Christina Koch, en los premios Princesa de Asturias 2026: «España, este reconocimiento es el segundo regalo que me haces»
Acepto humildemente este reconocimiento, con la promesa de encarnar los valores de integridad y unidad. Y lo acepto afirmando que este premio de la Concordia pertenece a todos.
La primera vez que estuve en España, me vi llorando abiertamente en plena calle. Acababa de graduarme en la universidad y tenía el trabajo de mis sueños como ingeniera de la NASA; era una aspirante a astronauta que había venido a visitar a su hermana mientras ella estudiaba en el extranjero, aquí en España. Me llamó la atención el titular de un periódico. El mensaje era claro, pero no lo podía creer: había perdido la vida la tripulación del transbordador Columbia, esos astronautas que eran mis héroes. Tenía la esperanza de que, de alguna manera, algo se hubiera perdido en la traducción del titular; de que si volvía a casa corriendo, los periódicos contarían una realidad diferente. Pero no fue así; viajar al espacio es un proyecto de toda la humanidad, y la noticia de la tragedia corría por las calles de todo el mundo. Nuestros embajadores de la Tierra, esos tripulantes de la nave espacial, habían hecho el sacrificio supremo y el mundo entero se puso de luto.
Diez años después recibí una llamada informándome de que podía formar parte de la tripulación de una nave espacial.
Acepté ese privilegio plenamente consciente de su carácter universal. Aquel día, en la calle, me había dado cuenta de que mis héroes eran los héroes de todos, de que las repercusiones de los vuelos espaciales tripulados van mucho más allá de las fronteras del país que lanza el cohete. Cuando esas personas abandonan nuestro planeta, el mundo las lleva en sus corazones. Y eso conlleva una responsabilidad.
Por eso, cuando mi tripulación del Artemis II se puso a definir sus valores fundamentales, se adoptó un lema que tenía sus raíces en lo que había aprendido: «Una misión de todos y para todos.» Lo repetimos una y otra vez, lo incorporamos al logo de nuestra misión y en nuestras interacciones.
Trece años después, me encontré llorando de nuevo. Esta vez, estaba a unos cuatrocientos mil kilómetros de distancia y la luna se hacía cada vez más pequeña a través de la ventana de la cápsula. Mi marido y yo estábamos en una videollamada con mala calidad de sonido.
Él adoptó un tono serio que me indicó que era importante escucharlo a pesar del ruido que provocaban los ejercicios de Victor a un metro de distancia. Me dijo que algo estaba sucediendo «aquí abajo», que la gente se estaba uniendo, sin importar de dónde procedía, sus ideas políticas, su educación o sus recursos económicos. Que estábamos marcando la diferencia. Escuché con incredulidad, me sequé las lágrimas y dije: «Eso es lo que siempre quisimos».
Pero hoy quiero más. Quiero que el mundo entero acepte conmigo este premio. Por haber acogido esta misión en sus corazones y haber permitido que los uniese. Por creer que todos los seres humanos compartimos la misma esencia: la necesidad de sentir amor. De alguna manera, ese bote salvavidas azul eléctrico que flotaba de forma inverosímil, silenciosa, hipnótica –lo bastante pequeño como para esconderse detrás de un pulgar–, la Tierra, permitió evolucionar a una especie capaz de elegirse mutuamente. Ustedes lo demostraron con su reacción ante una misión que acabó siendo un experimento humano.
Pero hay otra interpretación. Y es que hizo falta enviar a personas alrededor de la luna para que el mensaje resultara lo suficientemente convincente y que el amor triunfara. Así pues, esta es la misión de este premio. Háganlo todos los días. No esperen a la próxima misión a la luna para darse cuenta de que sus semejantes son sus compañeros de tripulación. Artemis no tiene por qué ser una anomalía en un mundo que, por lo demás, es «una locura». Elijan el mundo en el que quieren vivir en cada interacción, en cada calle. Elijan vivir sabiendo que la verdadera plenitud está en dar, no en recibir. Confíen, sean agradecidos, muéstrense vulnerables.
España, este reconocimiento es el segundo regalo que me haces, hoy aquí, en este escenario real. El primero fue, sencillamente, preocuparte por los demás seres humanos y ese regalo tuvo lugar en el escenario más importante: una calle cualquiera del planeta Tierra.
