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Armando Durán / Laberintos: El 26 de Julio de 1953, entonces y ahora

 

moncada31Fidel Castro y otros asaltantes, tras ser capturados 

   El pasado martes 26 de julio se conmemoró en la ciudad cubana de Sancti Spíritus el 63 aniversario del asalto al cuartel Moncada, protagonizado por 131 jóvenes al mando de Fidel Castro. Punto de arranque de la revolución fidelista, pero también origen de su expansión por América Latina, ha sido desde entonces fecha fundamental en el calendario cubano. Hasta ahora, tanto tiempo y tantísimos fracasos después, cuando a pesar de la apertura prometida por Raúl Castro y no cumplida hasta el día de hoy, y de la esperanza generada por la reanudación de relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington, su celebración no pasó de ser un muy disminuido acto protocolar. Para mayor humillación revolucionaria, porque el propio Raúl Castro ha tenido estos días que admitir públicamente, a 63 años de aquel 26 de julio y después de 57 años de gestión revolucionaria de gobierno, que Cuba se encuentra estos días en el umbral de un segundo y penoso “período especial.” Desde esta perspectiva, el viejo dilema revolucionario de libertad o muerte, fundamento trágico de la antigua y heroica visión del mundo que tenían entonces los hermanos Castro, han degenerado en prioridades mucho más elementales. Lo que en realidad le quita estos días el sueño a Raúl Castro es la cruda realidad de una gobernabilidad imposible en el marco anacrónico de un socialismo marxista-leninista que además muy poco o nada le dice a la juventud cubana actual.

 

   Este es el sentido trágico que hoy por hoy desdibuja el recuerdo del asalto al cuartel Moncada. Quizá porque esa memoria épica del pasado ha perdido su significación originaria y fundacional, a la hora de organizar el acto central de este llamado Día de la Rebelión Nacional el pasado 26 de julio, uno tiene la impresión de que el gobierno cubano decidió esta vez achicarle su carga simbólica. Mientras Fidel Castro tuvo fuerzas para hacerlo, presidió año tras año la ceremonia con la finalidad de mantener viva la ilusión revolucionaria a pesar de todas las dificultades. Al sustituirlo su hermano en la Presidencia del Consejo de Estado, el país apenas saliendo de las penurias del “período especial”, ese honor le correspondió a Raúl Castro, protagonista también de aquel episodio del Moncada, en el que casi la mitad de los asaltantes perdió la vida, 7 en combate y 55 asesinados después de haber sido capturados con vida, pero sin que su poco liderazgo y las circunstancias reales en que vivía la inmensa mayoría de los cubanos en esos primeros años del nuevo siglo le permitieran seguir dibujando en el horizonte cubano hermosos pajaritos de colores. Quizá también por eso, esta vez, le cedió el centro iluminado del escenario a José Ramón Machado Ventura, octogenario como él y segundo secretario del Partido Comunista de Cuba, pero que nada tuvo que ver con el Moncada. ¿Fue esta la razón de que en su breve discurso Machado Ventura sólo se refirió a los desafíos administrativos del presente y el futuro del gobierno cubano, dejando de lado el significado real y simbólico del asalto al Moncada, porque ya no cumple la función de ejemplo a seguir que le sirvió a Fidel Castro para impulsar contra viento y marea su estrategia de la lucha armada como única fórmula válida en 1953 para enfrentar y derrotar la dictadura, y luego, después de haber tomado el poder en Cuba, para poner en marcha en América Latina su ambicioso proyecto continental de revolución socialista y antiimperialista?

 

   El escenario político del asalto

 

   Todo había comenzado poco más de 16 meses antes del asalto al cuartel Moncada, el 10 de marzo de 1952, cuando Fulgencio Batista sublevó a la tropa del campamento militar de Columbia, en el oeste de la Habana, y derrocó al gobierno del presidente Carlos Prío Socarras. Fidel Castro era entonces un joven abogado de 25 años, políticamente ambicioso, pero que por entonces parecía conformarse con el muy convencional objetivo de alcanzar un escaño parlamentario en las elecciones generales convocadas para el primero de junio de ese año, elecciones que, por cierto, nunca llegaron a celebrarse. Pero Castro también era un impetuoso hombre de acción, cuyo olfato político le permitió intuir rápidamente que el pronunciamiento militar de Batista le brindaba la excepcional oportunidad de conquistar, mucho antes de lo previsible, la cima del monte Carmelo. Un atajo abierto en el proceso político cubano por la inacción de la dirigencia de los partidos políticos tradicionales, al dejar sin respuesta satisfactoria la súbita interrupción militar del orden democrático.

