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¿Un nuevo gerente para la MUD?

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Dentro de los posibles cambios que se señalan y circulan libremente por los predios opositores, con el fin de revitalizar a la hoy quebrantada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), alianza electoral de diversas organizaciones partidistas opositoras –al menos la mayoría de ellas- a la actual dictadura chavista, uno de los más publicitados, por razones obvias, ha sido la sustitución del secretario ejecutivo de la alianza, Jesús Torrealba. 

No están dedicadas estas breves líneas a evaluar la gestión de Torrealba, ni tratan sobre su reemplazo (esta nota es escrita antes de que se produzca el anuncio oficial de los cambios), sino a revisar, desde sus principios formales, el cargo de coordinador-gerente de una organización política.

El verbo castellano “gerenciar” (en inglés “to manage”),  tiene su origen en el siglo XIII italiano. “Maneggiare” hacía referencia a la habilidad de manejar un caballo, a partir de la palabra latina “manus”, o mano. En el siglo XVI se comenzó a usar de forma más amplia, en la conducción –“manejo”- de todo tipo de eventos, desde el matrimonio a la guerra (como nos recuerda Lawrence Freedman, en su libro “Strategy: a History”) . Con ello fundamentalmente se sugiere algo más que la simple administración, pero menos que el control total. Esta convención inicial es fundamental para entender el asunto.

El ejercicio del cargo de gerente requiere de una gran capacidad de generar empatía, pero también, cuando es necesario, de capacidades tanto persuasivas como coercitivas. Tal persona debe infundir respeto, pero también debe conocer cuáles son sus funciones, lo que se espera de él. Traspasar la línea puede generar problemas de todo tipo.

En la política latinoamericana se ha confundido con frecuencia el cargo de gerente con el del dirigente fundamental de una organización, creándose frecuentes desencuentros entre el secretario general (el gerente) y el presidente (el líder político). Hay que entender que la dirección política y la  gerencia son ámbitos que conviene tener siempre bien diferenciados, si queremos que la organización funcione sin problemas adicionales. 

Los gerentes no son por lo general escogidos fundamentalmente por su simpatía (aunque poseerla no haga daño), sino por sus capacidades administrativas y supervisoras a la hora de manejar temas y problemas complejos, bien sea en la política, en la empresa privada, en todo tipo de organizaciones sociales y económicas.

El sentido ya mencionado de “menos que el control total” es importante, porque significa entonces administrar y dar cuentas sobre situaciones y asuntos que el gerente no puede controlar completamente.

Por ello, el gerente no es el principal responsable en la definición estratégica. El control total –y por tanto, de la estrategia- está en manos del liderazgo fundamental –sean los dueños y accionistas de la compañía, en el caso de la empresa privada, o la directiva partidista, en el caso de la política-.

Todo gerente reporta a un órgano superior, responsable de aprobar la gestión gerencial, dar el visto bueno a sus propuestas presupuestarias, por ejemplo. Sin embargo, a mayor complejidad organizacional, mayor dependencia frente a la gerencia, que si bien no controla ni la estrategia ni las decisiones, sí tiene dominio privilegiado de la información.

Los gerentes son empleados que pueden ser despedidos si, a juicio de la directiva, no ha manejado los asuntos como corresponde. ¿Ha sido ese el caso de la MUD? La verdad es que, viendo el bochinche actual existente en la organización, los gravísimos errores cometidos, la extrema falta de calidad en la actual dirigencia partidista, las ambiciones desatadas y las idas y venidas de algunos actores que siguen allí pero que hoy claramente juegan a favor del gobierno, pensar que cambiando al gerente se resolverán en gran medida los problemas esenciales de la coalición, es creer insensatamente que una pulmonía se cura con una aspirina.

Sobre todo ¿qué puede hacer un gerente ante una dirigencia que se niega a serlo? ¿Una dirigencia que, en algunos casos específicos (el ejemplo más claro es UNT y Manuel Rosales) se está ganando el remoquete de “los tírame algo”? ¿Cómo ejercer la gerencia de un cuerpo que está dividido no solo en los medios, sino incluso peor, en los fines? 

Como afirma acertadamente Jean Maninat en una nota reciente (“Quédate tú, pa’ quitarme yo…”), «lo cierto es que a la MUD le llegó el momento de las grandes definiciones (…) Ya se ha anunciado la realización de un post-mortem del fatídico año 2016 que promete muchas vísceras examinadas, pero ninguna perteneciente a quienes dirigieron las maniobras que condujeron al buque insignia opositor hacia los riscos que le desgarraron el casco. Habrá golpes de pecho… pero en tórax ajeno.” (…) “Curiosamente, ahora que se necesita un liderazgo fuerte, convincente, que dé la cara para apuntalar a la Unidad y recobrar el entusiasmo perdido, nadie quiere -entre los líderes protagónicos de los partidos opositores- meterle el hombro a tamaña empresa y prefieren dejar el rescate de la MUD en manos de su secretario ejecutivo, mientras se hacen a un lado canturreando: quédate tú, pa’ quitarme yo, quédate tú.”

Lo lamentable es que no hay gerente, administrador, secretario ejecutivo o coordinador que pueda o deba sustituir al irremplazable, y más que nunca necesario, liderazgo político. Es inaceptable que hoy, en la alianza opositora, haya más aspirantes y candidatos (a lo que sea que el gobierno les permita) que auténticos líderes.

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