Carlos Granés: Don Quijote y los trenes
El problema es que nada, ni siquiera los rieles de acero, soportan el peso de la mala política

Popayán, al sur de Colombia, es una ciudad de casas coloniales y personajes excéntricos, de cuyo genio poético surgió la más maravillosa de las leyendas. No se sabe bien quién la inventó, pero sí que en 1906 ya estaba en los versos de Guillermo Valencia, uno de los poetas más importantes del modernismo latinoamericano. De ella tuvo noticia Felipe VI, por entonces Príncipe de Asturias, cuando visitó la ciudad en 1998. Seguramente se la contó el alcalde: Don Quijote no murió en La Mancha, como ingenuamente se cree. Convertido en un personaje real por la fuerza del mito, se negó a poner fin a sus aventuras y emprendió un cuarto viaje hacia su destino obligado, América, el lugar donde su delirio encajaba a la perfección con la realidad que le salía al paso. Entró por Cartagena, pasó por Bogotá y se quedó en Popayán, y allí, después de unos meses felices, acabó muriendo en una habitación del convento de Santo Domingo.
La ciudad lo veló en la Ermita, y después lo enterraron no se sabe muy bien dónde. Valencia propuso la sombra de un roble del Parque Caldas, pero otro poeta, Rafael Maya, se empeñó en que la Torre del Reloj era una más digna morada. El caso es que en 1926, con la llegada del tren a la ciudad, varios escritores temieron que su más ilustre huésped se asustara y quisiera salir de su tumba y regresar al pueblo manchego de donde había partido. Maya le escribió una carta explicando lo que pasaba: era la modernidad, le dijo, que irrumpía en la muy tradicionalista Popayán con su concepción mecánica del mundo y su sentido práctico de la vida. Un cambio notable, por supuesto, pero de ninguna manera amenazante. El mundo de Don Quijote podía adaptarse y convivir con la modernidad de los trenes y los motores. Bastaba para ello que el progreso técnico estuviera escoltado siempre por la sabiduría y el humanismo.
Eso le decía Maya a Don Quijote para superar el recelo hispano al pragmatismo y al utilitarismo asociado con la técnica y la modernización de la vida. La Mancha y Popayán, los lugares donde había nacido y muerto Don Quijote, podían ser modernas y sumarse a la nueva era del desarrollo, incluso al desafío de la alta velocidad. La Mancha lo logró, qué duda cabe. Se modernizó bajo la idealista tutela de una generación que pensó en España y en su futuro, y que superó la quietud atávica para convertir al tren en símbolo de una nueva era modernizadora. El problema es que nada, ni siquiera los rieles de acero, soportan el peso de la mala política. Llevamos muchos años confundiendo la demagogia con el progreso y la publicidad con la gestión, y el resultado ha sido una quiebra de la confianza, la pérdida del futuro. Hace unos días estuve en Popayán y pude notarlo: a Don Quijote ya no lo horroriza el estrépito del tren, sino el silencio de las vías abandonadas.