 

   Muy pocos días después, ante esta suerte de desmayo opositor, Castro se presentó en el Tribunal Supremo de Justicia, denunció la inconstitucionalidad del golpe y exigió un castigo ejemplar para sus cabecillas. Inmediatamente después se puso a conspirar para tomar el poder por la angosta vía de la lucha armada. Por supuesto, esa demanda judicial interpuesta por un político veinteañero y prácticamente desconocido no tuvo el menor efecto práctico. Peor aún, el universo político cubano, apegado a la componenda, la negociación y las malas mañas como querencias naturales de su quehacer profesional recibió la denuncia de Castro con frialdad y recelo. Incluso con desagrado. ¿Qué se creía este jovenzuelo que se atrevía a tomar iniciativas de tanta envergadura por su cuenta y riesgo? Castro intuyó entonces que sus relaciones con los políticos cubanos serían conflictivas y que la guerra revolucionaria que pensaba hacerle a Batista tendría que librarla en dos frentes simultáneos, contra el dictador en el campo de batalla y contra los apocados dirigentes de la oposición civil en el áspero terreno de la política. Guerra ésta última sin sangre, pero igualmente despiadada y a muerte, en la que un año más tarde incluiría al Partido Socialista Popular, nombre que tenía entonces el partido comunista cubano, porque su dirigencia tuvo la “irresponsabilidad” de descalificar su asalto al cuartel Moncada como una acción inaceptablemente putchista.

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   En 1957, el VIII Congreso del PSP modificó esta posición, pero sólo muy levemente, al reconocer en sus resoluciones “el valor y sinceridad de Fidel Castro.” En ningún momento, sin embargo, dejó el PSP de expresar su “desacuerdo radical con sus tácticas y planes”. Sólo después del triunfo de la insurrección, cuando ya resultaba demasiado tarde, rectificó por completo. Durante los años de dictadura, las otras organizaciones políticas y cívicas cubanas, antes de suscribir el Pacto de Caracas a mediados de 1958, habían intentado conciliar su oposición pacífica y electoral a la dictadura con la estrategia insurreccional del Movimiento 26 de Julio, pero el PSP ni siquiera lo intentó. Este conflicto entre el movimiento insurreccional y el PSP sólo se resolvió cuando tras su triunfo guerrillero Fidel Castro le arrebató su identidad al PSP, creó un nuevo partido comunista a su imagen y semejanza, y encarceló o mandó al exilio a algunos de los viejos dirigentes del PSP, acusándolos de haber tratado de fraccionar el movimiento revolucionario.

 

   El desafío de romper con el pasado

 

   A partir de entonces, el gran desafío que se le presentó a Castro pasó a ser ideológico. La inmensa mayoría de la población cubana confiaba que el derrocamiento de la dictadura daría lugar a una rápida restauración de la democracia mediante dos acciones políticas perfectamente previsibles: devolverle de inmediato su vigencia a la Constitución de 1940, abolida por el golpe militar de Batista, y la convocatoria a elecciones generales libres y transparentes en un plazo no mayor de 12 meses. En definitiva, recuperar ese pasado de democracia liberal había sido el aspecto central del programa públicamente asumido por Castro y por todas las organizaciones políticas y cívicas cubanas que se habían opuesto a Batista, y nadie tenía razón alguna para poner en duda a priori la sinceridad de este doble compromiso. Sin embargo, el pensamiento político y los planes secretos de Castro apuntaban en una dirección muy distinta a la de una simple restauración de la democracia en Cuba.

