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Alejandra Pizarnik o la belleza desde la noche de una poeta de culto cada vez más conocida

Se cumplen 50 años de la muerte de la gran escritora argentina (25 de septiembre de 1972). Misterio, asombro, sentidos y oscuridad de poemas como relámpagos. Recuperamos lo que han dicho de ella varios autores y recordamos algunos poemas

Detalle de la portada del libro ‘Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito’ (Lumen). /WMagazín

 

La voz de Alejandra Pizarnik es como un eco que aumenta al chocar con una roca donde estalla para revotar lento en otras y de estas a otras, y de esas a otras, y así… Cincuenta años después de su suicidio, el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, el interés por su obra poética, sobre todo, y narrativa y ensayística empieza a dejar los lugares del culto minoritario para aumentar no solo su presencia entre los lectores de su generación y siguientes, sino en los más jóvenes.

La poesía que tiende a la brevedad de esta escritora argentina es un recorrido por la belleza y los temblores y dudas de la noche del alma y de la vida. Pero también de luminosidades y afectos reflejados en sus diarios, cartas, apuntes y dibujos. Viajes por las estaciones de un dolor transformado en versos y frases en los que suele anidar, muda, la espera; como si Pizarnik dijera Qué es el dolor sino la espera de que algo anhelado suceda y pase, y, tal vez, se aleje. El enigma mismo.

Su obra son imágenes y sentidos nacidos de una orfandad existencial y emocional. La atracción de un misterio reconocido y comprendido convertido en una literatura que no acaba porque cada última palabra que cada verso o poema estalla en relámpagos que iluminan otras sombras.

Una literatura de binomios, como su vida, oscilante como el péndulo de un reloj: presente-recuerdo, sueño-realidad, sentidos-razón, noche-luz, estar-desaparecer, amor-muerte, naufragio-muelle y puerto seguro. Los temas de sus diarios son la infancia, el origen, la familia, el idioma, la sexualidad, la muerte, la soledad, el amor…

Varios son los escritores, críticos y especialistas admiradores de su obra que han tratado de descifrar su enigma, y en esa tarea aumentan la leyenda con más enigmas:

  • «Es el último objeto de lujo de la literatura argentina», aseguró César Aira.
  • «Cada poema [suyo] es el cubo de una inmensa rueda», Julio Cortázar.
  • «Cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira. (Bot.): el árbol de Diana es transparente y no da sombra. Tiene luz propia, centelleante y breve. Nace en las tierras resecas de América. (…) Por lo demás, una pequeña prueba de crítica experimental desvanecerá, efectiva y definitivamente , los prejuicios de la ilustración contemporánea: colocado frente al sol, el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema, que produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta volatilizar a los incrédulos. Se recomienda esta prueba a los críticos literarios de nuestra lengua». escribió Octavio Paz, de Árbol de Diana.
  • «Como un periscopio que se va volviendo hacia sí mismo, Pizarnik fue drástica -quizá de modo inadvertido, pero no por eso menos evidente- en la imposibilidad de inscribir en sus diarios el mundo exterior. Ensimismamiento, autorreferencia, incomodidad ante cualquier tipo de exigencia pública, laboral o institucional, crudeza e ironía en la voz y en la mano (hay dibujos en los cuadernos) que buscan ambas un modo creíble de transmitirse a sí misma ciertos itinerarios sexuales y dos decisiones casi desde el principio asentadas: ser escritora, matarse», Nora Catelli, sobre los Diarios (Lumen).
  • «Como el Hugo von Hofmannsthal, de la Carta de lord Chandos, como Antonin Artaud, como Trakl, como Rimbaud -estirpe de poetas a los que Pizarnik pertenece-, la autora argentina se resistió siempre a perder ese estado primigenio (esa infancia de doscientos cincuenta mil años a la que alude Michaux) en el que el artífice de la palabra no utiliza el lenguaje sino que lo crea, es decir, no es un escritor sino un artista», Ana María Moix, en El País, sobre su Prosa completa (Lumen).
  • «Creo que si la que murió el 25 de septiembre de 1972 era considerada fundamentalmente una poeta, cuando hoy en día la leemos es, además de esa poeta deslumbrante, la prosista, la crítica literaria, la autora de textos narrativos profundamente transgresores, la dramaturga, la autora de un diario, la corresponsal»: Cristina Piña, biógrafa, en el libro Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces (editorial Huso).
  • «Al encanto de Pizarnik de ser una figura envuelta en el misterio y una personalidad inexplicable, hay que añadir el hecho de que palabra por palabra ella escribía la noche […]. Una lírica extrema y también una tragedia», Enrique Vila-Matas, en El País.

