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Ángeles Mastretta: Entre el valor y la soberbia

¿Escribimos para recordar o para ir adivinando lo desconocido? No sé. Tantos años y no sé. Tantos años y habrá quien diga que no importa.

Inventar mundos es querer adivinarlos: ¿quiénes son éstos?, ¿qué pensaban?, ¿qué los conmovía? Pero también tener urgencia de contarlos: Ellos, ¿a quién añoran?, ¿a qué se atreven? Yo, ¿para qué escribo? Es demasiado decir que para fijar un mundo en otros mundos.

Lo que me sucede no necesito reinventarlo. Y eso, a ustedes ¿qué les importa? Nada, tienen razón, estamos todos muy ocupados ocupándonos.

¿El arte tiene la obligación de conmovernos? Yo creo que sí, pero ya estamos conmovidos por una realidad que todo dice a gritos.
¿Qué de lo que uno inventa no le pertenece?

Es un lugar común decir que vivimos en nuestros personajes: agazapados, temerosos, audaces. Pero sí y no. Hay cosas que nunca contaré. La ella que soy yo, sólo las quiere consigo. Y no por avaricia, sino porque no se atreve a tocarlas. Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad. A veces ninguno alcanza para contarlo todo. Ahí mismo está el secreto: en ese equilibrio.
Buen escribiente es quien escribe a diario, no quien habla. Yo de cómo escribir, de los trucos y los equívocos, no sé hablar bien, ni lo pretendo. Es la parte más secreta de una vida privada.

Punto y aparte: Aquí les dejo mis cavilaciones de hoy, que son las de tantas veces.

 

 

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