 

   Por supuesto, ponerle fin a la dictadura de Batista era un obligado primer paso, pero sólo como pretexto. Resulta imposible presumir el momento en que Castro tomó la decisión de fijarle a Cuba el rumbo que llevó la isla al socialismo marxista-leninista, pero pocas semanas tardaron los hechos en poner de manifiesto que el verdadero y subversivo objetivo de su movimiento insurreccional iba muchísimo más allá de la cosmética reivindicación formal de la democracia tal como se concebía entonces en todo el continente. La meta de Castro, oculta para todos menos para un pequeño grupo de hombres de su mayor confianza, era la construcción, sobre los escombros de la dictadura batistiana, situación política que a fin de cuentas resultó ser para él una inesperada oportunidad, una Cuba nueva, implacablemente revolucionaria, socialista y antiimperialista.

el-estado-y-la-revolución Este objetivo probablemente lo había fraguado Castro durante sus años de estudiante en la Universidad de La Habana, en la segunda mitad de los años cuarenta, con lecturas de obras como El Estado y la Revolución, de Lenin, y discusiones políticas con otros estudiantes, casi todos militantes comunistas, como Lionel Soto y Alfredo Guevara. Por esa época, en la librería casi clandestina del Partido Socialista Popular, situada en la calle Zanja de La Habana, conoció a Flávio Gróbart, polaco enviado a Cuba por la Tercera Internacional en los años veinte para impulsar la organización del partido en la isla. En todo caso, allí y entonces se inicio una estrecha y muy larga relación entre los dos personajes, sin duda el primer y más decisivo contacto personal del futuro líder cubano con el mundo de las grandes conspiraciones internacionales. En septiembre de 1980, al cumplir 75 años, a Gróbart se le impuso la orden José Martí, la más alta que concede el gobierno cubano. Carlos Rafael Rodríguez, entonces vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, saludó a su viejo camarada con las siguientes palabras: “En nombre de los miles de compañeros a quienes en sus inicios tú contribuiste a formar, te doy las gracias.” Sin la menor duda, Rodríguez se refería a la temprana influencia de Gróbart en el futuro jefe revolucionario.

 

   No debe olvidarse que también por aquella época Castro vivió dos experiencias altamente significativas. La primera, en 1947, como soldado insurrecto en la frustrada invasión a la República Dominicana desde el cayo cubano de Confites, en la que participaron varios centenares de latinoamericanos, principalmente cubanos y dominicanos, con la intención de derrocar por las armas al dictador Rafael Leónidas Trujillo. Auspiciada y financiada por el gobierno cubano, tras meses de entrenamiento en el desolado paraje del islote, situado a pocas millas náuticas de la costa norte de Cuba, las autoridades militares de la isla decidieron cancelar la operación horas antes de que zarpara la fuerza expedicionaria. La segunda, al año siguiente, fue el hecho de encontrarse accidentalmente presente en Bogotá cuando estallaron los terribles acontecimientos conocidos desde entonces como el Bogotazo. Muchos años más tarde, una madrugada habanera de 1991, Castro me reveló que la inútil inmensidad de los incendios que arrasaron buena parte de la capital colombiana tras el asesinato del carismático líder liberal José Eliecer Gaitán, los disturbios callejeros y los combates irregulares que se producían en toda la ciudad, y en los que él llegó a tomar parte, le hicieron entender la futilidad de cualquier explosión de indignación popular, por grande que fuera, “si no contaba con organización y dirección revolucionaria.”

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   La historia me absolverá

 

   Sin la menor duda, el estudio de la teoría leninista de la revolución y su experiencia personal en aquellas malogradas expresiones de extrema heterodoxia política le sirvieron a Castro, primero, para promover la lucha armada contra la dictadura cubana, y después, ya como jefe máximo de la revolución triunfante, para asumir y superar las consecuencias irremediables que provocaría su enfrentamiento con el Gobierno de Estados Unidos, el inevitable enemigo estratégico de cualquier proyecto verdaderamente revolucionario que se ensayara en América Latina, de manera muy especial entonces, en plena guerra fría, y a sólo 90 millas de su territorio.

