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Visiones desde la cuarentena: Bogotá

La lectura, un oficio de solitarios, nos pone en comunión con espíritus afines. En tiempos de distanciamiento social, puede volverse un vehículo para retejer lazos. Esta serie reúne testimonios y reflexiones de la cuarentena más extensa de la historia.

(Seis ideas ahora que se aplaza la Feria del Libro)

 

I

“Cuando pienso, graciosísimas señoras, cuán natural os es a todas la piedad, reconozco que este libro os parecerá grave y triste en sus comienzos, tanto como el recuerdo de la pasada y mortífera peste”.

Así empieza el Decamerón de Bocaccio: siete mujeres y tres hombres que huyen de una epidemia encuentran alivio a su angustia contándose historias en una villa abandonada de Fiesole, cerca de Florencia.

En vez de lamentarnos por lo irremediable, ¿qué tal si organizamos como sustituto de la ya aplazada Feria del Libro de Bogotá un gigantesco Decamerón virtual, un foro para que, mientras estemos encerrados en nuestras casas, podamos contarnos unos a otros historias fascinantes?

El coronavirus ha puesto en crisis la lógica cultural de nuestros días, basada casi exclusivamente en la celebración de festivales. Ya que las circunstancias nos obligan a buscar alternativas, empecemos por no sentirnos derrotados desde el comienzo.

 

II

Claro está: no tenemos que limitarnos a leer el Decamerón de Boccaccio. De hecho, existe una extensísima literatura sobre pandemias que abarca desde La peste de Albert Camus hasta títulos cuyo nombre haría sospechar tramas distintas. Muerte en Venecia y La montaña mágica de Thomas Mann caben perfectamente en la categoría, lo mismo que Salón de belleza de Mario Bellatín, El húsar en el tejado de Jean Giono o la Perorata del apestado de Gesualdo Bufalino. Así las cosas, al primer ciclo de lecturas y comentarios virtuales sobre el Decamerón podríamos agregar otro, paralelo, en el que, guiados por un conocedor del tema, pongamos en marcha una sabrosa tertulia.

En el pasado reciente hubo experiencias similares que ya demostraron tanto su eficacia como su enorme poder de contagio: si hace dos años la lectura de La Divina Comedia por Twitter se convirtió en un inesperado trending topic y además fomentó en Colombia una nueva traducción del Infierno, ¿por qué no podríamos considerar en serio a este posible sustituto? (El propio Pablo Maurette, organizador de tan singular iniciativa, la repetirá, elevando el nivel de la apuesta: ya no se tratará de leer el libro canónico del Dante, sino las siete tragedias de Esquilo, a razón de una cada quince días.)

Repetimos sin cesar que la lectura, un oficio de solitarios, nos pone en comunión con espíritus afines. ¿Qué tal si la volvemos un vehículo para retejer los lazos con quienes estamos separados por la peste, además de para favorecer al comercio?

 

III

Naturalmente, el ciclo que sugiero también puede pensarse en clave local: el telón de fondo contra el cual se proyecta El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez son las sucesivas epidemias que nos atacaron a finales del siglo XIX y que tuvieron como principal causa nuestras guerras civiles. No solo podemos examinar ese contexto y relacionar los elementos de tan nefasta ecuación; también podemos convertir a Fermina Daza y Florentino Ariza en símbolos del poder humano cuando se está en medio de una catástrofe.

 

IV

Antes del coronavirus, en Colombia padecimos la peste bubónica, el cólera, la fiebre amarilla, el tifo epidémico –transmitido por piojos– y, hasta hace unos treinta años, la viruela. Tenemos muchísima literatura que habla al respecto: Juan de Castellanos menciona la “pestilencia de cámaras” (que es como se llamaba a la diarrea en el siglo de Oro); Joaquín García Benítez se ocupa del cólera morbo que acompañó la llamada Guerra de los Supremos; Joaquín Posada Gutiérrez cuenta que, cuando las pestes llegaban a Cartagena, “se hacían tiros de cañón creyendo que podía purificarse el aire con las detonaciones”; Justo Arosemena no solo defendió la necesidad de las cuarentenas, en Panamá y en todos los lados, sino que fustigó, con argumentos que sonarán muy actuales, la negativa de los ingleses a imponerlas: “Aunque se dice que la Inglaterra ha expedido un bill aboliéndolas, creo que ello ha provenido más bien de sus necesidades mercantiles que del principio filantrópico que proclama”.

Todo lo anterior es poco o nada conocido. Aprovechemos el encierro forzoso para pensar tanto en los meandros médicos de nuestra historia como en el hecho inexorable de que la interconexión planetaria hará que epidemias similares al coronavirus vuelvan a presentarse en el futuro.

 

V

Un clásico del ensayismo colombiano fue Thomas Mann, la montaña mágica y la llanura prosaica de Estanislao Zuleta. Leer ahora mismo el libro permitiría repensar, con otra óptica, la tuberculosis que los grupos antivacunas han hecho reaparecer. Pero, mejor aún, nos daría pistas para imaginar qué pasa en una sociedad cuando la economía decrece. El coronavirus como un apoyo dialéctico para reimaginar –o, ¿por qué no?, sustituir– al capitalismo.

 

VI

El doctor Héctor Abad Gómez, padre del escritor Héctor Abad Faciolince, era epidemiólogo. Fue asesinado, entre otras cosas, por exigirle al Estado que impusiera la obligación de pasteurizar la leche y brindar agua potable en todos los municipios del país. (Sus vacunaciones masivas contra la poliomielitis evitaron que Colombia fuera un país de cojos.) Ahora que el espectro de una nueva pandemia se abate sobre nosotros, recordemos que mucha gente magnífica cayó aquí por simplemente pedir lo mínimo.

 

Mario Jursich Durán es escritor y editor, fue fundador de la revista El Malpensante.

 

 

 

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