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¿Se encontrará Trump por fin con un GOP crítico?

Todas las familias dichosas se parecen unas a otras; cada familia infeliz es infeliz a su manera.

 

León Tolstói

El partido Republicano y su presidente, Donald Trump, viven una ‘primavera de descontento”, si queremos recordar y adaptar las inmortales palabras iniciales del desgraciado Ricardo III de William Shakespeare. Descontento de esos que solo ocurren en la peculiar política estadounidense, donde ni los partidos, ni sus dirigentes, ni sus programas, ni sus estructuras, se parecen a sus similares en el resto del mundo.

Trump, dentro de las abundantes alforjas de orgullos que llenan su ego, ha mencionado cada vez que puede su capacidad negociadora, su dominio de las turbulencias que acompañan un proceso entre dos partes que desean optimizar sus ganancias al máximo. En poco más de tres meses en el cargo presidencial ya debería darse cuenta de que la vida como funcionario público guarda distancias importantes con la de un avispado empresario privado.

La verdad es que la experiencia negociadora proveniente de la empresa privada es útil cuando se desea trasladarla al escenario político si se parte de sus diferencias esenciales. ¿La más obvia? que normalmente en una negociación privada es mucho más fácil lograr una situación de ganancia conjunta, porque si usted –por ejemplo- me ofrece un bien que yo necesito, el asunto está en alcanzar un precio que sea más o menos justo para las partes.

La política, en cambio, es terreno esencial de confrontación de pareceres distintos, de ambiciones encontradas, donde muchas veces predomina el llamado juego suma-cero, ya que las ganancias de uno son las pérdidas del otro (el ejemplo más común es una elección para un cargo público: solo uno puede ganar, y los demás aspirantes pierden.)

Puestos a recordar sucesos en el parlamento gringo, donde la mayoría republicana en la Cámara de Representantes –nuestra cámara de diputados- no pudo ponerse de acuerdo para abolir y sustituir la ley de salud impulsada por el presidente Barack Obama, es fácil deducir que el presidente Trump pecó por ignorante y por confiado.

Ignorante de las maneras en que se debate un proyecto de ley, donde una herramienta fundamental es la persuasión mediante el diálogo y la presentación de las ventajas de la alternativa (la llamada “TrumpRyanCare”, frente a la “Obamacare”). Trump amenazó, regañó, insultó. Hizo de todo, menos conseguir los votos necesarios.

Una gran verdad de la democracia gringa es que una cosa es lo que el presidente quiere hacer, y otra distinta lo que puede hacer. Esto último depende en buena medida en las acciones –e intereses- de otros actores, como son los parlamentarios.

El hecho es que Trump llegó a la Casa Blanca confiado en que podría ejercer el papel de Zeus en su particular Olimpo, ubicado no en Grecia sino en la mucho más moderna Washington, y que por ello tendría la suficiente auctoritas para imponer sus criterios y pareceres. Qué inmenso error de cálculo.

No se conoce que sea lector de Hannah Arendt, porque entonces sabría que una característica de la auctoritas es que no se impone mediante un acto de violencia, ya que más bien es su contrario; la auctoritas, para ser efectiva, no puede utilizar métodos de coacción, sino de respeto. Al día de hoy, Trump sigue teniendo poder, pero ninguna auctoritas.

Y aquí la vida te da sorpresas, si no has seguido con atención –es contigo, Trump- la peculiar guerra civil que desde hace años existe en el viejo Grand Old Party (GOP).

¿Se imaginan la situación en que se encontraría el GOP si Hillary Clinton no hubiera sido el desastre de candidata que resultó ser, y hubiera ganado no solo el voto popular, sino asimismo el Colegio Electoral? Los dirigentes republicanos pensaron entonces, ante la sorpresa de la victoria trumpiana, que ya el mandado estaba hecho, que bastaba esperar al comienzo de la nueva administración para pasearse por el Capitolio como toreros después de obtener rabos y orejas. El problema es que lo mismo pensaba Trump, sin concederle mucha importancia a lo que pensaran en el parlamento.

Olvidó que hay sectores ultra-radicales, de extrema derecha –no usemos la palabra conservador, para no insultar a verdaderos políticos conservadores, como Edmund Burke, Winston Churchill, Margaret Thatcher o el mismo Ronald Reagan, tan injustamente mentado y manipulado por estos aspirantes a verdugos que dominan la política republicana hoy- que se acostumbraron a creer que la política en democracia es imposición y no intercambio de ideas, es bota y grito, y no conversación argumental y empática.

Los republicanos se creyeron que la política es decir NO al adversario e imponer su voluntad a rajatabla. Y la cosa se complica cuando tienes que decirle NO a tus propios compañeros.

Como afirmara con acierto un asesor del partido: “incluso el mejor negociador del mundo no puede alcanzar un arreglo con alguien que nunca acepta ceder, sino que solo busca imponer”.

Trump no ha entendido que cada parlamentario vela por su reelección casi las 24 horas de cada día; recuérdese que en los Estados Unidos la cámara baja se reelige, completa, cada dos años (los senadores, en cambio, duran seis, reeligiéndose un tercio de los mismos cada dos). La próxima cita electoral es en noviembre de 2018. Frente a la afirmación del principal estratega de Trump, Steve Bannon (“no viven en el mundo real”), para los parlamentarios gringos su realidad la forman sus votantes, punto.                          

No coinciden en un 100% los intereses de los votantes de Texas, con los de New York, Illinois, las Dakotas o Michigan, así algunos de sus representantes sean republicanos. Y para muchas de las cosas que Trump quisiera impulsar necesita la aprobación del Congreso, de una institución que hoy, luego del affaire Comey, y su destitución como director del FBI, está preocupada por la pérdida de popularidad del presidente y del creciente apoyo popular a su posible impeachment.

Los votantes están cada día más molestos con un partido republicano que no parece saber gobernar, ejercer su mayoría en ambas cámaras parlamentarias; y los congresistas del GOP se encuentran hoy en una posición imposible: si apoyan a un presidente crecientemente incapaz e inestable, muchos ciudadanos pensarán que no cumplen con su deber de controlar a un presidente que viola las leyes; pero si hacen esto último, los seguidores de Trump los llamarán traidores, y se opondrán a su reelección el año que viene.

Lo cierto, finalmente, es que ante cada nueva metida de pata de Trump, en el GOP las armas están cada día más desenfundadas, y los demócratas simplemente se frotan las manos, observando la situación desde las gradas.

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