 

   Desde esta sediciosa perspectiva, vale la pena recordar que Castro, medio siglo después de la entrevista privada que sostuvo con el vicepresidente Richard Nixon en Washington el 19 de abril de 1959, señaló en una de sus Reflexiones, publicada el 8 de julio de 2007 en el diario Granma, que él “no era entonces un militante clandestino del Partido Comunista, como Nixon, con su mirada pícara y escudriñadora llegó a pensar. Si algo puedo asegurar, y lo descubrí en la Universidad, es que fui primero un comunista utópico y después un socialista radical en virtud de mis propios análisis y estudios, dispuesto a luchar con estrategia y tácticas adecuadas.” Esta secreta visión de socialista radical que tenía Castro de sí mismo y de su papel en el futuro de Cuba ya la había dejado entrever, aunque todavía de manera muy prudente y disimulada, en la publicación de La historia me absolverá, texto escrito en prisión a partir de su alegato ante la Audiencia de Santiago de Cuba, donde se le juzgó a él y a un grupo de sus seguidores por el asalto al cuartel Moncada.

 

   En las páginas del libro, además de justificar su acción recurriendo al derecho natural de los pueblos a la rebelión, Castro trazó las líneas maestras de lo que habría sido un eventual gobierno suyo en caso de haber logrado su propósito de tomar el poder por las armas, pero reducía los alcances de su sueño revolucionario a la mención de las injusticias que corroían las entrañas de la sociedad cubana y de las leyes revolucionarias que se habrían promulgado para enfrentar “el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo.” Es decir, que desde entonces él sabía perfectamente bien el sentido exacto de su proyecto revolucionario, pero astutamente eludía entrar en detalles que pudieran resultar prematura e innecesariamente controversiales. Eso sí, ya en aquella etapa inicial del proceso, condenaba sin piedad a toda la vieja clase política cubana.

 

   Según la descripción que hacía en su libro-proclama de la lamentable situación institucional de la isla, Castro advierte que los graves males morales que aquejaban a la República jamás podrían ser superados por los políticos de siempre, “que sólo saben gastar, en sus campañas electorales, millones de pesos sobornando conciencias”, razón por la cual “un puñado de cubanos tuvo que venir a afrontar la muerte en el cuartel Moncada con las manos vacías de recursos.” Marcaba así, desde los primeros días de su lucha revolucionaria, el abismo que lo separaba del pasado político cubano, cuya falta de conciencia moral lo había obligado a asumir la inmensa responsabilidad de atacar la segunda fortaleza militar en importancia del país, sede de un regimiento de infantería entrenado y armado por Estados Unidos para la guerra, con sólo 131 jóvenes pobremente equipados con rifles calibre 22 y escopetas de caza.

 22-07-1958 Pacto de Cracas Contra F. Batista

   Este reproche sobre la falta de apoyo material del sector político de la sociedad cubana a sus acciones insurreccionales terminaría siendo un lugar común de sus muy difíciles relaciones con la dirigencia de los partidos y las agrupaciones cívicas de oposición durante los años siguientes, hasta que la importancia política y militar de su movimiento insurreccional obligó a todas las organizaciones de oposición a la dictadura a firmar el acuerdo unitario del llamado Pacto de Caracas, en el verano de 1958, cuya finalidad era que al fin todas ellas aceptaran abandonar sus posiciones políticas y estratégicas particulares, reconocieran la jefatura unipersonal de Castro y se comprometieran a respaldar la lucha armada como única opción válida para enfrentar la dictadura. Ese es el significado que tuvo el asalto al cuartel Moncada y la razón de su gran victoria política frente a las otras fuerzas que se oponían a la dictadura. En definitiva, el Moncada fue el argumento, irresistible por definición, que le garantizó a Castro, primero, el futuro éxito militar de su movimiento guerrillero y, más adelante, una vez derrocada la dictadura, asumir durante décadas el mando supremo del proceso revolucionario en América Latina. Sin el Moncada, ni Fidel hubiera sido lo que ha sido, ni en Cuba y en el Tercer Mundo hubiera ocurrido mucho de lo que ha ocurrido. Hoy en día nada queda en pie de aquella versión épica de la historia cubana y nada puede esperarse de sus dirigentes, que sólo ahora, porque se sienten acorralados por la realidad que negaban tercamente, no les queda otro remedio que resignarse a enterrar sus sueños de antaño, heroicos o perversos. Como han comenzado a hacer este 26 de julio con el recuerdo del asalto al cuartel Moncada, hace ya 63 años.  

 

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