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Mosaico con portadas de libros de Alejandra Pizarnik. /WMagazín

 

Entre las obras de Alejandra Pizarnik están Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968), El infierno musical (1971) y su libro en prosa La condesa sangrienta (1971), sobre Elisabeth Báthory, la aristócrata húngara que mató a 650 jóvenes para bañarse en su sangre porque, según la leyenda, le daría belleza y eterna juventud. Toda su obra:

  • La tierra más ajena, 1955.
  •  La última inocencia, 1956.
  • Las aventuras perdidas, 1958.
  • Árbol de Diana, 1962.
  • Los trabajos y las noches, 1965.
  • Extracción de la piedra de locura, 1968.
  • Nombres y figuras, 1969.
  • El infierno musical, 1971.
  • La condesa sangrienta, 1971.
  • Los pequeños cantos, 1971.

Obra póstuma:

  • El deseo de la palabra, 1975.
  • Textos de sombra y últimos poemas, 1982.
  • Zona prohibida, 1982.
  • Prosa poética, 1987.
  • Poesía completa 1955-1972 (Lumen).
  • Diarios, edición de Ana Becciu (Lumen).

Su nombre completo es Flora Alejandra Pizarnik.  Nació en Avellaneda (Argentina) el 29 de abril 1936 y  se suicidó en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972. Sus padres eran inmigrantes rusos de origen judío que al llegar a Argentina perdieron el apellido real de Pozharnik que  pasó a ser Pizarnik. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, y pintura con Juan Batlle Planas y periodismo. Vivió en París entre 1960 y 1964 donde trabajó para algunas editoriales, revistas y periódicos. En La Sorbona estudió Historia de la Religión y Literatura francesa.

Las reediciones de su obra y nuevos ensayos y trabajos alrededor de su figura han aumentado en los último años. En 2021 se publicó Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces (Huso), un volumen que reúne las voces de 85 escritoras de 15 países con el cual se conmemoró el que hubiera sido su 85 cumpleaños; y en 2022 salió Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti (Lumen).

La siguiente es una selección de sus poemas:

Alejandra Pizarnik (1936-1972). /Fotografía del Cetro de Arte Moderno de Madrid

Poemas de Alejandra Pizarnik

LA TIERRA MÁS AJENA

Días contra el sueño

No querer blancos rodando
en planta movible.
No querer voces robando
semillosas arqueada aéreas.
No querer vivir mil oxígenos
nimias cruzadas al cielo.
No querer trasladar mi curva
sin encerar la hoja actual.
No querer vencer al imán
la alpargata se deshilacha.
No querer tocar abstractos
llegar a mi último pelo marrón.
No querer vencer colas blandas
los árboles sitúan las hojas.
No querer traer sin caos
portátiles vocablos.

***

Yo soy

mis alas?
dos pétalos podridos

mi razón?
copitas de vino agrio

mi vida?
vacío bien pensado

mi cuerpo?
un tajo en la silla

mi vaivén?
un gong infantil

mi rostro?
un cero disimulado

mis ojos?
ah! trozos de infinito

UN SIGNO EN TU SOMBRA

Solo un amor

Mi amor se amplía.
Es un paracaídas perfecto.
Es un clic que se exhala y su pecho se hace inmenso.
Mi amor no ruge
no clama
no ruega
no ríe.
Su cuerpo es un ojo.
Su piel es un mapamundi.
Mis palabras perforan la última señal de su nombre.
Mis besos son anguilas que él se ufana en dejar resbalar.
Mis caricias un chorro reminiscente de música sobre fuentes de Roma.
Nadie pudo huir aún de su territorio anímico.
No hay rutas ni pliegues ni insectos.
Todo es tan terso que mis lágrimas se sublevan.
Mi creación es una mojigatería junto a su rubio carromato.
En estos momentos el tintero alza vuelo y enfila hacia linderos inacabables de mosquitos haciendo el amor.
Suena el fatídico sonido. Ya no vuelo.
Es mi amor que se amplía.

***

Más allá del olvido

alguna vez de un costado de la luna
verás caer los besos que brillan en mí
las sombras sonreirán altivas
luciendo el secreto que gime vagando
vendrán las hojas impávidas que
algún día fueron lo que mis ojos
vendrán las mustias fragancias que
innatas descendieron del alado son
vendrán las rojas alegrías que
burbujean intensas en el sol que
redondea las armonías equidistantes en
el humo danzante de la pipa de mi amor

LA ÚLTIMA INOCENCIA

La de los ojos abiertos

la vida juega en la plaza
con el ser que nunca fui

y aquí estoy

baila pensamiento
en la cuerda de mi sonrisa

y todos dicen que esto pasó y es

va pasando
va pasando
mi corazón
abre la ventana

vida
aquí estoy

mi vida
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo

pero quiero saberme viva
pero no quiero hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos.

***

Poema para Emily Dickinson

Del otro lado de la noche
la espera su nombre,
su subrepticio anhelo de vivir,
¡del otro lado de la noche!

Algo llora en el aire,
los sonidos diseñan el alba.

Ella piensa en la eternidad.

LAS AVENTURAS PERDIDAS

Las aventuras perdidas

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

***

Tiempo

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

***

El miedo

En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tú del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labio muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo.

***

La Noche

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

 

ÁRBOL DE DIANA

He dado el salto de mi al alba

He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.

***

Has construido tu casa

has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos

has terminado sola
lo que nadie comenzó

***

La palabra que sana

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

 

 

 

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