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Villasmil: Stalin, ¿líder local? (o por qué no somos suizos)

 

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Dentro de las muchas consejas derivadas de la reorganización que cada sociedad debe adelantar a consecuencia de la catástrofe creada por el virus chino, una de las más recomendadas es el aumento de la presencia estatal en los ámbitos económicos, a fin de muy keynesianamente promover la reanimación del empleo, de la construcción, la inversión pública, etc.

Claro, un primer hecho es lo ocurrido en algunas sociedades democráticas (Norte de Europa, Nueva Zelanda, Corea del Sur), muchas de las cuales afrontaron la pandemia con sistemas de salud mejor preparados y acondicionados, y con liderazgos que entendieron la urgencia de lo que estaba ocurriendo, generaron consensos y mostraron empatía hacia los más débiles. Un dato central: son países que gestionan mejor la incertidumbre. Económica, social, ambiental. El coronavirus ha demostrado que hay que pensar no solo en lo que ha ocurrido siempre, sino en lo que podría ocurrir, así no haya ocurrido en más de un siglo (como la pandemia de la gripe española).

Un segundo hecho es que, con pocas excepciones –Uruguay, Costa Rica- los ciudadanos de América Latina están sufriendo por el abandono y desprecio de siempre a las políticas públicas sanitarias, y por liderazgos que, en medio de la confusión reinante, parecieron privilegiar la política sobre la salud general (y se quedaron sin lo uno ni lo otro; futuras elecciones ya nos confirmarán lo que piensa la gente).

En América Latina, por ende, la reconstrucción societaria no puede partir solo de lo que hay institucionalmente, porque es poco, y casi siempre pobremente planificado. Se requiere la combinación de imaginación e innovación, ver qué de bueno se puede aprender de aquellos países que lo hicieron bien, y rescatar y mejorar lo que valga la pena dentro de los tradicionales esquemas analíticos.

Aquí entra entonces una vieja favorita de la cátedra: la descentralización. En Venezuela, la misma revitalizó la democracia, acercó a los ciudadanos a una mejor comprensión de las políticas públicas, e inició una senda positiva que desgraciadamente no solo fue interrumpida, sino incluso destruida, por la dictadura chavista.

La reconstrucción futura en América Latina no puede hacerse con políticas centralizadoras asfixiantes; los venezolanos tenemos experiencia histórica de que ni son eficaces, ni resuelven nada, más bien empeoran todo. Se implementan las políticas en torno a un Estado leviatánico, grande y poco dinámico, cual elefante en cristalería.

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Vayamos con un ejemplo contrario: amigo lector, ¿usted leyó u oyó acaso noticias alarmantes sobre Suiza durante esta crisis coronavírica? Yo, muy poco, y siempre en positivo. Ya sé que alguien dijo hace años, en referencia a la cultural nacional, que ‘no somos suizos”. Pues ya va siendo hora en América Latina de que nos las ingeniemos para parecernos aunque solo sea un poquito. Las excepciones positivas, bien se sabe, y vale la pena mencionarlas de nuevo, porque se parecen más a Suiza que a sus vecinos, son Uruguay y Costa Rica.

 

 

Aquí sigo a Nassim Taleb (el autor del muy recomendable besteller “Cisnes Negros”) en su libro “Antifragile: how to live in a world we don’t understand”, –Antifrágil: cómo vivir en un mundo que no entendemos-. Él pone como ejemplo muy positivo a Suiza.

Suiza es el país más estable del mundo. Y no tiene Gobierno (al menos no como el que estamos acostumbrados a tener que soportar por estos pagos). Y es estable precisamente por ello.

Pregúntele a un ciudadano suizo cómo se llama el presidente de la Confederación Suiza, y es más fácil que recuerde el nombre del presidente norteamericano, o francés, que el propio (como tampoco lo sabía lo busqué en Google: se llama Simonetta Somaruga, y lo es desde enero de 2020). Un hecho que le va a arrugar la cara a la mayoría de los políticos latinoamericanos –miento, a todos-: ha sido electa por un año, y no admite reelección inmediata.

La moneda suiza funciona bastante bien, creo que en eso estamos de acuerdo todos, sin embargo el banco central suizo es pequeño de tamaño, incluso en relación con el país.

Ahora aterricemos un poco más lo que afirmamos arriba: no es que Suiza no tenga Gobierno; lo que no tiene es un Gobierno central gigante. El motor del funcionamiento en materia de políticas públicas se da a nivel de entidades regionales –los cantones- que están unidas en una Confederación. Lo esencial es que las dinámicas e iniciativas fluyen mayormente de abajo hacia arriba, no como acostumbramos por aquí. Ello les ha servido a los suizos, históricamente un pueblo práctico, para protegerse de utopías y de sueños descaminados.

Hay una famosa frase de Orson Welles (dicha por él en el filme «El tercer hombre«), según la cual el mayor logro suizo fue inventar el reloj cucú, lo cual no es verdad por la sencilla razón de que su invento no fue en Suiza (al parecer fue en Alemania, o en Bohemia); en realidad, el más importante logro histórico de Suiza, que debería ser seguido como ejemplo, es un sistema político, económico y social estable.

Estamos de acuerdo en que suena aburrido ¿verdad?; nada de héroes tomando palacios, dictadores huyendo, discursos en plazas ante un millón de personas, revoluciones sangrientas como la de sus vecinos franceses.

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A Suiza le ha ido bien con su peculiar forma de descentralización. Pero es que los ciudadanos de ese país se dieron cuenta muy temprano que el tamaño sí importa (pero en este caso, al parecer mientras más pequeño es mejor). Y el secreto está en entender que si usted incrementa el número de ciudadanos de una comunidad específica, altera la cualidad de la relación entre las partes. ¿Parece obvio, verdad?

Si se multiplica por diez el número de personas en una entidad dada, usted no preserva las propiedades, las transforma. Y la biología funciona de otra manera, porque el contacto persona a persona cambia los patrones de conducta. No es lo mismo ser alcalde de dos mil habitantes que de doscientos mil (no digamos dos millones). Un político con cargo público que se encuentra a sus vecinos en misa los domingos se tiene que sentir más preocupado por sus errores, y seguramente más responsable por ellos. Lo pensará dos veces antes de causar un daño a la comunidad. En los entes políticos grandes – y la pandemia lo ha vuelto a demostrar- los ciudadanos son cifras abstractas. Al haber poco contacto social con seres humanos “normales”, predominan las hojas de cálculo y las estadísticas sobre las emociones. No servidores públicos, sino burócratas sin empatía.

En Suiza la dinámica descentralizadora cantonal, repitamos, genera un sistema sólido, por estable, y por más humano. Y si algo ha probado el coronavirus es que la realidad socio-política que más importa es la local, la municipal.

Y aquí llegamos al título de la nota: un tirano sociópata como Stalin lo habría tenido muy difícil para gobernar en una municipalidad suiza. O Hugo Chávez, el Che Guevara, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro, Pablo Iglesias, Juan Domingo Perón. Agregue, amigo lector, si lo desea, otros nombres, que por desgracia abundan en estos tiempos accidentados.

 

 

 

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