz. Eso sí, ese fogoso abrazo que Iglesias le sacó a Sánchez (al menos no lo besó, como acostumbraban los líderes soviéticos) pareció más digno del programa “Corazón” que de los noticieros y programas de opinión.

En todo estos entuertos también sufren muchos varapalos las instituciones democráticas y la gobernabilidad. En España el sistema de partidos está tan desprestigiado que avanzan los esfuerzos ciudadanos por construir alternativas regionales, ante los cada vez más percibidos  olvidos y corruptelas de las organizaciones nacionales. Logró un escaño un partido cuyo nombre es muy descriptivo de sus programas y proclamas, “Teruel existe”, mientras que “Coalición por Melilla” casi lo logra, y resurge como el ave fénix el Bloque Nacionalista Galego (BNG). Y es que a falta de un partido que encarne un proyecto nacional común, cada quien busca cómo resolverse. Los partidos no quieren cambiar la realidad, así que la realidad los está cambiando a ellos.

Pareciera que los partidos corren en estampida hacia sus extremos más cercanos; el PSOE hacia la ultraizquierda, coaligándose con el chavismo ibérico; y el PP no haya cómo hacer para no perder más votantes con Vox que, con su resultado, hace que España ya no sea la excepción en Europa: la derecha extrema pisa firme en la piel de toro.

El gran ausente hoy es el centro político, a pesar de la creciente fragmentación parlamentaria. Toda una ironía: a más partidos que nunca en el Congreso, menos partidos de centro.

El reciente hundimiento de Ciudadanos (pasó de 57 a solo 10 diputados), que desde el día de su fundación se ofreció como auténtica alternativa centrista, se une a los desaparecidos y olvidados Unión de Centro Democrático (UCD) y Centro Democrático Social (CDS), ambos fundados por el líder de la transición española a la democracia, Adolfo Suárez.

Quizá esa falta de partidos moderados, de centro, ayude a explicar por qué en España se hace tan difícil el diálogo entre partidos, y mucho más la posibilidad de construir coaliciones y acuerdos de Gobierno.  No hay la dosis necesaria de voluntad política democrática, que implica aceptación del contrario y rival.

Pedro Sánchez, habiendo pasado a cuchillo a cualquier posible rival interno, se ha encargado de que hoy, en el PSOE, o es él o el diluvio (como cierto rey francés). El único que se atreve a asomar cabeza es su pana Rodríguez Zapatero, que no contento con ser solamente el canciller oficioso de Maduro, o uno de los fundadores del Grupo de Puebla, acaba de declarar que está a favor del pacto con Podemos y de establecer un diálogo con los independentistas catalanes, para lo cual ofrece sus interesados oficios.

Una especie en extinción en España es el Hombre de Estado; este PSOE de Sánchez y Zapatero no es el de Felipe González; a ese dúo dinámico de la actual izquierda hispanoamericana no le tiembla el pulso a la hora de pactar para gobernar España con quienes están empeñados en destruir su unidad, la constitución de 1978, y los valores consensuados durante la transición a la democracia.

Un pacto Sánchez-Iglesias bendecido por Zapatero intenta llegar a lo que ha sido llamado por los medios “Gobierno Frankenstein”, y que hace recordar la hipótesis central de la famosa Ley de Murphy: “si algo puede ir mal, irá mal”.

Tenía y tiene razón el escritor Arturo Pérez-Reverte, quien apenas llegado Sánchez al estrellato socialista en 2016, tuiteó este premonitorio mensaje: “En comparación con Pedro Sánchez, Rodríguez Zapatero va a parecernos Winston Churchill”.

 

 

 

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Un comentario

  1. Señor Villasmil: parece que ignora usted que los embargos a los gobiernos solo lo padecen los ciudadanos de los países embargados. Si en Cuba hay un régimen comunista en buena medida es a causa del embargo impuesto por los EEUU desde el primer día de la revolución.
    Por lo demás, estoy muy orgullosa de que los gobiernos de España -incluidos los de la dictadura-, no se plegaran nunca a las exigencias de los USA.

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