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Andrés Trapiello: El don del insulto

«Suele ser mejor insulto aquel que hace gracia, más que sangre».

 

El don del insulto

(Ilustración: Fernando Hernández)

 

 

Quien más, quien menos, todo el mundo insulta. Hasta la persona más comedida y pausada. Al que no se le haya soltado en la intimidad un imbécil, que tire la primera piedra. Sancho Panza sabe incluso que «la soledad y la libertad traen consigo (…) hacer otras cosas» excusables (eructar, peerse). Un cursi diría que el insulto es transversal. Por cierto, los insultos malignos no tienen por qué ser los más atronadores, cabrón, miserable, gilipollas, hijoputa, muy cursados también en la intimidad por todo el mundo. Un ejemplo: cursi, que, como insulto es un pellizco de monja, puede acabar con la reputación de, pongamos por caso, toda una presidenta del Consejo de Estado.

Sancho pasó la famosa noche de los batanes al pie de su amo, quien esperaba, a lomos de Rocinante, saber con las primeras luces del día en qué paraba todo, mientras a su escudero, muerto de miedo, se le aflojaba el vientre. La hedentina llegó pronto a la nariz de don Quijote, que acabó por pedirle que se alejara unos pasos y espaciar así su intimidad: «que el mucho trato que tengo contigo ha engendrado este menosprecio», le advierte.

Cuando el insulto salta del ámbito íntimo o privado al público, suele modularse por atenernos a la buena educación o por temor a las leyes. En este punto, suele intervenir el ingenio, que encontrará el modo de sortearlas y hacer del insulto una de las bellas artes («me gusta la fruta»).

Qué bien lo dijo aquella dama mejicana «a un su amigo»: «Usted y yo tenemos el don del insulto». Pocos lo tienen. Y suele ser mejor insulto aquel que hace gracia, más que sangre. Es un arte difícil. Como el juego de las siete y media del que se habla en La venganza de don Mendo: o te pasas o no llegas, «mas ¡ay de ti si te pasas! Si te pasas es peor».

Y en los insultos lo normal suele ser pasarse. Los que insultan mucho sin gracia, los patosos, acaban recurriendo al matonismo y más si se les da a probar su propia medicina.

En España se van a oír estas semanas insultos de todas clases. El más recurrente en la izquierda populista suele ser el de fascista, ultra, facha, disparado en cualquier dirección. La derecha no tiene uno equivalente. Decir comunista o rojo es para muchos un gran elogio, porque lo fue en origen (Socorro Rojo, Ejército Rojo, etc). Aunque el comunismo haya asesinado a decenas de millones en todo el mundo, siguen creyendo que bien asesinadas estuvieron, pues fueron todas muertes causadas desde el lado correcto de la Historia.

Nos estremece el saludo fascista, pero asistimos a diario a toda clase de mítines y manifestaciones erizadas de puños en alto como un campo de espárragos (y dicho sea de paso, ni las religiones ni el comunismo tuvieron jamás sentido del humor).

Hasta hace no mucho el anticomunista no tenía por qué ser considerado un fascista. Anticomunistas fueron Chaves Nogales, Clara Campoamor y Ortega y Gasset, sin dejar de ser, uno, más de izquierda, la otra, más de centro, y el otro, más conservador. A nadie se le hubiera ocurrido llamarlos fachas. Sería ridículo. Ahora, con los años, la izquierda ha ido achicando el terreno hasta vestir el sambenito de «fascista» a todos los que no comparten sus ideas. Esto lo ha propiciado desde la Guerra Civil la superioridad moral que disfrutan en exclusiva esos sedicentes progresistas: los asesinatos cometidos por los rojos en la guerra ya están amortizados; los de Eta, perpetrados ayer como quien dice, también; los de los fascistas de hace ochenta o noventa años no, ni van a prescribir nunca: se necesita el miedo que causaron para mantener vivo el miedo que ayude a ganar las elecciones.

Y de eso se trata: hacer creer que esos fascista, facha, ultra nunca han sido insultos, sino la mera descripción de un hecho. Pero han abusado tanto de su trato, maltrato y menosprecio, que acabarán haciendo bueno el «si no te llaman facha, no eres nadie», que le oyó uno decir hace poco a Alfonso Guerra, alguien que, por cierto, siempre tuvo el don del insulto, y no toda esta maldita recua que ha venido después de él.

 

 

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